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Dogan 019 - Archivo

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Sean se levantó de su improvisado asiento con dificultad, y cogió aire con renovadas fuerzas. Moverse suponía un esfuerzo titánico contra el dolor. La misma orilla del helado lago se encontraba cubierta de escarcha, que producía crujidos al presionar sobre ella, y hacia peligrar la estabilidad de los pies del chico. El conejo se había paralizado al notar la presencia de Sean. Tener un ser humano cerca, evidentemente, no le producía confianza. "Tendrás que soportarme un rato si quieres salir de aquí pequeño", pensó para si mismo. El primer paso fue, como él había esperado, el más difícil. El hielo crujió bajo sus pies pero no cedió. El siguiente fue la prueba de fuego. Si se resquebrajaba bajo su peso caería al agua. En su actual situación, era improbable que consiguiera salir de allí vivo si eso sucedía. Estaba demasiado lejos del pueblo. Con suerte llegaría hasta la autopista, pero calculó que era la hora de cenar. Pocos vehículos estarían viajando a esa hora. En ese momento se dio cuenta de que llevaba casi dos minutos parado, tentando su fortuna sobre aquella resbaladiza superficie. Un paso, otro paso, y otro, y otro...

La peripecia duro alrededor de los diez minutos. El conejo no ofreció resistencia. Su débil cuerpo acepto el poco calor que los brazos de Sean podían ofrecerle. Regresar a la orilla supuso un mayor reto. Sin los brazos para mantener el equilibrió tuvo que dar pasos muy cortos para no caerse. Mantuvo la respiración la mayoría del trayecto como si aquello pudiera hacerle más ligero. Finalmente, en el momento en que piso la orilla, le entraron ganas de agacharse para besar el suelo. La idea se desvaneció rapidamente al darse cuenta de que corría grave peligro de caer si lo intentaba. Ahora que el animal estaba a salvo podía volver al refugio. De camino recogería fruta para poder alimentarse. Allí habría tiempo para descansar.

Los primeros intentos de recoger comestibles fueron infructuosos. La mayoría de lo que se podía recoger del suelo estaba podrido desde hace tiempo. Además, soportar el conejo estaba limitando sus movimientos. Decidió soltarle cubierto por su abrigo. Podría pasar unos segundos sin la chaqueta, la combinación de suciedad, barro y bajas temperaturas la convertía en un armazón que ponía trabas a sus movimientos. Como era de esperar sintió un par de escalofríos al hacerlo, pero su búsqueda fue más rápida y pronto encontró dos piezas que eran comestibles. Tendría que ser suficiente cena para aquella noche, si encima conseguía guardar algo para el desayuno, mucho mejor. Tenía la seguridad de que el día siguiente sería igual de duro que el anterior.

Fue al recoger al pequeño animal cuando todo empezó. La chaqueta estaba fría, demasiado fría incluso para una noche en Barrows. Pero aquello provenía del interior de la chaqueta. Sean destapó a la criatura para comprobar que había ocurrido. Lo que hacia unos minutos era un animal de sangre caliente, ahora proyectaba frío por todo su cuerpo. Sean movió su mano derecha con cuidado para tocarlo. El frío atravesó la yema de sus dedos hacia sus nervios produciendo una sensación nunca antes sentida por él. Se quemó con tal intensidad que dejo caer aquel fardo. El conejo se hizo pedazos al caer al suelo. Nada de aquello tenía sentido. El miedo invadió su cuerpo y trató de alejarse torpemente. Su cuerpo se precipitó contra el suelo. El terreno era ahora una resbaladiza trampa mortal que le hizo rodar dirección al tocón. ¿Como podía haber pasado eso de una forma tan rápida? Un dolor se instaló tras sus ojos, como una aguja clavada en su frente a gran profundidad. El zumbido que había conseguido alejar volvió con más fuerza. Se tapó los oídos y cerro los ojos con fuerza. No entendía que estaba sucediendo. Su cuerpo se sacudía involuntariamente con cada ráfaga de dolor. Y de pronto los hueso comenzaron a crujirle como si hubieran perdido su solidez. La piel comenzó a arderle como si estuviera en el centro de un gran horno. El aire se congeló en sus pulmones, pero eso solo fue el principio. A cada segundo que pasaba sentía un poco menos su cuerpo y un poco más el dolor. No tuvo tiempo para pensar en llegar a la autopista, lo cual de todos modos hubiera sido inútil. El asfalto se resquebrajo y las luces que la iluminaban reventaron. Tampoco pudo pensar en la seguridad de sus conocidos, ni en la venganza que sufrirían sus enemigos. De todas formas ellos estaban a punto de vivir un final similar. Quizá peor, pues aquella helada sobrenatural seguramente tendría efectos muy particulares sobre las edificaciones. Un final rápido y definitivo para la vida de todo ser de aquella zona.


Aquello era su final. El final de una vida triste, difícil y llena de errores. ¿Pero acaso no es toda vida complicada? ¿Acaso no hubieran caído otras personas en sus circunstancias en sus mismos errores? Nadie podía culparle por haber aprovechado las oportunidades que había tenido. Había jugado sus cartas como le fue posible. Sean sería olvidado, un cero a la izquierda en la historia de la humanidad. Pero el pueblo de Barrows no correría la misma suerte. Aquel lugar se convertiría en un recordatorio del principio de una nueva era. Un lugar de estudio donde comprobar como desatar las fuerzas de la naturaleza no puede traer nada bueno.

"Frío, hace mucho frío", eso fue el pensamiento que puso final a la historia de Sean el huérfano, ex-traficante de poca monta y bravucón. A partir de ese día ostentaría secretamente un nuevo título honorífico y terrible: Primera víctima de la Señal.

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