Autor Tema: [VI CRAC] Relatos  (Leído 10041 veces)

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[VI CRAC] Relatos
« en: 08 de Diciembre de 2010, 12:23 »
Voy a ir poniendo los relatos. Dejo este post en blanco para posibles correcciones o matizaciones.

Hale, ya están todos. Si me he saltado algo o he copiado alguna cosa mal, avisadme.
« última modificación: 08 de Diciembre de 2010, 12:42 por Psyro »

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Re: [VI CRAC] Ralatos
« Respuesta #1 en: 08 de Diciembre de 2010, 12:23 »
Precios

- Cuando salí de España yo no era tan distinto de vosotros. Tenía mis ilusiones, mis esperanzas. Pensé que me liberaría embarcarme y vivir en el mar. Reconozco que me equivocaba. Esperaba encontrar libertad y, en principio, parecía que era así. Pero ¡qué mentira tan grande es vuestra libertad! Aunque lo peor no es la mentira, sino que vosotros mismos os la creéis.

Así hablaba el hombre que estaba colgado de la mesana por las muñecas. Seguramente, si el capitán le hubiera tenido por algo menos que un fiel amigo, habrían sido sus pulgares los que estarían amarrados de las sogas y suspendiendo todo su cuerpo en el aire. Si seguía hablando, lo más probable es que acabara de esa temida forma, tambaleándose con cada cabeceo del apresado galeón, que, fondeado, se mecía adelante y atrás por la acción de las olas que se estrellaban contra el casco de forma casi tímida, para acabar pasando bajo la quilla y levantando su enorme tonelaje como pequeña revancha por haber contenido su furia. De vez en cuando, alguna ola más grande sacudía con mayor fuerza el barco, vengadora de sus hermanas más pequeñas. Entonces tenía que agradecer a Dios que la espuma lo salpicara en la cara, aunque luego maldijera hasta a su Santa Madre por el balanceo que le descoyuntaba las articulaciones de los brazos. Las horas que había pasado expuesto al terrible sol de los Sargazos le habían resecado la piel, la boca y ahora, incluso, los ojos. Empezaba a ver borroso. Y se estaba volviendo loco, lo sabía. O mejor dicho, lo intuía, pues al no estar completamente en sus cabales, no podía saber si sus deducciones eran o no correctas.

Abajo, el capitán y su contramaestre, lo contemplaban desde la toldilla, sentados en taburetes de estilo turco y soportando el calor bajo una lona que les arrojaba una confortable sombra desde la que observarlo. No sonreían. Cuando habían torturado a otros hombres colgándolos de forma similar, había visto que se divertían con lo que hacían. Ahora no. Sus feísimos dientes se escondían tras los adustos gestos admonitorios y las barbas, largas y pobladas, temblaban. ¿De ira, de frustración o de temor? Nunca lo sabría. Así que, conocedor de su suerte, siguió hablando.

- Nací en Madrid, en Alcalá de Henares, una ciudad bastante bulliciosa y llena de vida. Claro, ¿qué ibais a saber vosotros, pobres diablos? Es por la Universidad. Ya no va la gente tanto a Salamanca como hacía antes. Ahora se reparten más y hasta unos palurdos como vosotros tenéis que conocer a Quevedo o a Lope. Estudiaron allí y su fama les ha precedido y servido a la ciudad para prosperar. Claro, que no todo el mundo es igual. Mi padre criaba palomas. Sí, palomas mensajeras, de Flandes. Nació en Luxemburgo y allí las palomas tienen buena fama. Se jactaba de servírselas al mismísimo rey Felipe III y de ser amigo personal del monarca. Lo cierto es que el ejército sí que le había comprado algunas y le habían felicitado por ello, pero de ahí a lo que decía…

“El caso es que yo acabé haciendo lo mismo que hacía él. No teníamos dinero para mandar a más de un hijo a la universidad y mi hermano Juan, mayor que yo, ya había ingresado. Además, había que mantener la tradición del negocio y, en lugar de aprender derecho canónico como mi hermano, tuve que desarrollar mis habilidades en la colombofilia. Así pues, me pasé mi infancia y mi adolescencia entre pollos, pichones, palomos y mensajes que no podía leer. Mi padre prosperaba y mi hermano ingresó en el Cister. Y yo, como no era más que un estorbo, fui enviado al puerto de Valencia, para ayudar a la Armada del rey Felipe. En alta mar, claro, las palomas son muy útiles para enviar mensajes desde los barcos a tierra y ni una sola de ellas se perderá nunca. Son muy listas.

Cuando llegué allí tuve que acomodarme en un sitio muy pequeño, pero muy barato. Lo bueno es que tenía un enorme corral donde pude alojar a las cuatro parejas de aves que mi padre quería que empezara a adiestrar y a reproducir. Estaba muy cerca del mar y me enamoré del sonido de las olas y del olor del salitre. El olor a mierda de pájaro no es muy agradable y, aunque era un aroma con el que había crecido y medrado, le había acabado cogiendo asco. No me malentendáis… la mierda de gaviota no me resulta mucho más agradable, pero sin duda prefiero el olor a mar y a pescado que a pájaro mojado. Los más de los días, abría los postigos de mis pequeñas ventanas y mientras esperaba que llegaran los mensajes, dejaba que el salitre invadiera mi pequeña casita, compensando así el tufo de mis animalejos.

No voy a quejarme, pero tampoco voy a decir que era feliz. Mi mayor anhelo, por entonces, era subirme a un barco, navegar por los océanos de oscuras aguas y visitar lejanas tierras. Pero a bordo no es necesario nadie que críe y adiestre palomas, porque cualquiera que sepa darles de comer sabe mantenerlas vivas. Y hasta el más tonto sabe atarles un mensaje a la pata, ¿verdad, capitán?

Divago, es cierto… ¿por dónde iba? ¡Ah, ya recuerdo! Como iba diciendo, mi deseo por entonces era embarcarme rumbo a donde fuera. Así que comencé a ofrecer mis servicios como estibador. Me pasé un par de años cargando y descargando bodegas de galeones y goletas antes de atreverme a preguntar si podía embarcarme. No hizo falta mucho negocio, pues el armador del barco en el que me lancé a mi oceánica travesía estaba encantado de tener otro par de brazos sobre la cubierta que ayudaran durante el viaje. Ni corto ni perezoso, recogí mis escasas posesiones, enjaulé a las pocas aves que me quedaban en el corral y las instalé sobre algunos travesaños entre los mamparos de la bodega. Al principio el capitán no pareció demasiado contento de hacerlo, pero una breve charla con el armador acabó por convencerlo.

Me nombraron, irónicamente claro, oficial de comunicaciones de la nave. El capitán iba y venía de su camarote a la bodega varias veces al día para enviar todas las aves que tuviera disponibles y cuando volvían, me exigía pronta respuesta. No dejaba que descansaran más que lo imprescindible antes de volverlas a soltar.

Sus constantes idas y venidas a mi puesto en la bodega acabaron por trabar una buena relación entre ambos. No diré amistad, porque no nos llegamos a conocer, pero sí que nos llevábamos bastante bien. Era un hombre rudo, marinero de toda la vida que llevaba con mano de hierro a toda su tripulación y no pudo prever lo que iba a pasar, por supuesto. Pero quería tenerlo todo bajo control y esa era la razón de que enviara tantos mensajes a tierra usando a mis animales.

Fuera como fuere, el caso es que cuando estalló la epidemia, ninguno se salvó. El hombre estaba desquiciado, viendo como todos los marineros que había enrolado iban cayendo víctimas de la enfermedad, uno a uno, sin saber qué mal los aquejaba. Primero se quejaban de dolores en las articulaciones. Atribuyéndolo al escorbuto, se aseguró de tener aún productos frescos en la bodega. Viendo que así era, no se preocupó, pero poco después, las fiebres comenzaron a brotar en todo el personal de cubierta y también en los mandos. Tanto el capitán como el contramaestre tuvieron altísimas temperaturas durante varios días antes de morir. El sobrecargo, que asumió el mando, tampoco sobrevivió. Finalmente, me vi atrapado en un ataúd flotante. Hasta que llegasteis vosotros y me sacasteis de allí.”

Los dos hombres que dormitaban bajo la lona sabían perfectamente lo que había ocurrido a partir de entonces. La verdad es que no había sido una captura difícil con un solo hombre a bordo. Dicho hombre dijo haber eliminado a toda la tripulación y haberse hecho con la nave.

Desde luego, la historia de Caramuel era bien distinta de la que les había contado. A los diablos que abordaron el navío y se encontraron con aquel hombrecillo al timón, les dijo que le habían condenado a trabajos forzados en América y que lo llevaban preso en aquel barco. Los hombres comprobaron que las celdas de la bodega estaban abiertas, por lo que era verosímil que aquel hombre hubiera estado entre rejas durante parte de la travesía. La historia de su huida debió ser toda una aventura. Por lo que él mismo contaba, uno de los marineros se acercó para darle la comida y él, robándole el cuchillo, lo degolló. Esperó a que cayera la noche y el sopor etílico sobre los marineros que lo llevaban a su condena y los fue matando uno a uno, como un verdadero asesino. Pronto tuvieron ocasión de ver que decía la verdad. Jonás de Caramuel, como un verdadero demonio, abordó el siguiente velero que encontraron, con la fiereza de una bestia, pasó a cuchillo y a espada a media tripulación él solo y en su ira tiró los cadáveres de aquellos que iba ajusticiando. El capitán, contento con su nueva adquisición, lo enroló en su barco, aprovechó las palomas (que, extrañamente era lo único que había pedido para sí del botín de aquel navío) y dio buena cuenta de los botines que este hombre tan aguerrido le ayudaba a procurarse.

Durante meses, el pirata Caramuel fue temido por todas las marinas mercantes, incluida la Compañía Británica de Indias. No tenía piedad ni misericordia y arrasaba todo a su paso. Durante un asalto, una goleta bien armada destrozó el navío de Caramuel. Éste, ni corto ni perezoso, abordó dicha goleta, asesinó al oficial al mando y con los cañones cargados y la tripulación que se pudo salvar del hundimiento, mandó a pique al resto de escoltas y capturó tres galeones llenos de oro y mercancías. El gobierno británico sintió pánico. Si sus naves, tan bien pertrechadas, sucumbían ante un único hombre loco, perderían millones. Se suspendieron los viajes a las Américas y se dejó de cobrar una importante suma de oro que debía haber sufragado los gastos de la Corona.

El corte de las rutas navales también supuso un golpe para Caramuel. Sin objetivos, los piratas se quedaban sin comer, debido a que el gobierno que Le Vasseur impuso sobre Tortuga, tiránico y cruel, requería que todos los botines pasaran por su cubil para ser trillados por él. De las sobras que quedaban tenía que comer toda la tripulación. Si el botín había sido bueno, los marineros podían disfrutar de varios meses de bonanza, en parte por el botín y en parte por el celo que Caramuel ponía en guardar a sus palomas. Así, el recinto donde estaban las palomas era sagrado. Uno de los matones de Le Vasseur intentó entrar en él un día, pero cuando salió era un palmo y medio más bajo, tres kilos menos pesado y mucho, muchísimo más feo. Para cuando el gobernador oficioso de Tortuga supo de esto, Caramuel era un jodido depravado que se tiraba a sus propias palomas y que mataba a cualquiera que se acercara a ellas sin permiso. Oído esto, Le Vasseur no volvió a ordenar que se registrara la estancia de las palomas. No quería perder más hombres a menos que quedara alguno para traerle algo que engordara sus ya repletas arcas.

- ¿Sabéis? Entonces me sentía libre. Tenía camaradas, tenía compañeros… el mar, la brisa, la espuma al romper las olas contra el casco de la nave. Íbamos y hacíamos lo que queríamos. ¡Qué sensación tan hermosa! No tengo más palabras que esa. Hermosa. La sensación que yo tenía era tan diferente a todo lo que había sentido antes… me había atado siempre a mi familia, a mi deber, a mi patria, a mi rey… El estómago me daba un vuelco cada vez que la brisa marina me echaba la espuma en la cara, el corazón se me aceleraba cada vez que una ola salpicaba la cubierta, llenando de olor a salitre el ambiente. El sonido de todo el trapo largado, restallando contra el viento era más dulce que la caricia de una amante. Cuando estaba en tierra me bastaba regresar a la cala y admirar los tres mástiles del galeón para henchirme el pecho de un nuevo orgullo por mi nueva condición. El velamen, tristemente amarrado sobre las vergas, me hacía añorar los días que pasábamos en alta mar. El trinquete y la mesana eran mi padre y mi madre y no les debía nada, excepto llegar a puerto sano y salvo. Y eso es lo que debía andar haciendo cuando ocurrió lo que no debía…

Pero el francés no era hombre que se fiara de nadie y demasiado maquinador como para perder una única moneda de oro, aunque el hombre que las guardara estuviera tan loco como para matar al mismísimo diablo. A Le Vasseur le bastaron dos jarras de grog, unas pocas horas de conversación y arrancar dos dedos de un pie al capitán del barco de Caramuel para ganarse la connivencia de este. Una noche, mientras cenaran, el capitán ofrecería a Caramuel un vino un tanto aderezado. Cuando cayó redondo sobre los mamparos del camarote de su superior, dos de los esbirros de Le Vasseur entraron en la celda donde estaban las palomas y abrieron la falsa pared que el capitán había hecho instalar en ella, contra los mamparos. A buen seguro, el francés estaría todavía disfrutando del oro y las joyas que el capitán escondía allí. Con la confianza que le daba la ferocidad de Caramuel en la defensa de sus animales, el capitán había sisado el tributo a Le Vasseur. Tampoco es que importara demasiado, porque éste sabía cómo sacar provecho hasta de las situaciones más adversas. Y es que, después de ese episodio, nunca se volvió a saber del antiguo capitán, aunque más de uno y de dos que estaban de guardia esa noche habrían jurado oírle gritar incoherencias. Si la bodega no hubiera estado tan atestada de trastos viejos e inútiles, comida podrida y ratas, el tufillo a cadáver tampoco habría bastado para localizarlo, a menos que se supiera lo del escondite en la celda.

Aunque el oro no fue lo único que encontraron.

En un lado había un paquete de cartas atado con una cinta y con el membrete de la Armada española. Cuando llegaron a Le Vasseur, éste montó en cólera. Según el contenido de la correspondencia, había alguien a bordo de ese barco que había estado delatando la posición de los barcos que salían de Tortuga, las rutas más utilizadas por sus “súbditos” y los posibles objetivos de dichos barcos. Y a bordo de ese barco sólo había una persona que supiera leer y escribir.

- Debería haberme quedado en tierra cuando ese gabacho de mierda ordenó cambiar de capitán. Supongo que os habréis ocupado convenientemente de él. Pero, ¿cómo dudar si aquellas operaciones eran normales con Le Vasseur al frente? Menudo cabrón…

- Me aburres, imbécil.

El capitán alzó la pistola y la cargó con la pericia y la velocidad que dan la experiencia y la premura del combate. Apuntó brevemente y disparó…

Pero el cañonazo no provino de la pistola, sino de una goleta. El galeón pirata había quedado al descubierto y, sin vigía en la cofa, nadie había visto acercarse al barco de guerra. Y no venía sola. La acompañaba una escolta de tres fragatas fuertemente armadas. Se abrieron en abanico y envolvieron, en una preciosa maniobra, a la nave renegada. Los cañones vomitaron plomo y los fogonazos relucieron incluso a pleno sol. Se extendió el olor a pólvora por toda la mar y los gritos empezaron a abrirse paso entre los estruendos de las armas. Resonó el acero cuando se dio la voz de “¡Al abordaje!” y las tropas comenzaron a invadir el barco de Caramuel. Por todas partes se trababan combates entre marineros y piratas. Los sables y las espadas hacían saltar chispas por toda la cubierta y la sangre rivalizaba con el agua de mar por cubrir el maderamen. Los miembros cercenados, las tripas derramadas y las heces y orines de los moribundos convirtieron la escena en un dantesco cuadro. Los supervivientes luchaban contra los adversarios y por no resbalarse en aquel fangoso limo que se estaba acumulando sobre la madera, que provocó que muchos hombres cayeran al agua por encima de las batayolas.

En la cubierta de artillería también había trabajo. Dispuestos a no perder el galeón, los operadores de los cañones los hicieron escupir sin descanso. Una de las fragatas se escoró rápidamente al recibir el impacto directo de dos balas en su tajamar. Arriba tuvieron que esforzarse aún más en cortar los ganchos que mantenían ambos barcos unidos. Uno de los cabos cayó con tanta fuerza que se llevó una pieza y a sus artilleros al fondo antes de que el navío de guerra fuera engullido por completo.

Los alaridos de guerra y de muerte se multiplicaron por toda la crujía, ahogados por los truenos que expulsaban las naves atacantes que aún quedaban sobre la marea. El caos era total, pero poco a poco volvió a reinar la calma. Los pobres diablos que sobrevivieron fueron apresados y, con seguridad, serían ahorcados en cuanto se tocara tierra.

- Alférez – la voz del almirante hizo volverse al menudo Rediezmo, que se afanaba por contar los prisioneros y los muertos. - ¿Qué hay de nuestro hombre?

- ¿De Caramuel? Venga conmigo, almirante Boadilla.

Recorrieron el barco hasta la toldilla. Desde allí, el alférez señaló hacia arriba. Los ojos de Rafael de Boadilla y Pimentel siguieron la dirección que indicaba su subordinado y observó algo que se balanceaba patéticamente con el ir y venir de las olas. Colgado de las vergas donde ondeaba una jarcia desjaretada, se mecía un brazo desgajado de un cuerpo.

- Suponemos que uno de los cañonazos lo arrancó de ahí, señor. No encontramos ningún cuerpo que correspondiera a la descripción que se había dado de nuestro contacto en Tortuga, así que debe estar en el fondo, alimentando a los peces. Es una gran pérdida, porque la información que nos daba era muy valiosa. Pobre pago para tan gran servicio.

El oficial se dio la vuelta y con gesto adusto concluyó la conversación.

- Es el precio de la traición. Sí, ese hombre nos dio una información muy útil, pero traicionó dos veces. La primera, a su patria, a quien debía lealtad. La segunda, a estos delincuentes a quienes llegó a llamar sus amigos. Si siente lástima por él, alférez, quizá deba seguir su mismo destino.

El alférez se quedó allí plantado observando el brazo mutilado mecerse al compás del barco.

- No, almirante. Es el precio que pagó por querer ser libre.

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Re: [VI CRAC] Ralatos
« Respuesta #2 en: 08 de Diciembre de 2010, 12:24 »
Otra Perspectiva.

Perdone usted que le moleste, seguramente se disponía a comer ¿verdad? Lo siento, no me he dado cuenta de la hora... La verdad es que no he podido esperar y por eso he venido directamente. No sé ni por dónde empezar, pero bueno, supongo que estará bien si empiezo por el principio y terminaré lo antes que pueda.

Todo empezó mientras copiaba unas hojas de cuentas en la fotocopiadora del pasillo. Recuerdo estar siguiendo con la mirada el rayo de luz oscilante disfrutando del olor del papel tostado cuando de pronto la oficina desapareció y todo fue oscuridad.

Me encontré en un lugar distinto, lejos de la fotocopiadora y de su apresurado pero rítmico sonido. Lejos del cálido abrazo de las luces blancas  y el murmullo incesante de la oficina. En aquel lugar no había más que oscuridad y silencio, y todo lo que podía percibir es que ahora estaba sentado. Mi primera reacción fue de sorpresa, una gran sorpresa por hallarme en un asiento tan cómodo situado en un lugar tan desconocido como poco acogedor. Antes de que pudiera siquiera alarmarme o preguntarme cómo había llegado hasta allí, una voz metálica y sin vida se dirigió hacia mí como hablando desde el techo.

- Arturo López, ¿es correcto?

Aunque en mi mente surgían mil preguntas y ninguna respuesta, no pensé que fuese sensato contrariar a aquella voz, que a fin de cuentas y sin esfuerzo alguno me había transportado de alguna forma misteriosa a un lugar recóndito. De modo que aunque era consciente de lo extraño de la situación y empezaba a creer que quizá estuviera en peligro, contesté con toda la calma de la que fui capaz.

- Sí, ese soy yo, Arturo López.

Por toda respuesta recibí un escueto “espere” seguido de una calma interminable. De alguna manera, estaba seguro de que romper el silencio era un error, así que me mantuve callado y a la espera, tal y como me había dictado la voz. Tras un breve instante, un zumbido comenzó a sonar desde el suelo y fue subiendo hasta terminar algo más arriba de mi cabeza. Cuando cesó, la misma voz volvió a sonar, esta vez para ofrecerme algún dato más.

- Arturo López, usted es un individuo muy afortunado. En algunos planetas se considera un gran honor servir de sujeto para la clonación múltiple molecular...

- ¿La clonaqué? - Me vi obligado a preguntar.

- Por favor, no interrumpa, todas sus preguntas recibirán adecuada respuesta pero para ello debo explicarle unas cuantas cosas, dada la inmensa ignorancia de los procesos estándar galácticos propia de su civilización. No debe avergonzarse, no se puede culpar a una civilización pre-contacto de no conocer las reglas más básicas de la multisociedad galáctica.

Pude darme cuenta de que mi pregunta había estado fuera de lugar y sin duda debía de haber causado cierta irritación a mi amable interlocutor, por lo que de nuevo decidí guardar silencio y escuchar lo que aquella voz tenía que decirme.

- Usted, Arturo López, reúne todas las grandes virtudes del ser humano en un grado tan elevado que resulta totalmente único. No es casualidad que de todos los seres humanos le hayamos elegido a usted. Ha de saber que el proceso de selección es sumamente complejo, y usted, de los millones de sujetos analizados, ha resultado ser el humano más perfecto.

No pude evitar dirigir un pensamiento hacia mi coronilla despejada con sus correspondientes entradas. Sin embargo, no me dio tiempo a hacer inventario mental de mis múltiples defectos porque la voz continuaba su discurso y yo debía escuchar lo que me decía.

- Posee usted un instinto sobrehumano para detectar quién ostenta la autoridad en cualquier situación que se le presente. Por ejemplo, ahora, tras este inesperado proceso al que ha sido sometido y hallándose en un medio desconocido y aparentemente hostil no muestra la más mínima señal de rebeldía. Todo ello pese a que la sustracción de su cuerpo físico no autorizada supondría para muchos miembros de su imperfecta sociedad una violación de la regla tribal del espacio físico personal.

No entendí del todo aquello de la violación tribal, pero a pesar de todo noté cómo aquellas palabras comenzaban a arañar la superficie de algo en mi interior, y era consciente de que aquel discurso estaba dejando algún tipo de huella en mi persona.

- Pero no hay por qué usar una situación tan poco cotidiana como ésta; su vida está plagada de ejemplos de reconocimiento correcto de la autoridad. Por ejemplo, en su matrimonio, usted ha aceptado con complacencia cada decisión que ha tomado su compañera reproductiva sobre el vehículo que ha de usar, la ornamentación doméstica, la educación de sus vástagos... También reconoce la autoridad de su superior profesional, que le mantiene trabajando más horas que a sus compañeros con un sueldo algo inferior, condiciones que usted no ignora.

Por fin entendí bien en qué consistía aquella huella. Me estaba tocando las narices de mala manera todo aquello de la docilidad y la sumisión. Pero en fin, la prudencia, mi más fiel compañera, me aconsejaba no manifestar de forma exterior aquella rabia y continuar escuchando para ver a dónde llegaba el asunto.

- En definitiva, dadas sus excepcionales características, se le considera a usted el tipo exacto de unidad de trabajo que se necesita en las colonias para la administración de las plantas de extracción de deuterio. Dada su completa falta de ambición y la complacencia ante la total dirección de su vida por parte de un agente externo, resulta ser el individuo idóneo. Es por eso que hemos sometido su cuerpo a la clonación múltiple molecular. Para que lo entienda mejor, puede observar a través de la pantalla que tiene en frente el resultado del proceso.

En ese momento, la oscuridad cedió, y un rectángulo brillante de luz blanca surgió justo en frente de donde yo me hallaba sentado. Lo que pude ver a través de aquella pantalla me impactó profundamente. Quise decir algo, pero me quedé paralizado, tratando de encontrar alguna forma de expresar la sensación interior que aquello me causaba. Cientos de versiones idénticas a mí, provistas del mismo traje de oficina, la misma barriga cubierta por la misma camisa con la mancha de café de unas horas antes, las mismas entradas, la misma corbata regalo de mi mujer... Todas ellas, colocadas sobre una cinta transportadora serpenteante, circulando por delante de la pantalla en estado catatónico. Observé cómo aquellas figuras, de pie, una tras otra, con la mirada puesta en el infinito, avanzaban hasta desaparecer por la parte izquierda de la pantalla sin el más mínimo gesto.

Sin darme tiempo siquiera a balbucir alguna incoherencia, la voz volvió a hablar:

- Exactamente dos millones de versiones molecularmente idénticas a usted, que pronto estarán trabajando en distintos puntos de la galaxia por el bien común. Tenemos la seguridad de que lo harán muy bien. En cuanto a usted, no se preocupe, recuperará su vida. Aunque no lo sepa, se considera inmoral destruir al sujeto original, o someterlo a un trabajo fuera de su ambiente natural si proviene de una civilización pre-contacto. Por tanto, puede volver ahora a su planeta y continuar con su feliz vida sin más preocupaciones.

Dicho esto, la pantalla se apagó, y la cabeza me dio vueltas mientras la oscuridad cedía y una nueva luz surgía. Me hallé de nuevo de pie, frente a la máquina de fotocopias, que ya había terminado y descansaba esperando el siguiente trabajo. Otra voz fue la que me sacó de mi aturdimiento, una voz humana, cálida, agradable al oído en comparación con la fría voz que había oído hasta apenas un instante antes.

- Eh, Arturo ¿estás bien? ¿has terminado? Tengo que fotocopiar unos papeles.

Era Lucía, la secretaria de Antonio, el de recursos humanos, ya sabe... En fin, le cedí el puesto con un murmullo y volví a mi puesto de trabajo con paso vacilante. Estuve allí menos de cinco minutos, ¿sabe? Después me vine directo hasta aquí. No pude esperar mucho más, el asunto requería acción inmediata y yo no podía retrasar más esta visita. El caso es que tengo algo importante que pedirle, y espero que usted lo entienda...

Señor Ramírez, me gustaría saber si es posible que me concedieran un aumento de sueldo.

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Re: [VI CRAC] Relatos
« Respuesta #3 en: 08 de Diciembre de 2010, 12:25 »
Posdata de un enamorado

[RELATO BORRADO A PETICIÓN DEL AUTOR]
« última modificación: 06 de Noviembre de 2011, 21:06 por YoYo »

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Re: [VI CRAC] Relatos
« Respuesta #4 en: 08 de Diciembre de 2010, 12:27 »
Mañana vuelvo al Subte.

7:49 am. era el horario que indicaba la pagina que debía venir el tren, eso tenia en la mente cuando desperté esa mañana. Siempre con lo justo me levanto. El tiempo ya no estaba con tiempo.

Esa mañana era diferente, el primo de mi papá ya no estaba en este mundo y con tristeza mis papás partieron rumbo a despedirlo.
Ese cambio de planes hizo que debiera tomar ese tren de las 7:49 am, y así fue, con la mañana sobre mí, salí disparado para alcanzarlo. En la mitad del camino hacia la estación veo el techo blanco de mi tren llegar antes de lo previsto, mis piernas no respondían en ese momento para alcanzarlo. Eran y cuarenta y cinco y mi tren se adelantó,  di por hecho que no llegaba a tiempo al trabajo ese día.

Al entrar en el anden, después de hacer la cola de la boletería, subí con mi almohada sobre mi cara y no se porque motivo gire para verla y ahí estaba mirándome, era ese tipo de chica que suelta esa dulzura aun a esas horas de la mañana, no se como lo hacen, no se como logran, pero consiguen llamar tu atención y hacer que tu postura cambié, que tus ojos se abran para no mostrar que recién te levantás, logran hacerte olvidar que el tren se fue sin razón.

El transporte público se tomo su tiempo en llegar a la estación nuevamente, y me dio ese rato para observar de reojo a esa chica tan tierna que se paraba junto al poste.
El tiempo seguía corriendo, el tren continuaba demorando su llegada, y la gente era cada vez más en el andén.

No había bolso de piel marrón, ni era domingo, así que no podía tener “ese vestido”, pero así y todo me recordó a Penélope aunque sin su abanico. Tenía que alejarme un poco de ella para no correr el riesgo de que eso hiciese que dejara de mirarme. Si! me miraba tanto como yo a ella tal vez.

Con disimulo lo hacen, con su mejor indiferencia logran estudiarte de arriba abajo, entienden que las mirás, entienden lo que pensás, solo ellas lo logran, pero te observan. No había desprecio en su mirada, una chica con esa delicadeza en su andar, siempre te ignora, pero ella no, ella se daba vuelta a mirarme cuando yo observaba a ver si venia el próximo tren.

El tren se dignó a llegar y ella, que se paraba a apenas a unos metros de mi, se empieza a acercar con cara de preocupación, porque todos las personas en ese lugar no teníamos idea de cómo íbamos a entrar en el vagón, y mientras yo escuchaba la canción “y ya lo sabes, nada es casualidad”  pensaba si quedaba bien que yo me acercara a su puerta para ir junto a ella, pero me facilitó las cosas y sin cuidado se acomodo junto a mi.
Con la mochila ya en mis manos intentamos dejar llevarnos por la multitud y que la corriente de gente nos introduzca solos en el vagón colmado. Y así de la nada, ya dejó de estar a metros mió y paso a estar pegada a mi, su pelo marrón lo sentía justo en mi nariz, ella con su preocupación a cuestas se encontraba delante mío.

Yo, inmóvil, no solo por la falta de espacio sino también para no deslizar mis manos sobre nada que no me correspondiese, viajé esa única estación con los brazos tensos, y las manos apretadas. Tampoco quería demostrar que su encanto me llamaba tanto la atención. Cualquiera de los que estaban allí estoy seguro que no se dispusieron a disfrutar de ese viaje, pero yo si, ella hizo que ese tramo se hiciera a gusto. Esa símil Penélope que estaba junto a mi juro que me miro con algo de ternura.
Hicimos la primer estación y alguien del fondo gritó que descendiéramos para que él mismo pudiese salir, y ahí fue cuando tuve que memorizar su perfume porque no la iba a tener mas cerca, ella quedó del lado de la gente que no quiso bajar, y yo sin ganas accedí lentamente a dar lugar al pobre hombre que culminaba su viaje ahí mismo.

Mientras que la música continuaba sonando en mis oídos, el viaje hacia mi trabajo seguía en pie, y ella de aquel lado, del lado donde apenas mi mirada y la suya podían encontrarse a través de una espesa capa de personas, hizo su viaje hasta el final del recorrido.

A medida que pasaban las estaciones, no se como, pero seguía entrando gente en ese vagón, ya no eran sus ojos los que veía, sino que apenas alcanzaba a distinguir su mano que sostenía el caño de metal. Con la mente en blanco, y sin importar la compresión de la gente sobre mi, yo continué observando su mano tan dulce de a pequeñas miradas hasta llegar a la estación.

Ya con 10 minutos en contra mío, cesó el viaje en la estación Terminal tan deseada por muchos, logre atravesar las puertas corredizas y apunte a la parte menos poblada del lugar para respirar un poco de aire fresco.

La chica desapareció entre la multitud, y a mi mente vino una pregunta clave, “¿Qué haría George Cloney en mi lugar?” seguro que la buscaría y le ofrecería llevarla en taxi y ella seguramente hubiese accedido sin importarle hacia donde se dirija ese taxi. Pero vamos! yo no era George, y esto no era Los Ángeles, era mi Buenos Aires querido, y esa pregunta se desvaneció al cruzar el molinete.

El taxi lo iba a tomar, porque al trabajo caminando tenia 20 minutos más, y ya no había tiempo de nada.
Cuando logro conseguir un auto amarillo y negro, vuelve a mi vista esa chica que transformó el transporte de ganado en un viaje de primera clase a Paris. Solo un instante pasó, y yo ya estaba subido al taxi y la vi irse por el otro lado de la calle, se me fueron mis esperanzas de poder saber su nombre.

¿Y si mis papas no se hubieran ido a despedir a su primo fallecido? Tal vez hubiera ido hacia el subte con ellos y ni la cruzaba. ¿Y si el tren no se adelantaba en su horario? Yo hubiera tomado un tren distinto a el de ella ¿Y porque sonaba esa canción justo cuando la vi por primera vez? ¿Por qué decidió ir por mi puerta y no por la que le era más cómoda? ¿Por qué apareció de golpe justo cuando tomaba el taxi si ya la había perdido de vista? 

La verdad que yo no se si ese era mi tren, no se si llegó tarde o tal vez fui yo el que se confundió el horario al despertarme, nunca pude confirmarlo.
“y ya lo sabes, nada es casualidad” corría en mi reproductor de música cuando la vi sobre el anden, esa canción la escucho seguido así que hubo muchas posibilidades de que coincidiera esa parte con ese momento.
Tal vez se acercó a mí porque la otra puerta estaba aun más colmada que la mía y quedamos juntos porque no había otro lugar donde quedar.
Ya no se si me miraba a mi o miraba algo mas.
¿Como iba a querer llevar a una desconocida en taxi? eso solo ocurre en las películas.

Simplemente esa chica que viajo durante 4 minutos junto a mi de una estación a otra no era mas que eso, una dulce chica que hizo acelerar mi corazón durante unos instantes, pero que me miró con ternura. Hizo que mi angustia que traigo conmigo hace tiempo, se deshiciera por unos segundos, produciendo una sonrisa en mi rostro a minutos de despertarme. Ella logró que mirara por la ventana del taxi aun cuando nunca hay nada para mirar.

Cuando te sentís ahogado, cuando no entendés porque pasan algunas cosas, cuando ya no hay nada más para decir, cuando no queres sentir lo que sentís, y crees que nada puede ser peor, estas cosas pasan, esa angustia que traes de días tras días se desvanece en un instante logrando que permanezcas en equilibrio durante un rato, solamente con una mirada.

Aún recuerdo su perfume.

Mañana vuelvo al subte.

[Nota de la organización: el relato se presentó sin especificar un título. No queda claro si "Mañana vuelvo al Subte" es el título o el párrafo introductorio. Ruego al autor que me confirme por mp si está bien]

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Re: [VI CRAC] Relatos
« Respuesta #5 en: 08 de Diciembre de 2010, 12:29 »
Los tres policías, la huella dactilar y el desenlace en el lago.

Tu teléfono vuelve a sonar. Parece que alguien requiere de tus servicios. Deberías cogerlo, hay mucha gente que te necesita. Te revuelves entre las sábanas y sacas una mano que acepta la llamada. Efectivamente, un nuevo crimen al que debes acudir.

Te levantas de la cama. Por el suelo está tirada toda la ropa con la que llegaste ayer por la noche. Está sucia así que buscas algo limpio. Sales rápidamente y coges el coche.

A mitad de camino observas que el depósito de gasolina está casi vacío, así que debes parar en una gasolinera a repostar. El trayecto de ayer hasta el lago casi hace que hoy no puedas llegar a tu destino.

Después de cargar el depósito continúas tu trayecto. El GPS te indica girar en la próxima calle y así lo haces. Puedes ver diversos coches de policía, pero para no molestar aparcas al principio de la calle.

Caminas hasta llegar al lugar que te ha indicado tu compañero, el inspector Allan, que te llamó antes por teléfono. Te encuentras frente a una gran mansión. Un policía te reconoce y te lleva donde están reunidos todos.

Entras en la habitación, parece la de un estudiante. Tiene la cama hecha. El escritorio está ordenado. Hay dos estanterías llenas de libros. En él hay un ordenador apagado. En el suelo hay una cinta blanca que simula la forma de un cuerpo. Una gran mancha de sangre en las baldosas del suelo. Parece ser que esa es la habitación del crimen.

El inspector Allan te reconoce y saluda:
—Hola, Ian. Veo que has tardado un poco.
—Sí, he tenido que parar ha poner gasolina ¿qué tenemos?
—Universitario asesinado por arma blanca, posiblemente al volver por la noche de una fiesta. No hay signos de que estuviese borracho o drogado, así que el asesino debió de esperarlo en la habitación o le acompañó hasta ella, de cualquier modo, debió de verlo o por lo menos conocer al criminal.
—¿Algún sospechoso? —preguntas.
—Posiblemente alguien de la casa, ya que sus amigos confirman que vino solo en su coche. Tres personas estaban presentes, se les está interrogando en este momento.
—No servirá de nada, si la víctima volvió por la noche todos dirán que estaban durmiendo y posiblemente no oyeron nada raro.
—¿Cómo que no oyeron nada? —pregunta el inspector extrañado.
—Porque si hubiesen oído algo, como el grito de la víctima, hubiesen descubierto el cadáver más tarde, sin embargo tú me has llamado cuando ya había salido el sol. Sabiendo como me conoces me sueles llamar en seguida que hay algún caso interesante, así que el cadáver debe de haber sido encontrado entre las 7 y las 8.
El inspector se queda sorprendido por tu deducción pero te lleva la contraria:
—Excelente chico, pero según las primeras impresiones el cadáver fue descubierto por todos los miembros cuando la víctima gritó.
—¿Llegó a las 7 de la fiesta?
—Como se nota que ya estamos mayores y estos tiempos no son como los de antes.
Te ríes con Allan. Llevas con él desde hace mucho tiempo y tenéis plena confianza para hacer bromas entre vosotros. Pero este dato puede cambiar la perspectiva. El asesino tal vez aprovechó el grito para disimular entre las otras personas como si lo acabase de oír y simular ser un testigo. La cosa será más complicada.

El policía que te acompañó se os acerca. Se llama Willy, y os muestra el arma utilizada. Es un cuchillo de cocina, un arma que iba a dar mucho de que hablar:
—Señor, la huella no coincide con ningún sospechoso y aun desconocemos el motivo por el cual solo está marcada una pequeña parte del dedo pulgar.
—¿Una huella? —te invade la curiosidad.
—Sí, el cuchillo tenía una huella, no coincide con ningún cuchillo de la casa, así que suponemos que el cuchillo venía del exterior. Además contiene una única huella y está fragmentada, correspondiendo solo ha una pequeña fracción de la huella completa del dedo pulgar.
—Entonces eso significa que el cuchillo vino de fuera de la casa, la lista de sospechosos aumenta —piensas en voz alta.
—No, porque volvemos a la misma situación de que la víctima vino sola a casa. Según comentaron sus compañeros el móvil se le había quedado sin batería, con lo cual nadie le pudo llamar para que les fuera a recoger. No tiene sentido —responde Allan a tus pensamientos.
—En fin, Willy, te importaría preguntar a los vecinos si vieron algo —pides al joven policía.
—En seguida —responde él.

Willy se marcha y os quedáis solos Allan y tú. Los interrogatorios a los sospechosos han acabado y te informas de la situación. Las personas que descubrieron el cadáver y son sospechosas son tres: la madre, la novia y el mayordomo de la casa.

La madre estuvo hasta tarde viendo una película en la televisión. No estaba con nadie, pero durante la publicidad llamó para pedir un producto de teletienda, un juego de cuchillos que lo cortaban todo. Han preguntado a la compañía que vende el producto y efectivamente realizó esa llamada.

La novia de la víctima vivía en un piso de estudiantes, pero cuando conoció al estudiante se fue a vivir con él. Fue aceptada en la familia, así que tenían buena convivencia, pese a que los dos novios se encontraban en habitaciones separadas solían quedar por la noche en la habitación de alguno para hacer el amor. No acompañó a su novio a la fiesta porque estaba resfriada.

El mayordomo de la familia se retiró a su habitación. Se despierta pronto por la mañana para hacer footing. Después de volver, mientras preparaba el desayuno, oyó el grito.

No hay nadie que pueda corroborar sus coartadas, todos dormían excepto el mayordomo, pero si le mató después de volver de hacer footing no se podría haber desecho de las pruebas… ¡Espera un momento!

—Inspector Allan, convoque a todos los sospechosos. Tengo al asesino —dices en tono serio, acabando de encuadrar tus sospechas en tu mente.
Los sospechosos que habían sido interrogados en una habitación cercana llegan hasta el dormitorio. Todos te observan y comienzas tu deducción.

—Comencemos. Hoy, durante la mañana se ha cometido un asesinato en esta habitación. Este crimen no supone mayor riesgo que apuñalar a una persona y huir, pero tal y como se ha presentado el asesinato no lo hemos podido organizar bien.
Los murmullos entre los presentes comienzan, pero continuas como si nada pasase.
—Para empezar la víctima vino sola a casa, tal y como indicaron sus compañeros. Al llegar a su habitación, el asesino le estaba esperando. No le extrañó, era una persona que pertenecía a la casa así que no le sorprendió su visita. Pero la persona que le esperaba le apuñaló y la víctima gritó. Pero los hechos no se sucedieron así exactamente.
Todos los presentes se quedan sorprendidos, esperan que les expliques a que te refieres.
—La persona que gritó no fue la víctima, sino el asesino. Es más, posiblemente el asesino no gritase justo en el momento después de la muerte sino más tarde. Llamó la atención de los presentes en la casa, y se infiltró entre ellos como si acabase de escuchar el grito.
—¿Pero quién lo mató? —pregunta impaciente el inspector Allan.
—El mayordomo -respondes secamente.

Todos se sorprenden, hasta el mismísimo mayordomo y entonces lo explicas todo.
—Esta mañana, el mayordomo había venido a la habitación. Cuando ha llegado la víctima, con el pretexto de que estaba limpiado, ordenando o a saber qué, le ha apuñalado. Luego ha hecho su habitual paseo de footing deshaciéndose de todo: ropa ensangrentada y el cuchillo.
—¿El cuchillo? —te pregunta el inspector.
—Sí. El señor mayordomo lleva guantes, así que en principio sería difícil que dejase huellas. Pero no te parece extraña la forma de la huella, eso es muy fácil de explicar. Si la huella hubiese estado antes y alguien la hubiese querido limpiar directamente se habría llevado el cuchillo y no habría dejado una huella dactilar ahí en medio que le pudiese inculpar. Sin embargo tenemos una huella dactilar, que no encaja con nadie de la casa.
—Insinúas que dejó deliberadamente el cuchillo para que pareciese alguien del exterior —se sorprende Allan.
—Posiblemente. Después de venir de hacer su paseo habitual de footing gritó desde la habitación donde había matado previamente a la víctima y después se unió al grupo como si acabasen de descubrir el cadáver. ¿Me equivoco? —preguntas dirigiendote al mayordomo.
—Por supuesto que sí, no tiene sentido que yo haya hecho eso, no tenía ningún motivo para matarle —grita el mayordomo desesperadamente.
—Está claro que no nos dirás si tenías algún motivo, tal vez tuvisteis algún roce o algún problema y buscabas venganza.
—No, yo no haría nada de eso. Además ¿y las pruebas?
—Dígame el recorrido por el cual hace footing y no tardaremos mucho en encontrar la ropa y el cuchillo del que se deshizo —respondes desafiante.

El mayordomo indica a unos policías el recorrido que hace habitualmente. Al cabo de un par de horas, encuentran en un contenedor de basura las pruebas que lo incriminan y detienen al mayordomo.

Caso cerrado

* * *

Se ha acabado el caso, gracias a tu amigo Ian. Se marcha en su deportivo que tiene al final de la calle. Debes recoger todas las cosas.

Antes de volver te das cuenta de que falta uno de tus hombres, Willy, que fue hace horas a preguntar a casa de una vecina si había visto algo. Al no verlo llamas a casa de la vecina a la que fue a preguntar y una viejecita te abre la puerta:
—Oh, otro señor policía, pase, pase.
—No, gracias. ¿Está por aquí uno de mis hombres? —rechazas la invitación a entrar.
—Sí, ahora me estaba moviendo otro mueble —responde con una sonrisa de oreja a oreja.

Al final no te queda más remedio que entrar. Willy ha estado moviendo muebles y ayudando a la viejecita. Pero eso no era todo:
—Disculpe señora podría contarme lo que me ha dicho antes del coche que vio esta mañana —le pide amablemente Willy.
—Claro. Verá a mí me cuesta mucho dormirme y hay veces que me despierto muy pronto. Mi médico me ha dado algunas pastillas para dormir…
—Señora le importaría avanzar a la parte del coche —la interrumpe Willy.
—Vale, pues verá esta mañana, a eso de las siete, después de que llegara el coche de mis vecinos, un deportivo azul aparcó en frente de la casa. Y un hombre siguió al muchacho que acababa de llegar. No le presté atención, pero oí un grito y vi como salía corriendo de la casa y se marchaba en el coche.
—¿Está segura de lo que dice? —me intereso ya que puede ser un dato interesante, aunque ya sabemos que fue el mayordomo.
—Sí y por si fuera poco me ha parecido ver al mismo coche aparcado, esta misma mañana, al final de la calle.

¿Cómo ha dicho? Un deportivo azul. ¿El coche de Ian? No puede ser, él no podría hacer nada así. Sé que me estoy guardando información para defender a mi compañero, pero tal vez me este equivocando, tal vez la señora se haya confundido. Mejor no hablar más del tema y volver a comisaría.

Vuelvo en coche con Willy. Por el trayecto le voy contando como se ha resuelto el caso y entonces comenta algo que me deja de piedra:
—Pues que asesino más tonto. Si realmente había tirado la ropa ensangrentada, debería haber dicho otro trayecto en vez del que hace habitualmente para que no encontraran las pruebas que le incriminaban.

Tiene razón. No tendría sentido, cojo el móvil y llamo a la central. Tienen archivada la huella dactilar del cuchillo que apuñaló a la víctima, así que les pido que la cotejen con la huella de Ian. Tardan unos pocos segundos. Encajan en un 94%.

Freno en seco y doy media vuelta con el coche, me dirijo a casa de Ian. Creo que necesito algunas explicaciones. Aunque en estos momentos Willy me las pide a mí, a lo que le respondo:
—Ese cabrón, no se que motivos tendría su huella dactilar para estar en el cuchillo, pero me ha engañado. Nos la ha jugado a todos —gruñes muy enfadado.

Llegáis a casa de Ian. Por mucho que llamáis nadie os abre. Coges la llave de repuesto que suele en el doble fondo del pomo y entras. Todo parece normal, pero al llegar a su habitación ves la ropa manchada. La ropa no está manchada de sangre, sino de tierra. ¿Qué significa eso? Tal vez intentó enterrar algo. ¿Dónde se pudo manchar la camiseta? Un campo, un parque, un bosque… Demasiados sitios.

Entonces te viene a la mente cuando te lo encontraste por la mañana. Dijo que había parado en la gasolinera. La más cercana está a unas pocas calles y no mucha gente suele acudir con un deportivo azul, tal vez se acuerden de algo.

Willy y tú, salís de la casa, volvéis a esconder la llave, ya que no teníais una orden de registro si alguien se entra de eso sería un problema, y os dirigís a la gasolinera.

Al llegar allí mostráis vuestras placas y preguntáis a los trabajadores. Uno de ellos recuerda el coche:
—Difícil de olvidar ese tipo de coches, pero bueno no dijo nada a parte de pedir que le llenáramos el depósito entero. Eso sí, parecía que iba con prisa por acudir a algún sitio —os dice el joven que repostó el coche de Ian.
—¿Entonces nada raro? —preguntas con insistencia.
—Pues no —el chico no tiene más información, hasta que se da cuenta de un detalle—. Aunque bueno pensándolo bien, ayer ya llenó el depósito, no sé como ha podido gastar todo en un solo día.
—¿Ayer repostó? —pregunta Willy.
—Sí, parecía que iba al lago ya que llevaba cañas de pescar. ¿Ocurre algo?

No respondéis al chico y os marcháis corriendo con el coche. La dirección es obvia: el lago. El lago se encuentra rodeado de bosques y tierra, posiblemente estando allí se manchó la ropa:
—¿Pero cómo gastó el depósito entero? La ida y vuelta del lago no creo que llegue a gastar ni la mitad del depósito —pregunta Willy.
—Tal vez fue después a otro sitio. Pero bueno, supongo que en el lago saldremos de dudas.

El camino dura casi una hora. Se hace eterno, sobretodo cuando estás sumido en tus pensamientos. Al llegar veis el deportivo azul. Ian está en el lago. Pero no le ves.

Bajáis del coche e inspeccionáis la zona. Nada raro. Miráis dentro del coche, la ropa que llevaba esta mañana Ian está tirada por dentro. ¿Se ha desnudado? Mientras miráis el coche alguien os llama la atención por detrás. Un hombre con un traje de buzo. Es Ian.

Te diriges a él:
—¿Tienes algo que explicarnos?
—¿Explicaros? Explicadme vosotros porque estáis aquí —se lo toma como una broma.
—No me jodas Ian, tu huella coincide con la del cuchillo y han visto tu coche esta mañana sobre las siete en casa de la víctima —te pones serio.
—¿Qué quieres decir? No sé nada de eso. Es imposible que mis huellas estén ahí, además de que no me he despertado hasta que tú me has llamado, no he podido ir a ningún sitio.
—Ian no me toques los cojones, si tienes algún problema lo podremos solucionar. ¿A qué vienen tus viajes al lago?
—¿Hola? Ayer vine a pescar, al llegar a casa me di cuenta que faltaba la caña. La caña de pescar es de mi padre, así que se la tenía que devolver por lo que volví a buscarla, pero no la encontré. Pensé que tal vez se había caído al fondo del lago en algún descuido, así que hoy he vuelto a ver si la recuperaba.
—Dime la verdad, Ian.
—¿Qué más quieres saber, Allan? No tengo nada más que decirte. Además quedó bastante claro que el asesino era el mayordomo —replica Ian.
—No tendría sentido que el mayordomo nos dijera el recorrido que hace, si podíamos encontrar la ropa manchada de sangre. Si fuese el asesino hubiese mentido sobre el recorrido.
—¿Y yo que quieres que haga? Tal vez bajo la presión decidió rendirse —empieza a aumentar el tono.
—Pero entonces… —eres interrumpido.

El teléfono de Willy suena:
—Sí… Sí… ¿Cómo dice? ¡La sangre de la ropa no encaja con la de la víctima!
Esa es la última prueba que necesitabas. La ropa ensangrentada era falsa.

—Ian, por favor, acompáñame a comisaría.
—No Allan, estás muy equivocado.
Sacas tu pistola
—Ian, por favor, ya no tiene sentido seguir mintiendo
—No tienes pruebas sólidas contra…

¡BANG!

Una bala perfora el cuerpo de Ian.

* * *

Acabas de disparar a Ian. Allan se gira sorprendido, te acercas a él y le disparas a bocajarro. Con la pistola que tiene Allan en la mano haces un par de disparos al aire, para que se le quede un poco de pólvora en la mano y le cambias la pistola. Recoges los casquillos de los disparos al aire y te marchas a tu casa.

De esta manera parece que Allan disparó a Ian y luego se suicidó.

Repasas si has dejado algún cabo suelto.

El día anterior, mientras Ian estaba distraído pescando, haces un duplicado de la llave de su coche. Para la huella dactilar le robas la caña mientras guarda las cosas en el coche.

Recuerdas como repartiste folletos de una macro-fiesta y como investigaste a una familia para buscar a tu víctima.

Pero el broche final ha sido hoy. Esta mañana con el duplicado de la llave, coges el coche de Ian. Sigues al chico hasta su casa y con el pretexto de que eres policía le pides que te muestre todos los documentos. Debe entrar en su casa para buscar algunos. Le sigues y le apuñalas con el cuchillo que tiene la huella de Ian. La víctima grita y te marchas corriendo en coche.

Devuelves el coche a su sitio. Te llaman de la central, ha habido un asesinato. Mientras llegas, dejas ropa ensangrentada en un contenedor cercano, para que parezca cosa del mayordomo mientras hacía footing.

Sacas el tema de la huella para que debatan los policías y cuando vas a casa de la vecina gastas todo el tiempo posible para que tu superior te venga a buscar y entonces habláis del coche de esta mañana.

Dejas que Allan cree su propia paranoia. Y entonces matas a tus dos superiores.

Años de servicio para que nunca te hayan ascendido. Siempre la misma mierda. Ahora todo saldrá bien.

Vuelves a tu casa. En tu cocina falta un cuchillo y tienes una caña de pescar pese a no tener ni idea de ello. Usaste sangre para manchar algunas prendas de ropa. Todo ha ido perfecto.

Aprovechas que sabes como entrar en la casa de Ian con la llave escondida en el pomo y dejas allí el juego de cuchillos en el que falta uno. Ahora quedará claro que Ian era el “supuesto” asesino. El inspector Allan lo descubrió y al matar “supuestamente” a Ian, se suicidó bajo la presión.

Entonces, tu móvil suena. Alguien grita alarmado:
—Willy, ha ocurrido una cosa terrible…

Se equivoca. Es la mejor noticia que podías recibir.

A la semana te han ascendido.

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Re: [VI CRAC] Relatos
« Respuesta #6 en: 08 de Diciembre de 2010, 12:30 »
Bajo la luz del prisma


Justo a las dieciocho en punto, sonó el hilo musical que les informaba de que su turno había acabado. Alexander R-03 dejó los informes bien ordenados sobre su mesa, apagó su ordenador, y salió de su despacho. Continuó por el pasillo, el cual tenía trazada una línea recta roja a la altura de la cintura, hasta el ascensor.
Allí, un puñado de hombres, todos con los mismos uniformes de color rojo como él, esperaban en un silencio tenso. Se escuchó un pitido, y la puerta se abrió. De ella salieron otros hombres y mujeres, también de rojo, que se dirigían a los puestos que acababan de ser desocupados. Algunos intercambiaron miradas y saludos en voz baja.

Una vez se hubo vaciado, los trabajadores entraron en él y uno de ellos pulsó el botón sin preguntar, pues no cabía que nadie fuera a otro sitio que a la planta baja y saliera del edificio. Justo cuando la puerta se estaba cerrando, una figura apareció delante del ascensor. Se trataba de un hombre alto, robusto, y con cara de pocos amigos. Pero esto no fue lo que lo obligó a salir, junto con sus otros compañeros, y cederle el sitio.
Aquel hombre vestía de amarillo.

Alexander maldijo en voz baja y miró su reloj: las dieciocho y ocho. Si no se daba prisa, perdería el metro multicolor, que normalmente lo llevaba a su barrio rojo, donde residía en una casa, completamente roja. Sólo que esta vez se bajaría un par de paradas antes, e iría al hospital, del mismo color. Su mujer, según le había comunicado desde allí, se encontraba de parto.

Otro pitido lo sacó de su ensimismamiento, y cuando la pareja que lo ocupaba salió, se metió dentro bruscamente. Con una lentitud exasperante, el ascensor bajó las cuarenta y tres plantas y los depositó con suavidad en el suelo firme. Cruzó como un rayo la recepción, sin reparar en los comentarios la gente hacía al pasar. Bajó las escaleras de tres en tres, pasó su pulsera de identificación por el torno, y se precipitó hacia las vías, serpenteando entre la marea de gente multicolor.

Por suerte, el metro todavía seguía allí. Estaba a punto de entrar al vagón cuando alguien gritó desde detrás.
- ¡Eh, tú! ¡El de rojo! – Sonó una vocecilla aguda. Al momento, los veintitantos trabajadores que estaban en fila se dieron la vuelta, como una sola persona.

Un hombre bajo y delgado, que vestía un uniforme negro, acompañaba a otro esbelto de uniforme verde, que se agarraba un codo con la otra mano.
- Sí, tú, el moreno con cara de preocupación. – Volvió a decir el hombrecillo. - ¿Es que no te has dado cuenta de que has derribado a un CS Verde?

Alexander sintió una punzada de miedo.
- Maldito rojo de los cojones. – Increpó el hombre. – Me he hecho polvo el codo.
- Lo siento, señor, mi mujer . . . – Comenzó él, con la vista baja.
- ¡Me importa una mierda tu mujer! – Estaba realmente furioso. – El Complejo Alfa tiene unas normas.
- Lo sé, señor. Lo siento. – Se disculpó.
- Tú, trae acá tu terminal. – Le dijo al hombrecillo de negro. Prácticamente le arrebato de las manos una pequeña pantalla que este llevaba en las manos.

Tecleó frenéticamente durante unos segundos.
- Dame tu mano. – Ordenó.
- ¿Qué? – Preguntó, confuso. Sin hacer caso, aquel hombre aferró su brazo, y pasó su pulsera de identificación por el lector de códigos de la terminal.
- Alexander R-03, expediente disciplinario por alteración del orden público y por agresión a un superior. -Y su boca esbozó una sonrisa de superioridad.

Alexander sintió el deseo de abalanzarse sobre él y partirle la cara de gilipollas que tenía. De gritarle que su esposa estaba de parto en el hospital mientras lo hacía, pero se quedó callado. La vida no era completamente justa en el Complejo Alfa.
- Así aprenderás, rojo. – Lo dijo con una mueca de asco.


La lenta espera lo estaba matando. Sus ojos iban desde el reloj digital colgado enfrente, hasta las otras personas que esperaban con él. Una mujer, con su hijo en brazos, hablaba desenfrenadamente con el señor que estaba a su lado, mientras  que este doblaba el periódico. Era un ejemplar de la Gaceta Roja, el único que tenían permitido leer.
Un poco más allá, un muchacho esperaba serenamente, sentado con las manos apoyadas encima de sus rodillas. También había una muchacha rubia, que llevaba varios minutos mirando la máquina expendedora, y que parecía no ser capaz de decidirse por el comestible en cuestión. Todos ellos con un uniforme rojo.

Obviamente, ninguna de aquellas personas estaba esperando mientras su mujer daba a luz. Y obviamente, no habían tenido un hijo que había sido descartado.

Alexander lo recordaba como si fuera ayer mismo. Estaba sentado en el mismo sitio que hacía dos años, masticando chicle como un loco. Cuando iba por su segundo paquete, la enfermera le llamó. Allí, en medio de un largo y lúgubre pasillo, le esperaba el doctor, todavía con las manos enguantadas.
- ¿Señor Alexander R-03? – Preguntó con voz grave. Este asintió. – Verá . . . su hijo ha nacido con un peso por debajo de la media. Siguiendo el protocolo para estos casos, he ordenado que le hicieran las pruebas postparto.

Estaba tan tenso que si le hubieran golpeado con un martillo, se habría roto en mil pedazos.
- Lo quiero decirle es que su hijo no cumple los estándares de un CS Rojo. – E hizo una pausa.
- ¿Quiere decir . . . quiere decir que será un infrarrojo? – Preguntó con la boca seca.
- Me temo que no, Alexander. Su hijo tampoco cumple los estándares de infrarrojo: es pequeño, incluso para ese estatus, y es propenso a enfermedades cardiovasculares e, incluso –hizo una pausa para mirar el informe- incluso cáncer.

Alexander se llevó una mano a la frente.
- ¿Entonces . . .? – Apenas pudo pronunciar.
- Su hijo ha sido descartado. – Sentenció.

Dicho esto, se dio la vuelta y lo dejó sumido en la angustia. Alexander no pudo sino romper a llorar en silencio, como un niño.
Mientras recordaba aquella conversación con dolor, le pareció escuchar su voz.
- Alexander R-03. – Dijo de nuevo la voz de la enfermera. – El doctor lo espera. Pase, por favor.

Se levantó, y se enjugó unas lagrimillas que había brotado de sus ojos con la manga de su uniforme. Temblando de puro nervio, cruzó el umbral. Allí, en el mismo pasillo lúgubre, se encontraba el médico, con las manos enguantadas.
Al verlo llegar, puso una mano encima de su hombro y negó con la cabeza. Dijo un par de frases, con la cara llena de tristeza, y se marchó. Al igual que la otra vez, Alexander no pudo sino llorar como un niño pequeño.


Las aguas de la planta de tratamiento seguían el canal y se perdían a través de un gran conducto. Alexander siempre se había preguntado si ese canal iba a parar al mundo exterior, al mundo fuera del complejo. Lo que había fuera de él era un misterio, pero los rumores decían que el exterior era inhabitable.
La verdad es que aquel sitio no olía especialmente bien, pero eso no le importaba. Se trataba de un lugar cercano a su casa, y lo suficientemente solitario como permitirle escapar por un momento de la complejidad de todo aquello que lo rodeaba.

Soltó un suspiro. Sus dos hijos habían sido descartados y ni siquiera había tenido la oportunidad de verlos. Tampoco su mujer, Anna R-07. El recuerdo de su cara hundida en la almohada se le apareció como un fantasma. Si él estaba destrozado, ella lo estaba el triple.

Escuchó unos pasos y se apresuró a cambiar la cara, que debía ser un poema en ese momento. Por la vieja escalera apareció un hombre de unos cincuenta o sesenta años. Vestía de amarillo.
- Oh, vaya. – Dijo al verlo. – No sabía que había alguien aquí. Por lo general, este lugar suele estar desierto.

Alexander lo miró, extrañado.
- Supongo que usted no es uno de los trabajadores de la planta revisando quién-sabe-qué. – Comentó animado, y se acercó a la barandilla donde estaba apoyado él.
- No, yo sólo . . . sólo necesitaba desconectar un poco. – Concluyó Alexander, que dudaba de si había hecho bien diciendo aquello.
- Lo suponía. Esos tipos visten de negro. -  Y miró al caudal.

Se hizo el silencio. Alexander se incorporó y comenzó a andar en dirección a las escaleras.
- Es curioso, ¿verdad? – Preguntó aquel señor de amarillo.
- ¿Disculpe? – Inquirió.
- Tenemos todo dentro de este complejo, pero a veces sentimos la necesidad de escapar de él.
- Y se volvió hacia nuestro protagonista.
- Sí, supongo que sí. – Contestó, esquivo.
- Rojos, amarillos, verdes, azules. – Continuó. – Al fin y al cabo somos personas, no máquinas, por mucho que se esfuercen los de Central.

Este asintió.
- Tengo que regresar a mi casa. Hasta luego, señor. – Se despidió.
- Hasta otro día, rojo. – Lo despidió sin volverse. Cogió una piedrecita y la tiró lo más lejos que pudo. Por un momento, pareció un niño pequeño, en lugar de un status superior.


- Cariño, ya he llegado. – Dijo mientras abría la puerta. Se quitó los zapatos, los dejó a un lado, y se dirigió al salón. Esperaba ver a su mujer tumbada, en un estado de apatía total, tragándose toda la mierda que echaban en la televisión. Pero no fue así.
- ¿Cariño? – Preguntó de nuevo, y anduvo por el pasillo. No estaba en la cocina. Tampoco en el cuarto de baño.

Alexander entró en su habitación y se la encontró tumbada en la cama, de espaldas a la puerta.
- Anna, ¿estás dormida? – Preguntó en voz baja, y se sentó al borde. Le movió el hombro con suavidad para despertarla, pero su mujer no respondió con los habituales ronroneos. Es más, estaba fría. – ¿Anna?

Tomándola por el brazo, le dio la vuelta. Entonces quedaron al descubierto tres envoltorios plateados. Alexander los miró durante un segundo, y luego a su mujer. No hacía falta que le tomara el pulso. Simplemente la abrazó en silencio y comenzó a llorar sobre su belleza muerta.


Veía el ataúd que contenía el cuerpo de su esposa en la cinta de la incineradora. Veía los envoltorios plateados en  su cama. Pero no veía los informes que se iban amontonando encima de su mesa. Alexander parecía una sombra de sí mismo.

Uno de aquellos interminables días, mientras hacía como que leía la pantalla de su ordenador, alguien tocó a la puerta.
- Alex, el supervisor quiere hablar contigo. – Le informó Robert R-15, su calvo y bonachón compañero. – Creo que te espera una buena.

El aludido se levantó con pesadez, se restregó los ojos y cruzó toda la planta de oficinas hasta la puerta número sesenta y tres. Golpeó un par de veces y esperó. Una voz grave le instó a pasar.
- Siéntate, Alexander. – Dijo su supervisor. Se trataba de un amarillo barrigón, con un frondoso mostacho y el pelo peinado a lo cortinilla para disimular su incipiente calva. Parecía enfadado. Mucho.
- ¿Quería verme, señor? – Inquirió él.
- Alexander, este es un gráfico de tu productividad a lo largo de los –miró el dato en el informe- de los doce años que llevas trabajando aquí. – Dijo mientras le enseñaba un folio. – Desde hace aproximadamente tres meses, tu productividad ha bajado estrepitosamente. Está prácticamente en cero. ¡Cero!
- Señor, ya sabe que mi mujer . . . – Comenzó, pero fue interrumpido.
- El Complejo Alfa es un sofisticado mecanismo, Alexander. – Explicó mientras se echaba para atrás en su elegante y cómodo sillón. – Todos los engranajes tienen que funcionar. Si uno de ellos falla, se interrumpe todo el funcionamiento.

Hizo una pausa, mientras escrutaba el rostro de su subordinado.
- Podemos intentar limpiar el engranaje, podemos engrasarlo, pero si la cosa sigue igual, no tenemos más remedio que sustituirlo. – Y dio un golpe en la mesa.
- Señor, todas estas cosas que han sucedido . . . mi mujer, y mi hijo . . . – Pero no pudo continuar.
- Aquí tengo tu expediente también. – Y lo movió cerca de su cara. – Alteración del orden público, agresión a un superior. Ambas son bastante graves. También veo un parte por insultos a varios compañeros, actitud inapropiada en el trabajo y etcétera.
- Usted no lo entiende. – Dijo, y sintió una punzada de ira. Una ira que fue creciendo poco a poco.
- El que no lo entiende eres tú, Alexander. – Y arrojó los documentos contra la mesa. – Sólo espera a que mande a Central el informe que estoy redactando. Si es que, para colmo, tu material genético es deficiente.

Alexander se levantó súbitamente y colocó los puños cerrados sobre la mesa. Su supervisor, que no se esperaba tal reacción, se echó hacia atrás, temeroso.
- No se atreva a hablar así de mis hijos. – Murmuró entre dientes. Durante un tenso segundo, se miraron a los ojos. Luego, sin mediar palabra, se marchó, dejando a su superior con cara de estúpido.

Estaba demasiado exaltado para dirigirse a su casa, de modo que salió del edificio y echó a caminar sin ni siquiera fijarse en el camino. Anduvo durante una hora y media aproximadamente, hasta que sus pies lo llevaron a aquel sitio de nuevo. Se apoyó en la barandilla y miró el gran caudal de agua. Gritó, expulsando todas esas pestes por su boca. Aquello lo hizo sentir mucho mejor, sin duda.

No supo cuánto tiempo permaneció allí, contemplando el río hediondo. Quizás horas.
- Hola de nuevo. – Dijo una voz. Nuestro protagonista se giró, sobresaltado.
- Me ha asustado. – Dijo a modo de saludo.
- Lo siento, muchacho, no era esa mi intención. – Y se posó a su lado. Su cara estaba llena de arrugas, pero Alexander podía ver una voluntad inquebrantable debajo de todas ellas.

Se hizo un silencio eterno.
- ¿Cómo te lo imaginas? – Preguntó.
- ¿Perdón?
- El Exterior, ¿cómo te lo imaginas? – Volvió a preguntar.
- No lo sé. – Dudó ante lo inusual de la pregunta. Más aún hecha por un CS superior. – Salvaje, supongo. Con edificios en ruinas.
- Yo creo que no quedan ni ruinas. – Comentó el anciano. – Sólo una explanada árida, quizás montones de chatarra por aquí y por allá.
- Puede ser. – De escuchar alguien la conversación que estaban teniendo, habrían peligrado sus ya restringidas libertades.
- ¿Y el cielo? – Preguntó.
- No sé qué eso. – Se sinceró.
- El techo del Complejo es la cúpula, ¿no? – Pero allá afuera no hay ninguna cúpula. ¿De qué color será?
- No lo sé. – Y añadió. – Pero me gustaría que fuera rojo.

El anciano lo miró y esbozó una sonrisa. Sus arrugas se acentuaron aún más.
- ¿Rojo? – Preguntó, y soltó una carcajada. Ambos rieron, pero él lo hizo para disimular lo desdichado que se sentía en realidad.


Llevaba un par de días tirado en el sofá, dejando pasar el tiempo como arena entre los dedos.
Algo en su pequeño y perfecto mundo había fallado, y cual castillo de naipes, todo se había derrumbado. La verdad era que ya nada le importaba. Sentía que ya no pertenecía a ese lugar.
Alexander alargó la mano para echar un trago al cartón de leche, pero este sólo contenía aire.
Refunfuñando, se puso en pie y fue hasta la cocina. Abrió en el frigorífico y se sorprendió de encontrarlo desierto. Después cayó en la cuenta de quién se encargaba de llenarlo era su esposa. Aquello lo hizo derramar unas cuantas lágrimas.

Se vistió, se alisó el pelo alborotado con la mano y bajó a la calle, que ahora se le antojaba fría. Compró unas cuantas cosas básicas, pues no quería permanecer más tiempo del necesario fuera, y volvió rápido a su bloque. Debía tener un aspecto horrible: ojeroso, con barba incipiente, desaliñado. Se sentía un fugitivo.

Subió las escaleras portando sendas bolsas y cuando giró, se quedó clavado en la esquina. Allí, dos hombres vestidos completamente de gris esperaban delante de su puerta.
Aquello desenterró un recuerdo; un par de agentes como esos habían venido un día a visitar a su viejo vecino Lars R-03, y nunca más lo habían vuelto a ver. Nadie sabía qué es lo que había hecho el pobre Lars. Pocos días después, una nueva pareja se instaló en su departamento. Quizás se había vuelto demasiado viejo. Y el Complejo no se podía permitir ese tipo de lujos.

Alexander tragó saliva y retrocedió un paso. Uno de los agentes levantó la vista y lo vio en las escaleras, reculando.
- ¡Eh, usted! – Gritó. - ¡Deténgase!

Aquel fue el pistoletazo de salida. Nuestro protagonista dejó caer las bolsas al suelo y bajó las escaleras tan rápido como pudo, mientras ambos salían detrás de él.
Salió a la calle y miró en ambas direcciones, y entonces corrió, deshaciendo un camino que no debía haber hecho.

Empujó a un par de trabajadores que caminaban con parsimonia por la acera y cruzó la carretera, mientras un par de coches frenaban en seco para no atropellarlo y pitaban indignados.

Corrió como un loco, mientras notaba cómo sus pulmones ardían con cada bocanada y sus músculos chirriaban. Los agentes le pisaban los talones.
Continuó evitando y empujando a varias personas y bajó unas escaleras, cruzó un callejón y volvió a bajar unas escaleras. Sólo corría hacia aquel lugar, pero no sabía qué hacer una vez llegara allí. Volvió a bajar unas sucias escaleras y llegó hasta su querido mirador de aguas fecales. Se apoyó en la barandilla e intentó recuperar un poco el aliento.

Durante un momento, pensó que había dado esquinazo a los dos agentes, pero su esperanza se rompió como una hoja de papel en cuanto escuchó los zapatos caros bajando a trompicones las mismas escaleras.

Ambos se detuvieron también a recuperar el aliento.
- No se mueva, Alexander R-03. – Dijo uno de ellos. Y dio un paso hacia él. – Va acompañarnos. Ahora mismo.

Su compañero se llevó las manos a la chaqueta gris y sacó unas esposas de aspecto cruel.
- Están ustedes equivocados. – Repuso él. – No tengo pensado ir a ningún sitio.
- Está usted acusado de diversos delitos, Alexander. – Explicó, y se acercó más a él. – Algunos muy graves, como la insubordinación de hace unos días. Pasará una buena temporada en un módulo correccional.
- ¿En un módulo correccional? – Se mofó. – ¿Me quitarán de en medio igual que al pobre Lars?
- No oponga resistencia, Alexander, o tendremos que reducirlo por la fuerza. – Estaban a escasos dos metros de él.

Entonces, Alexander hizo algo inesperado. Se subió a la barandilla, extendió los brazos y miró las aguas fecales.
- ¡Está loco! – Ladró uno de los agentes.
- No, eso es lo que quieren que crean ellos. – Dijo, y se tambaleó.
- Se va a caer. Y se ahogará. – Dijo el que sujetaba las esposas. Estaba muy cerca.
- O nadaré y saldré al exterior. – Replicó, y volvió a tambalearse.
- ¡El exterior ya no es habitable! – Lo dijo convencido de que estaba loco.
- Puede ser. O puede que no. Quizás sólo sea una mentira, como todo lo demás. – Respondió.
- La pérdida de su mujer, y sus dos hijos desechados, le ha hecho perder totalmente la cabeza.
- No, no me han hecho perder la cabeza. Me han hecho ver la realidad. – Continuó.
- ¡Detenlo! ¡Ya! – Gritó a su compañero.

Antes de que pudieran actuar, Alexander saltó. Su cuerpo se hundió completamente aquellas sucias aguas. Permaneció sumergido durante unos segundos, y salió a respirar más allá, arrastrado por la corriente.

De repente, notó una punzada ardiente en su hombro, y después el estruendo. Más estruendos y silbidos pasaron cerca de él. La corriente siguió arrastrándolo hacia una oscuridad creciente.

Ambos personajes miraron cómo el cuerpo desaparecía bajo las aguas, hacia el túnel.
- Mejor muerto. No creo que la resocialización pudiera traerlo de vuelta de su demencia. – Murmuró.
- Control total del sistema. – Ambos rieron.


Tosió varias veces, pues su boca y su garganta estaban llenas de asquerosa mierda líquida. Notaba como sus piernas eran mecidas por una ligera corriente, pero estaba apoyado sobre tierra. Más que tierra, barro. Un barro asqueroso también. Por si esto fuera poco, un dolor terrible lo atravesaba desde el hombro.

Consiguió darse la vuelta con un esfuerzo y agonía extrema, y abrió un poco los ojos escocidos.

Una vasta extensión de tierra cenicienta se hallaba ante él. Repartidos por toda la llanura estéril había montones de chatarra oxidada, cuales colosos derribados. La desalentadora imagen estaba bañada por una luz rojiza y mortecina, que se colaba a través de las nubes enfermizas que cubrían el techo del Exterior de forma casi completa.

No pudo hacer otra cosa que soltar una carcajada amarga. ¿Aquello era realmente el mundo?
La vida, que ahora se le escapaba por la herida, le pareció dulcemente irónica.

Y entonces, cerró los ojos, y sintió paz.






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Re: [VI CRAC] Relatos
« Respuesta #7 en: 08 de Diciembre de 2010, 12:31 »
El gato

   Dos pares de ojos observaban con atención aquel gato que, mordisqueando con afán a su amo, ignoraba ser el centro de atención. Aquel gato gordo se estaba entreteniendo en arrancar un pedazo de carne casi desprendido del destrozado cráneo de Luis Saavedra, su atento amo durante casi siete años, mientras dejaba sobre la piel del cadáver pequeñas huellas impresas con sangre. Al observarle, me pareció que nunca había visto a nadie comer con tanto respeto como lo hacía aquel gato con su amo, como si al hincharse con su carne le estuviera demostrando el mayor de los cariños tras siete años de abnegada atención y cuidados. Ese gato glotón al que nada le importaba estar sobre un charco de sangre, trozos de hueso y sesos que poco a poco se iba resecando; ese gato con los bigotes y la boca llenos de sangre que conservaba en sus ojos una mirada de calma total y absoluta, como si todo aquello no tuviera nada de extraordinario; ese gato que no nos había preocupado lo más mínimo durante las más de cuatro horas que habíamos pasado registrando el lugar; ese gato nos iba a resultar un problema.

   - ¿Entonces tú crees que está dentro del gato? - pregunté ya por tercera vez.
   - ¿Se te ocurre alguna otra cosa? Está claro que en esta casa no está.
   - Sí, pero ¿dentro del gato? Podría haberla metido en la caja de algún banco o habérsela dado a alguien. Además, nada nos asegura que no se nos esté pasando algo por alto - me detuve un momento y observé al gato que estaba sacando tajada del labio superior de su amo-. Por Dios,  Marco, ¿por qué siempre se complican tanto las cosas con los alquimistas? Si al menos estuviera vivo.
   - Sí. Habría sido más fácil dejar que ese viejo loco te estrangulara y después preguntarle dónde había metido la dichosa piedra. Seguro que así obteníamos la respuesta. Las cosas están como están y a mí el gato me parece una buena opción. - había que reconocer que Marco siempre había sido una persona pragmática y, aunque sus decisiones no habían facilitado las cosas precisamente, siempre habían solucionado el problema inmediato. Comprobar si la piedra estaba dentro del gato no era del todo estúpido, pero seguía planteando un problema...
   - Ya, vale, pero ¿cómo piensas hacerlo? No podemos dispararle, ni usar un cuchillo: si el metal toca la piedra todo podría irse a la mierda y yo paso de morirme solo por contener un pico algo fuera de lo normal.
   - Once veces por encima de lo normal. Por un pico normal no hay que hacer todo esto.
   - Lo que sea. ¿Y por qué el gato? ¿Por qué no dentro de él mismo, por ejemplo?
   - ¿Tú te tragarías esa piedra? ¿Crees en serio que este tipo estaría tan loco como para hacerlo?
   - Supongo que tienes razón, claro. ¿Cómo piensas hacerlo?
   - Ya se nos ocurrirá algo... - empezaba a inquietarme: estaba viendo cómo una idea cada vez más y más clara iba formándose en su cabeza y la verdad es que no me hacía la más mínima gracia.

   Cruzó aquella habitación total y absolutamente destrozada, en parte por la lucha que se había producido al llegar nosotros, en parte por el posterior saqueo. Se acercó al animal procurando no pisar aquel charco cuya visión realmente empezaba a revolverme y lo cogió con ambas manos mientras disfrutaba un pedazo de carne tras el cual soltó un maullido apagado.

   Aquello me molestó. El gato estaba tranquilo; Marco estaba tranquilo; el muerto estaba tranquilo; todos estaban tranquilos excepto yo. Un muerto es un muerto, un gato es un gato y Marco tenía mucha más experiencia que yo en todo aquello; pero, aún así, el sentimiento de no estar a la altura de las circunstancias allí donde un gato que estaba a punto de morir sí lo estaba se me clavó entre las muelas.

   Seguí a Marco fuera de la habitación, hasta la cocina. Se trataba de una habitación mal iluminada pero bastante limpia y ordenada: algo muy común en un alquimista, que acostumbran a guardar sus compuestos en la nevera con la comida. Se sabe de más de uno que ha acabado muerto por un pequeño descuido.

   Una vez allí ya lo teníamos claro, no tenía que decirme nada, para eso yo era un lector. Me acerqué al microondas y abrí la puerta. Marco metió al gato, que entró sin protestar y sin intentar escapar y entonces cerré la puerta:

   - ¿Cuánto tiempo crees que hace falta? - me preguntó.
   - Yo qué sé. Yo uso el microondas para hacer palomitas, no gatos. - me sentía francamente estúpido e inútil, sensación que reforzó la mirada que obtuve como respuesta.
   - ¿Qué te parecen cinco minutos? ¿Crees que bastará para que explote?
   - Sí, supongo que será suficiente.
   - Entonces vamos. - dicho lo cual Marco estableció el tiempo en el cronómetro y puso en marcha el microondas.

   Todo lo que vino después hasta el momento de dejar la casa ha permanecido en mi cerebro como una de las experiencias más desagradables que recuerdo, y hay muchas donde elegir.

   Al principio, el interior del microondas se iluminó y el plato, supongo, comenzó a dar vueltas. Apenas fueron necesarios unos segundos para que el gato, notando que algo iba mal,  empezara a maullar en un intento por dar lástima. En menos de veinte segundos, aquellos maullidos apagados se habían convertido en los más terribles bufidos que jamás hubiera escuchado: oíamos al gato gritar y oíamos cómo se arrojaba contra las paredes del electrodoméstico tratando de encontrar una salida. En varias ocasiones estuve convencido de que iba a conseguir abrir la puerta y escapar de allí disparado y, en cierto modo, esperaba que lo lograra.

   Pasados casi dos minutos los bufidos del gato y sus sacudidas en el interior del microondas fueron cesando hasta que finalmente solo quedó un quejido monótono y cada vez más leve que acabó por extinguirse.

   En este tiempo, un olor a pelaje quemado había empezado a invadir la estancia y resultaba cada vez más intenso. Empezaba a sentirme mareado y aquello no parecía llevar a ninguna parte:


   - Apágalo de una vez, por Dios. No va a explotar.
   - Sí, seguramente tienes razón. Sácalo - respondió Marco y entonces se apartó del microondas y empezó a mirar en los armarios de la cocina-. Voy a buscar algo para poder abrirlo.

   Con el corazón en un puño y el estómago en el otro, me dispuse a detener el pequeño electrodoméstico. Abrí la puerta  y de allí salió una pequeña nube de humo fétido que corrió a enterrarse en mi nuca y cerebro y me produjo una profunda arcada que la imagen del gato en el microondas convirtió en incontrolable. La saliva acudió a mi boca en avalancha. A duras penas pude girar mi cabeza a tiempo para vomitar sobre mis pies en lugar de sobre el gato.

   Sin lugar a dudas, habría preferido ver un gato reventado y recoger todas sus vísceras: el gato había quedado encogido contra el suelo en el centro del plato, en un inútil intento de alejarse de la resonancia que había en la parte superior del microondas. Su largo y abundante pelaje, responsable de aquella peste, había quedado chamuscado. Las orejas estaban consumidas y resecas dejando como único vestigio una pequeña fracción de piel negruzca donde los pelos habían prácticamente desaparecido. Los ojos del felino habían quedado entrecerrados; habían perdido todo su brillo y se habían ablandado, transformando el globo ocular en una sustancia gelatinosa que se doblaba hacia el interior de la cavidad ocular. En las almohadillas de las patas, así como la nariz, la boca del animal y en torno a sus ojos la piel había enrojecido y se había hinchado en una desagradable colección de ampollas que, en algunos casos, habían reventado dejando paso a un fragmento de carne marchita ligeramente ennegrecida.

   Una vez recuperada la compostura, me quedé ensimismado con esta visión. Lo escabroso siempre tiene algo de hipnótico en la gente: no sabemos vivir sin el sufrimiento y es por ello que éste nos atrae y lo repulsivo acaba por volverse interesante. Fue el proceder de Marco el que me hizo volver a la realidad y es que, mientras yo observaba fijamente al gato,  él estrelló un plato de porcelana contra la estantería provocando un considerable estruendo que me devolvió a la realidad. Tomó un pedazo grande en su mano y miró hacia mí que, por mi parte, tomé el plato del microondas sobre el cual se encontraba la mayor parte del gato y lo saqué fuera del electrodoméstico: no estaba dispuesto a tocar a ese animal si no era necesario.

   - Joder. Creo que no volveré a comer pollo en mucho tiempo. - dijo en una broma cuya gracia no supe encontrar.

   Puse el plato junto a Marco, que sujetaba el pedazo de porcelana en la mano derecha a modo de cuchillo.  Tomó al animal del pescuezo con la mano izquierda y lo alzó en el aire. Acercó el improvisado cuchillo a su vientre; pero, justo antes de abrir en canal al animal, el pelo de éste se desprendió de su piel y el gato cayó absolutamente rígido sobre el suelo de la habitación mientras un matojo de pelos permanecía en la mano de Marco. Aquella situación no solo  resultaba grotesca, sino además ridícula. Para mí, fue el golpe definitivo que me hizo tomar conciencia de un momento al que nunca debimos haber llegado. Lo mejor sería acabar con ello cuanto antes.

   Cogí al gato y lo puse sobre el plato, panza arriba: estaba caliente y, tal y como aparentaba, su pelaje había perdido toda suavidad posible.  Marco puso la punta de la porcelana bajo el esternón del gato y apretó con fuerza, intentando deslizarlo hacia abajo. No pudo hacerlo: al romperse, el corte generado por el plato no había resultado suficientemente afilado. Sin embargo, la punta sí había conseguido hundirse bajo la piel del felino, por lo que insistiendo logró hacer una incisión más profunda. Comenzó a dar tirones hacia abajo mientras brotaba algo de sangre, aunque no demasiada. Tras el primer tirón, se desgarraron casi dos centímetros de carne de cuyo interior surgió una pequeña nube de vapor. No llegué a olerla, pero el asco que experimentó Marco fue tan profundo que su pensamiento me golpeó con fuerza, haciendo que me retirara por miedo a experimentar lo mismo.

   Poco a poco fue desgarrando la piel del animal hasta tener su vientre totalmente abierto. No estoy seguro de cuál debía ser el aspecto natural de aquellos órganos; pero, sin lugar a dudas, no era aquel:  estaban como cocidos, sudorosos e hinchados. A duras penas era capaz de distinguir algo más allá del estómago, los intestinos o el hígado. Me alegré muchísimo de no ser yo quien tuviera que meter las manos ahí dentro. Marco, por su parte, tampoco parecía muy contento con su tarea; pero, como descubriría más tarde, él era mucho más consciente del poco tiempo del que disponía. Así que, mientras se arremangaba las mangas de la camisa, musitó algo similar a “espero que esto valga la pena” e introdujo las manos de lleno dentro del cuerpo del animal.

   Durante un par de minutos pude ver cómo, en absoluto silencio, Marco palpaba todos y cada uno de los órganos del gato, como alzaba y estrujaba sus intestinos en el aire. Entonces, con las manos hundidas en el vientre del felino exclamó:

   - ¡Creo que tengo algo!
   - ¿Dónde?
   - Aquí, en el hígado o lo que quiera que sea.
   - ¿Estás seguro?
   - Bastante... ¿cómo coño puede haberlo metido aquí dentro sin abrir al bicho?
   - No lo sé y, la verdad, no quiero saberlo. Sácala de ahí, lo comprobamos y nos vamos. Empiezo a sentirme como un templario.
   - Y que lo digas. - dijo en tanto que clavaba su cuchillo de porcelana en el hígado del animal. Pronto tuvo en su mano una pequeña piedra oscura totalmente cubierta de sangre.
   - ¿Es?
   - No estoy seguro, compruébalo.

   Saqué de mi bolsillo el bote de arena y lo acerqué a la mano de Marco: entre sus dedos, la piedra se puso a zumbar como loca. Saqué el móvil e hice la llamada pertinente:

   - La tenemos. Vamos para allá. Envía a los barrenderos. - y entonces, sin mediar ni una palabra, salimos de allí a toda velocidad.

   El gato se llamaba Prometeo.

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Re: [VI CRAC] Relatos
« Respuesta #8 en: 08 de Diciembre de 2010, 12:32 »
Tarde de invierno

Hubo una vez, quién sabe dónde y cuándo, en que alguien me contó que el tiempo es un brutal torrente de acciones qué, de alguna manera, escapan al control de cualquiera. Aún recuerdo cómo reí ante tal afirmación; cómo, regocijándome de mi propia existencia, arremetí con palabras grandilocuentes y grandes aspavientos contra todos aquellos que no creyesen que el futuro siempre está en las manos de uno. ¡El destino! ¡Ha! Hermosa palabra para los cobardes, para todos aquellos incapaces de aferrarse a sí mismos y así poder navegar por su curso contra esta corriente llamada presente. Tenía tan claro qué hacer y cuando hacerlo, las decisiones eran mías, de nadie más. Era todo tan fácil...

En ocasiones, aún me pregunto qué motivo tendría el dios qué, de entre miles de nosotros, nos eligió a ti y a mí. Me cuestiono si no fue más que azar o si nuestros caminos llevaban ya milenios esperando para cruzarse. Si, en el fondo, lo que hoy siento por ti no es nada genuino, nada más que la nova tras la estrella: Un increíble destello que lleva ya un milenio tras mis pasos.

Amor a primera vista. Desde el mismo momento en que coincidimos entre las grandes corrientes de este mundo supe que mi destino era estar junto a ti. No fue una decisión arbitraria. Yo, el paradigma de la soledad ¡Era feliz! Y ahora me hallo sumido en este remolino de sentimientos contrarios, de dolor y sufrimiento. Si pudiese dormir pasaría noches en vela, si pudiese luchar capearía mil y una tormentas para volver a ti. Si pudiese, serías mía.

Ante todo, pero, quiero que sepas una cosa: Soy tímido. Quizás no lo pareciese, lo sé. Fue todo tan natural... sentía tu presencia aleteando a mi alrededor mientras, entre el rugido del viento, nosotros permanecimos juntos. Girabas y girabas cual bailarina, animando mi helado corazón a seguir tu ritmo, tu estela. ¿Fue eso lo que encendió la llama?, ¿ese instante de armonía en que nada podía interrumpirnos, en que ningún elemento hubiese sido capaz de separarnos?. Pocos creerían que tanta pasión pudo brotar de esos instantes en los que solo fuimos nosotros: Cada uno el espejo del otro. ¡Ni siquiera llegamos a tocarnos, a rozarnos¡ Mas ahora me percato de que hubiese sido un gran error. Si ya en estos momentos siento como la flaqueza inunda mi ser y lo único que me mantiene en pié es tu recuerdo, ¿qué hubiese sido de mi si hubiese recibido más? Si ya ahora me sumiría en lo más profundo del océano para encontrarte, ¿qué sería de mí si más que mi princesa  fueses mi diosa y mi deber?

Miles de preguntas inundan cada rincón de mi mente mas una se encuentra por encima de las demás. Ante la certeza de que algún día llegaré hasta ti, ¿qué haré al verte? No lo negaré, me intimidas. Imaginar que estoy junto a ti me llena de júbilo y a la vez hace que me sienta insignificante ante tu nívea belleza. No soy nada a tu lado, no más que cualquier otro de los nuestros: Ni más elegante ni más entregado a ser quien debo ser. Y es aquí dónde mis sentimientos más primarios surgen a saludar el aire helado que ahora me acompaña. La rabia y la impotencia se apoderan de mí y me llenan de oscuras ambiciones, de terribles pensamientos. Algo, muy profundo, llama mi espíritu a las armas, algo que prefiere morir contigo a vivir sin ti. Si pudiese empuñar una espada, una lanza, una simple rosa... Son tantos los deseos que surcan las costas de mi conciencia y que no pueden ser saciados, ¡Tantos!. No estoy seguro que nadie me llegue nunca a comprender, ¿por qué motivo tengo que ser tan diferente a ti, a todos los demás? ¿Por qué?

Quisiera enterrar mi rostro entre mis manos y mis puños sobre otros ajenos. Quisiera poder sacar todo esto que llevo dentro sin tener que hablar contigo, o conmigo mismo pues, en ocasiones, ya no se para quien hablo: Si para ti o para mí.

Odio este vaivén que ahora me sostiene aquí, perdido. Giro y giro, buscando lo poco que de ti me queda, y solo veo exactamente lo que la última vez. ¿Impaciente? Por ti, no. Ni siquiera creo que seas capaz de imaginarte lo que he llegado a anhelar tu presencia. De hecho, no creo que me recuerdes, o que me vieses, o que Seas... Esta última opción me horroriza, me desborda, me enloquece. La posibilidad de que no tengas conciencia es algo que incluso prefiero obviar, no sería posible. Hubo demasiada tensión en ese momento mágico, fue mucho más que un simple voltear alrededor de un punto de equilibrio, ¿verdad? ¡¿Verdad?!

Oh, Dios, dioses, o quien sea que tiene poder para reinar aquí, ¿de verdad permitiríais una injusticia así? No respondáis, por favor. En lo más profundo de mi ser hay algo que prefiere no conocer esa respuesta.

Ser único es algo que muchos buscan y no encuentran. No son capaces de imaginar lo duro que es saber que quizás eres uno. Tan diferente que no puedes más que lamentar tu propia soledad. El hecho, pero, es que yo se que solo no estoy. Algunos otros como yo he encontrado durante mi eterno periplo, todos con alguna meta, algún objetivo, alguna obsesión. Todos deseaban necesitar para sentirse más vivos. Me envidiaban, yo era el único libre entre tantos encadenados. Y ahora he pasado a ser el que sus argollas no dejan siquiera respirar.

Debes saber que cada vez estoy más cerca del fin de esta etapa. En nada seguiré mi largo camino en tu búsqueda. Esta vez por lagos y ríos, por las cimas de las montañas y por las grietas de los glaciares. Esperame, que ya estoy llegando... Desde esa vez, ese fatídico instante en el que las turbulencias del destino nos separaron, no he dejado de sentir que te acercabas. Una y otra vez. Tal vez aquello a lo que yo llamo conciencia no es más que una variante de la locura, algún tipo de bucle infinito de pensamientos: Una órbita cerrada alrededor de ti. Es evidente, pues, que eres mi astro rey, el Sol que más que abrasarme con su calor me arropa con su recuerdo. O quizás eres mi mundo y yo soy tu Luna, siempre cayendo por ti pero nunca hacia dónde tu te encuentras, iluminada solo mientras tu no decidas eclipsar la poca luz que sobre mi ya incide. ¿Quien iba a decir que yo, precisamente, acabaría así? Y lo que es más triste es qué, en lo más profundo de mi, anidan las mayores dudas y no las mayores verdades. No puedo dejar de imaginar un universo en el que no llego a encontrare, o una noche en la que te encuentro y no hay más que un helado vacío, una ausencia de todo excepto materia.

De lo que no tengo dudas, pero, es de que te reconoceré, estés en el estado en el que estés. Seas pura e inmaculada, seas dura y helada, seas sencilla y escurridiza, seas una o seas millones. Tu esencia es todo lo que yo quiero, lo que necesito. Solo busco tu compañía y, si fuese posible, si tu me quisieses tanto como yo a ti, intentar convertirnos en uno. Quizás te parezca atrevido, o aberrante, o como prefieras llamarle, pero no estoy muy seguro de que pudiese ser feliz sabiendo que, en cualquier momento, puedo perderte de nuevo. ¿Egoísta? Sí, probablemente. Pero ¿es ser egoísta no querer perder lo que en verdad amas? Yo creo que no. No me planteo siquiera el hecho de que puedas pertenecer a otro. No quiero planteármelo pues solamente la imagen ya provoca un dolor infinito en mis entrañas. Y es difícil reprimir tanto sufrimiento cuando se que, en el fondo, nunca serás totalmente mía: Llevo demasiado tiempo fundiéndome, sublimando, dejando que mi corazón precipite y pase a ser parte de una red mucho más grande y sólida para poder moverme a través de los grandes océanos cómo para saber que dos nunca serán uno. Es algo natural: Si para dos esencias unirse fuese tan fácil ¿qué sería del amor, de la pasión? ¿Dónde quedarían los celos, las inquietudes?

Aún así, no perdamos la esperanza. Si yo puedo sentir este cauce de emociones sin ser quien debería, ¿por qué motivo no deberíamos poder romper las reglas para estar juntos? Unas normas creadas por algún dios aburrido que no quería más que complicarnos la existencia. Del mismo modo creó el dolor, el frío, el miedo, el sufrimiento, y cada día los afronto con dignidad y los desprecio para poder seguir. Seguir sin ti.

¿Te he hablado nunca del tiempo? Seguro que sí, quizás incluso hoy mismo. O ayer. O ambos. De hecho agradezco tu silenciosa escucha, tu paciencia conmigo, pero lo entiendo. Si tu me hablases una, mil, un millón de veces, no cansaría tu voz. Si me repitieses lo mismo una, mil, un millón de veces, no cansaría tu conversa. Si te viese una sola vez más, solo una, no cansaría mi viaje pues, con la certeza de que te puedo encontrar, lo repetiría hasta el atardecer de la realidad.

Hoy hace un día precioso, la verdad. El aire está quieto y muchos de nosotros lo surcamos de aquí para allá con una calma inusitada. ¿Es esto lo más triste? ¿El hecho que de entre miles seas la única que no soy capaz de encontrar? ¿O es que todo ésto no es más que el precio a pagar por la felicidad? Si es así, nadie nunca me advirtió de que la soledad era mejor que este estado de entre muerte y vida. Quizás, si hubiese sido consciente de que ésto solo me llevaría a este pozo sin fondo hubiese cerrado mi vista al mundo y me hubiese dejado llevar por las corrientes del tiempo. Con algo de suerte, de azar, no hubiese sentido tu increíble presencia, no hubiese quedado prendado de un posible imposible. Mas admito que siguiendo este camino de tirocinio y paciencia he descubierto cosas de mí que nunca hubiese imaginado. He encontrado por entre los recovecos de mi ser vestigios de emociones que no sabía ni que existiesen: Ofuscación, desesperación, esperanza, valor, obsesión, y la peor de todas, la frustración. Sentirme encerrado dentro de este cuerpo que parece no querer obedecer ninguno de mis mandatos es algo que me supera, me exaspera. Mi alma se estremece al sentirse atrapada en algo tan inerte, al no poder expresarse ante el mundo como un ente libre, y, sin embargo, lo que siento por ti ahora es tan humano... Maldita y triste ironía es lo que los dioses regalan cuando nos hacen esto, cuando permiten que un alma anide en nuestros corazones. Y más cuando ésta es capaz de sentir, de amar, de llorar.

A cada segundo que pasa me acerco más a mi actual meta y eso me reconforta. Lenta pero inexorablemente sigo el camino que el mundo decide por mí y espero que sea el que el destino cree que es la mejor ruta para llegar a ti. Las grandes corrientes me llevan en pos de mi destino y mi opinión en ello es nula, inocua. Ya quisiera yo volar a un palmo del suelo, surcar los mares a cientos de millas por hora, correr tras tus sombras cual amante siguiendo su querida en noche cerrada. Desearía poder preguntar por ti a cada rincón, encontrar un pañuelo de seda asido a un balcón para llegar a tu lecho.

Hace poco he conversado con otro cómo yo, cómo tú, cómo nosotros. Ha dicho algo que me ha hecho reflexionar mucho: “No soy nada a tu lado, no más que cualquier otro de los nuestros: Ni más elegante ni más entregado a ser quien debo ser.”. Quien iba a decir que un semejante conseguiría qué, de nuevo, pensase en ti. Me siento afortunado, pero, de encontrar gente que me hable de vez en cuando. No puedo negar que su voz me recuerda a la mía y eso es algo que nos une a todos, ¿te das cuenta? Seguro que cuando en tu alma resuenan mis palabras piensas lo mismo, ¡es inevitable! Alguna conexión ha de existir entre todos para que no pensemos que estamos solos, para que seamos conscientes de que nuestra existencia no es única. O al menos, y por el bien de mi cordura, así lo espero.

El final está aquí, viene lentamente a mi encuentro. Hace frío, mucho, por lo que tendré tiempo de sobras para prepararme la siguiente etapa. Para familiarizarme con mis nuevos y simples compañeros de viaje. Unos ya llevan un tiempo conmigo, otros nos esperan con los brazos abiertos, juntos, compactos.

Quizás no llegue nunca a sentir como un humano. Quizás mi existencia quede en una mísera anécdota, en uno que sintió cuando no debía, en una misera gota de escarcha, un solitario copo de nieve que se enamoró de un semejante y que vagó eternamente en pos de este. Probablemente no estaré nunca completo pues soy solo conciencia atada a un ancla helada que me convierte en prisionero del mundo, un prisionero inmortal que representa el amor en su faceta más dura. Nunca seré mortal y esa es la única oportunidad que me queda para encontrarte.

Hasta ese momento se que no volveré a ser feliz y éste será mi tormento. Quizás no llegue a sentir como un humano, no, pero hay algo de lo que estoy seguro: Ésta, seguro, debe ser una bonita tarde de invierno.

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Re: [VI CRAC] Relatos
« Respuesta #9 en: 08 de Diciembre de 2010, 12:33 »
Las murallas

En medio de la nada, en un rinconcito del mundo prácticamente deshabitado, se alza una inexpugnable muralla que cobijaba en su interior un exótico y rico  país. La muralla, de la que nadie recuerda el origen y seguramente nadie recordará el final, cruza la yerma tierra de los alrededores, de este a oeste, de norte a sur, elevándose como un obstáculo infranqueable.

Sólo dos son las puertas que abren el país al mundo, una de ellas en el sur, y la otra en el norte, separadas por infinidad de leguas. Yo, Merthor, era el Guardián de la puerta del norte, y en mis manos estaba el deber de impedir que nadie que no cumpla con los requisitos del rey cruce las puertas de nuestro país.

Es un trabajo hermoso, fatigoso a veces, pero hermoso. Desde mi atalaya veo pasar inexorablemente un pequeño enjambre de visitantes, ya sean comerciantes, exploradores, aventureros, ladrones, embajadores… Tanto es así que a menudo tengo la impresión que, en verdad, conozco mejor los otros países, de los que nos llega un flujo constante de personas, que mi propio país, del que prácticamente desconozco todo, ya que mi vida se reduce, desde que tengo memoria, a mi casita cerca de la muralla y a la muralla misma.

A menudo temo que, debido a mi edad, tenga que dejar este trabajo, el único que conozco, para adentrarme en un país del que desconozco las costumbres. Es este mi más atroz miedo, pero para mi alegría este momento parece demorarse día a día, dejándome inmerso en mi amada monotonía.

Pero un día la monotonía de mi vida se rompió cuando una difusa figura parecía acercarse a mi puerta. Aunque le había vislumbrado al amanecer, hasta bien entrado el día no le tuve suficientemente cerca como para hablar con él, tan buena era mi vista. La figura en cuestión era alta y erguida, con una larga cabellera color azabache perlada de hebras plateadas; un rostro adusto y severo, cubierto por una mal cuidada barba, y una cota de malla que refulgía a los rayos del sol. El hombre, además, iba a lomos de un alazán que parecía tomarse con especial calma el camino.

-¡Abrid las puertas!- gritó cuando se encontró delante de las nobles y gigantescas puertas de entrada.
-Buenos días, señor- respondí, nunca falto de educación-. ¿Qué os trae por aquí, y qué buscáis en nuestro país?
-Lamento mi falta de educación, pero desconocía que estuvieseis enterado de mi visita, y por eso me dirigí de esta y no otra manera-. Hizo una especie de ademán con la cabeza, en tono de disculpa-. Mi único deber en este país vuestro es comunicar unas noticias, pues dicen de mí que soy mensajero, y uno de muy bien adiestrado y veloz, si se me permite enorgullecerme-. Esbocé una queda sonrisa, al recordar la lentitud con la que se había acercado. ¿O quizás era yo, que medía el tiempo a mi antojo? No importaba.
-Mensajeros veo pocos, por aquí, pero veo además que lleváis una espada pendida del cinto. ¿Han cambiado mucho los tiempos para que los mensajeros lleven armas?
-No sabéis cuánto, mi buen guardián. No son días fáciles para un simple mensajero como yo. Pero abridme la puerta, la cabalgada ha sido larga y necesito descansar y tomar algo.

Yo, medio a regañadientes, decidí abrir las puertas, pues no parecía un tipo peligroso. Tras ordenarlo, un pequeño ejército de ayudantes se dispuso a abrir las pesadas puertas, sólo un poco, lo suficiente para que el jinete entrase.

-¿Y cuáles son esas noticias que traéis, si puede saberse?- Pregunté una vez hube servido una copa de vino endulzado con miel al mensajero y lo hube acomodado en mi casita de guardia.
-Noticias tristes y negras, noticias de guerra. Pero no es lo único que me ha traído aquí, sino que vengo también a hacer una petición a vuestro señor.
-Guerra...- dije meditabundo-. Hace mucho tiempo que no se oye tal palabra por aquí. No somos un país beligerante, bien lo sabéis.
-Pero en estos tiempos de oscuridad debéis serlo, porque necesitamos de vuestra ayuda para hacer frente al invasor. Solos nos vemos superados- mintió el mensajero.
-¿Qué decís? ¿Por qué deberíamos ayudaros? Si ni siquiera sé de qué país sois, emisario. Y aunque lo supiera, tu misión es vana, pues nuestro pueblo nunca sale de estas murallas que nos rodean, desde que el tiempo es joven. Y no va a ser la excepción.
-Entonces, la guerra llegará hasta aquí.
-No. No tenemos nada que los demás quieran, no molestamos ni somos molestados.
-¡Cuánta razón os falta! Tenéis algo por lo que muchos matarían, y apostaría mi mano de empuñar la espada que eso hará que pronto, muy pronto, veáis aparecer en lontananza una hueste de soldados. Y por eso vengo ahora, antes que lleguen las tropas, a hacer una petición a vuestro rey, porque quizás nos dé aquello que tanta gente codicia y poca ha obtenido.
-Nosotros no tenemos nada de valor, nada que otros puedan desear y no tener. No somos ni especialmente ricos, ni especialmente buenos comerciantes. Somos un pueblo que sólo pretende subsistir.
-Seguís sin comprender nada... Esperemos que vuestro señor sí lo haga, pues de otro modo veréis, por primera vez, la sombra de la guerra sobre vuestras estimadas murallas-. Y calló, mientras apuraba de un sorbo la copa de vino.

Se instauró un profundo silencio en la sala, que resultó roto, al cabo de no poco tiempo, por el mensajero.

-Habladme de vos. ¿Cuánto tiempo lleváis custodiando esta muralla? Parecéis viejo, si se me permite hacer tal apreciación.
-Y lo soy, por cierto que lo soy. He visto pasar muchas primaveras, quizás demasiadas. Mucho tiempo llevo aquí arriba, viendo pasar a embajadores, a comerciantes, a algún que otro pillo...
-Y, sin embargo, seguís aquí, haciéndoos cargo de la seguridad de vuestro pueblo.
-Así es, aún no es tiempo de dejar mi puesto a otro, y espero que eso tarde en llegar.
-Y tardará, podéis estar seguro- dijo enigmáticamente el mensajero.

Pronto, al día siguiente, partió a galope tendido en dirección al centro del país, lugar totalmente desconocido para mí. A pesar de lo largo del viaje, bien sabía yo que era inútil. Mi pueblo no va a la guerra. Yo, que me consideraba tan viejo como el tiempo, no había visto nunca a un ejército siquiera acercarse a la altiva muralla que nos  aislaba del mundo exterior.

Pasaron varios días sin noticias del mensajero, ni de ningún otro. El flujo de visitantes pareció reducirse bastante, pues en los días que pasaron apenas uno o dos eran los que habían cruzado las puertas.
 
Al cabo de una semana, o quizás más, en este lugar el tiempo a menudo pasaba desapercibido, partió el jinete de la capital, sin conseguir lo que se proponía, como yo bien sabía. Pronto lo atisbé, forzando al alazán como antes no lo había hecho. Sacando blanca espuma por la boca, aferrado a su crin, el jinete llegó a mi puerta al galope, y, sin dirigirme palabra alguna, se escabulló por entre la puerta abierta y se perdió a galope tendido.

El recuerdo de su fugaz venida no tuvo tiempo de desaparecer de mi vieja memoria cuando pronto, o quizás tarde, quien sabe cómo medir el tiempo, vi aparecer lejos, muy lejos, en el horizonte, una hueste de hombres. Me resultaba imposible discernir si eran soldados, campesinos o qué eran, pero nunca antes había visto tantos hombres acercándose, pues no tenían otro camino que seguir, a nuestras murallas.

¿Acaso serían ciertas las palabras del mensajero? Así lo parecían entonces, al ver tal número de hombres acercándose inexorablemente a nuestras murallas. ¿Qué debía hacer yo? Apenas contaba con hombres a mis órdenes, y estos apenas sabían blandir una espada, de tan pacífico que era nuestro reino. Nunca antes habíamos marchado a la guerra, y esperábamos no tenerlo que hacer nunca, pero parece que nuestras esperanzas eran vanas.

Sorprendidos como estábamos, fuimos incapaces de actuar y poco a poco, al transcurso del día, veíamos cómo las huestes enemigas se acercaban. Entonces, distinguí en la cabeza del ejército a la figura que, días antes, había traído a nosotros las agoreras noticias. Ataviado con una cota de maya reluciente, pendida de su cinto la misma espada, y portando en el brazo un yelmo plateado, parecía ahora un hombre más noble.

Se acercó lentamente a la enorme puerta, custodiada por todos los soldados de que disponía yo. El solitario jinete, alejado del grueso del ejército, carraspeó sonoramente y habló:

-¡Guardián! Bien veis que no miento. Dadme lo que busco y marcharemos.
-¿Qué buscáis? Nada aquí puede ser de vuestro interés, pues nada tenemos que codiciar. Idos ahora, antes de intentar traspasar estas murallas.
-¿Aún os afanáis en desmentir lo que todos sabemos? Dadme el secreto que persigo.
-¿De qué habláis? ¿Qué secreto atesoramos que os interesa tanto?
-El secreto de la inmortalidad. Vuestro pueblo no muere, aquí encerrados tras estas murallas veis pasar los días, las primaveras, los años sin inmutaros, por muy viejo que digáis que estáis, no son que mentiras. ¡Decidnos cómo, y marcharemos!

Sus palabras me dejaron sorprendido. No conocía la inmortalidad, en tanto que no conocía la mortalidad. Cierto era que llevaba tiempo, mucho tiempo, custodiando estas murallas, y que no recordaba nada más allá de ellas, pero no sabía que eso era extraño, pues apenas conocía a nadie durante poco más que unas horas, el tiempo que los visitantes restaban en la muralla antes de entrar o salir del reino.

Totalmente desconociendo de lo que me hablaba, no pude darle ninguna respuesta que le satisficiera, y el jinete marchó al galope, preso de la furia.

Lo que vino después apenas puedo contarlo, tan atroz fue. Atacaron con furia exacerbada nuestras murallas, destruyéndolas completamente, y entraron en nuestro reino, quemando a su paso todo aquello que podía ser quemado.

Yo escapé de sus furibundas espadas, pero creo que nadie más pudo decir lo mismo.
Los invasores no encontraron lo que vinieron buscando, pero se llevaron vidas que no debían morir, por lo que descubrí entonces, y arrasaron el país sin encontrar en él nada.

Ahora me encuentro ante las destruidas murallas, siendo, creo, el  único que recuerda su antigua gloria y su destrucción. Los invasores, llevados por un ardor destructivo, se fueron de allí como vinieron, mortales, y destruyendo el único lugar donde reinaba la inmortalidad.

Me temo que pronto, cuando muera, pues la muerte llegará a mí ahora que las murallas se han derrumbado, nadie recordará este pequeño reino que atesoraba un don codiciado y sus altas murallas, cuyo origen ya nadie recuerda y cuyo fin nadie recordará.

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