Autor Tema: EL VIAJE (una historia real)  (Leído 1565 veces)

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EL VIAJE (una historia real)
« en: 05 de Junio de 2008, 21:24 »
     Corrían las navidades de ochenta y seis por el barrio de Argüelles. Eran otros tiempos, o quizá nosotros distintos, menos maduros, con menos miedos y más ansias de experimentar.

     Tres colegas de una panda de drugos habían vivido juntos innumerables situaciones pudiendo decir que frente al resto de amigos, se sentían un poco más unidos. Como en toda peña, los motes eran el sustituto de los nombres reales, siendo el de estos el Bote, el Enano y el Conillan.

     El hermano mayor del Bote, con sus seis perennes años de experiencias acumuladas frente a los nuestros, nos tenía realmente encandilados. Mucha era su "sabiduría", al menos frente a tres pobres adolescentes de diez y seis años, que seguían sus comentarios en cualquier materia como verdaderas enseñanzas, sino doctrinas.

     Entre otras muchas, que si bien relatadas podrían tener al menos su moraleja, encontrábamos sublimes sus experiencias con los conocidos "ácidos", coloquialmente denominados "tripis" en cualquiera de sus variantes, secantes, micropuntos, gelatinas...

     Aunque jóvenes, ya habíamos tenido contacto con ese tipo de psicodélicos, no me atrevo a llamarlo droga ya que su dependencia es por completo psicológica, en su mayor parte secantes como yin yang, letras árabes, gardfields, supermanes, o micropuntos negros. Nunca pasamos de esperar más de una hora para empezar a sentir el subidón, reírnos de nosotros mismos durante unas cuantas más y sufrir los efectos de la estricnina, con la que se dicen que son cortados, durante el agónico descenso a los parámetros normales.
 
    Todo el mundo, en su afán de aparentar ser "lo más" nos narraban como se alucinaba con los ácidos, pero nunca sentimos ni observamos alucinación ninguna propiamente dicha.
   
    El hermanísimo, como no, versado en innumerables temas, no podía dejar de narrarnos sus peculiares encuentros con el LSD, para ser más exactos la dietilamida del ácido lisérgico 25, descubierta en un laboratorio por el doctor Albert Hofmann, mientras investigaba sobre el cornezuelo del centeno. Esta mente docta en todas las materias cognoscibles (el hermanísimo, ja) nos contaba como este individuo descubrió por casualidad la sustancia citada, experimentó en su cuerpo con una dosis ínfima que equivalía a veinte ácidos de ahora, cogió su bicicleta y se dedicó a pedalear alrededor de su pueblo durante cuatro días con sus noches, hasta que un tirón muscular le dijo "basta". Hofmann nunca volvió a probar la sustancia y cuando era interpelado y se le demandaba un por qué, su respuesta era bien sencilla... "Ya abrí la puerta y atisbé el otro lado. No me hace falta volver a mirar".

     Para mayor desasosiego nuestro, al hermanísimo le gustaba enseñorearse sobre sus queridas "lentejas verdes", tripi generacional que junto a los micropuntos blancos ocasionaron muchos viajes a los antaño "exploradores de la mente". Nosotros seguíamos sin pasar de las risas y el eterno bajón. Como quijotes "de pastel" enajenados en nuestra búsqueda, sabíamos bien lo que queríamos, pues en el barrio había yonkis a patadas para restregarnos su desgracia y degradación y "colgados" como el Domechano tampoco faltaban. Colgado de por vida por jugar con aquellas pastillas indicadas para el parkinson, artanes de nombre. Se comió cuatro.

     Aquellas navidades, primeras fiestas en las que estrenaba mis recientemente adquiridos diez y seis años, iban a resultar más inquietantes.

     Una nueva clase de ácidos llegó al barrio, algo que llamaban "gelatinas transparentes". Nadie sabía como eran. Nadie se aventuraba a hablar sobre sus efectos, nadie las había probado. El "distribuidor", viejo conocido, tampoco sabía decirnos a qué atenernos, solo que eran "buenos".

     Así que cierta noche cercana al cambio de año, en el conocido callejón del Pipas, parte de arriba de los bajos de Argüelles (antes llamado Aurrerá), los tres "pipiolos" anteriormente citados adquirieron tres unidades que sin reticencia ninguna se metieron en la boca sin trocear ni segmentar en dos partes, como era costumbre, comiéndonos por primera vez un tripi desconocido y entero.
 
     El reloj apuntaba las 23:00 h.

     Después de engullir el cuadradito transparente, volvimos en nuestros por aquel entonces vehículos motorizados, una "condor" y una "x-30", a nuestra base de operaciones, la plaza de Olavide.

     Cinco minutos separaban nuestra "esquina" de la zona de copas, donde esperaban nuestros demás drugos, bebiendo, fumando y charlando. Les contamos nuestra "gesta" y muchos de ellos quisieron sumarse a la fiesta, incluido el hermanísimo del Bote, así que una vez recaudado el "talego" por barba que demandaba el suministrador por cada transparencia, el Enano y yo volvimos a partir rumbo "al Hoyo" mientras el Bote quedaba con su hermano y demás colegas esperando en la plaza. Habían pasado diez minutos desde que nos lo comiésemos, así que había tiempo, no pasaba nada, hasta dentro de una hora o más no aparecerían los efectos.

     Sobre las 23:15 vuelvo a encontrarme buscando al "Butapercha" entre el gentío de los Bajos. El Enano me espera a la salida del callejón, junto a la moto. Me adentro en el Pipas, en la Urbe, el Eccos, el Abuelo... Nada. Por aquel entonces no existían los móviles así que pregunto a los conocidos por el "desaparecido" y me dicen que se ha ido en busca de algo.

     No sé qué hacer. Compro un talego de goma para amenizar la noche y miro el reloj. Las 23:20. Todavía hay tiempo, podemos esperar, pero... ¿Por qué me siento tan raro?

     El rostro desencajado del Enano me hace volver a mirar el reloj. Las 23:21. No me estoy equivocando.

     –¡Enano! ¿Cómo te sientes?

     Sus ojos me revelaron más que sus palabras.

     –¡Volvamos a la plaza ya...!

     Sin esperar más, montamos en la "puch" y salimos por un lado a la calle Gaztambide, doblamos por Meléndez Valdés y enfilamos hasta Magallanes, Quevedo y por fin Olavide.

     Cuando nos bajamos de la moto, apenas habían pasado venticinco minutos desde que nos tomáramos la gelatina, pero el tiempo comenzaba a ser algo poco tangible o cuanto menos, cuantificable.

     El Bote, rodeado por nuestros colegas, parecía encontrarse entre extraños, incluido el hermanísimo. La cara de pánico que formaba su semblante dejó paso a una leve sonrisa al ver que regresábamos. Como verdaderos autómatas, nos reunimos "los tres mosqueteros" de nuevo, dejamos la moto y papeles en manos de alguien y sin mediar palabra, tras devolver un manojo de billetes con una negativa, emprendimos por la calle de Olid nuestro peculiar viaje a los recónditos lugares de la mente, impulsados tan solo por un pensamiento común... ¡Hay que huir de la "civilización"!.

     Armados con nuestra amistad, un talego de hachís, algún millar de pesetas en el bolsillo y muchas ansias de experimentar en nuestro cuerpo nuevas vivencias, partimos a pié calle abajo, con la intención de llegar al "bar de los taxistas" situado en Ferraz, adquirir algún litro "del Mahou" y retirarnos con nuestro "pedo" a algún lugar del Parque del Oeste dónde poder "desarrollarlo" sin contratiempos.

     Cuando apenas habíamos dado unos pasos hacia nuestra inmediata meta, nos miramos a la cara con una frase en los labios, que nunca llegamos a pronunciar en toda la noche, pero que teníamos los tres muy presente.

     ¡Nos habíamos pasado de listos!

     Al unísono, giramos nuestras cabezas hacia la esquina dónde, rodeando una farola frente a los frutos secos "de marras" quedaban nuestros amigos formando una peculiar estampa.

     El Frodo, Javito, el Gordo, el Schweppes, el Monillo, el wino, Parrita... Todos quedaron retratados en nuestras mentes como si de una postal se tratase; una postal del extranjero, estática y sin vida, bajo la luz amarillenta de una farola.

     Armados de nuevos bríos, comenzamos a subir la cuesta que desemboca en Fuencarral, muy conscientes de que comenzábamos el Viaje de nuestra vida.

     Por última vez en esa noche miré la hora. Todavía no eran las 23:30 y ya la realidad se derrumbaba a nuestro alrededor.

     A partir de este momento, el relato solo puede ajustarse de mala manera, con retazos vividos y otros complementados con las muchas charlas sostenidas entre los tres "tripinautas" a lo largo de los años sucesivos.

     Un minuto, un segundo, un paso, un pálpito... La misma idea torturaba a los tres mosqueteros pero ninguno se atrevía a plasmarla en palabras. El tiempo comenzó a carecer de sentido, no siendo conscientes de si discurrían unos minutos o unas horas. Llegar a Fuencarral no fue tarea fácil, pasamos por Quevedo y tomamos Fernando el Católico en nuestro afán de acercarnos a la naturaleza, urbana, pero naturaleza al fin y al cabo.

     Todo empezó a pintar mal cuando a la altura de Andrés Mellado o Guzmán el Bueno, ésta más plausible pues de las cercanas es la única con semáforo, todo lo que abarcaba nuestra vista se volvió...¡Rojo! Las personas rojas, nuestros cuerpos rojos, los coches rojos, las aceras, las fachadas... Frenamos en seco, y la calle a nuestra izquierda comenzó a arquearse y a ser tragada por un inmenso agujero que debía de haber absorbido todo Alberto Aguilera, Princesa y el mismísimo Corte Inglés. De repente, todo lo rojo se tornó verde, disminuyendo nuestra sensación de peligro.

     Siempre nos habíamos mofado de los conocidos o compañeros de clase que se obcecaban en decir que los tripis había que "regarlos" con alcohol para que subieran. Puede que adquiriesen "soles californianos" recortando en cuadrado la estrella de cualquier paquete de Fortuna o en cualquier caso algo que no tenía mucho que ver con aquello que habíamos ingerido. Absolutamente nada que ver.

     Escapamos del agujero que parecía querer tragarnos, sorteamos los coches aparcados que al pasar entre ellos intentaban cerrarse sobre nuestras piernas, aprisionándonos, y logramos salir indemnes.
     La siguiente parada que recuerdo fue en el citado bar de Ferraz, esta vez lleno de personas dedicadas a mantener nuestra urbe medianamente limpia, y que mitigaban el frío, al parecer reinante, con alguna copita de coñac o anís. Pocos taxistas había cuando tres figuras se materializaron frente a la puerta, con cara inexpresiva, elucubrando sobre quién sería el valiente que se adentraría en esa esquina acristalada para demandar, bajo previo pago, unos "moles" de rica agua de cebada fermentada.

     Ningún valiente se presentó voluntario. Menos cuando nos percatamos de que ninguno de nosotros tenía la menor intención de echar sobre el estómago sustancia alguna, ya fuese sólida o líquida.

     Desde nuestra actual posición, en anteriores partidas habíamos tomado rumbo "Templo de Debod", ya que por aquel entonces era custodiado por "guindillas" (municipales) y sin malicia alguna, gustábamos de amargarles la noche realizando frustrados intentos de asalto. Aprovecho para disculparme y pedirle perdón a esas personas que además de realizar un trabajo poco agradable, tenían que aguantar las chiquilladas a las que los sometíamos.

     Esta vez decidimos que la única compañía que necesitábamos eran los árboles, así que comenzamos a dirigir nuestros pasos hacia el Parque del Oeste, sin ningún litro que portar y más perdidos que nunca.

     No sé de qué manera, pero la siguiente parada contra todo pronóstico fue la ya extinta fuente que había en la esquina de Moncloa, antes de que se levantara el intercambiador. Alguien comentó que era la última oportunidad para refrescarnos antes de internarnos en el desconocido bosque y allá que fuimos como sedientos, a hacer cola frente a la descrita fuente. Poco duró nuestro entusiasmo,  pues al hacer cuenco con las manos e intentar acercarnos el líquido a los labios, lo que escurría entre nuestros dedos más bien parecía metal líquido, mercurio puro. Tan solo el Bote acertó a palmearse la estupefacta expresión de su cara como si de polvos mágicos se tratase.

     También fue la última vez en muchas horas que uno de nosotros lograba enlazar más de tres palabras seguidas. Como ya he comentado en algún relato, me considero profundamente ateo, no creo en ningún dios o consciencia universal hegeliana, Ni siquiera le dejo una puerta abierta a la vida "extraterrestre", la cual sin duda alguna existe, pero lejos de andar visitándonos según mi criterio. Sin embargo en este caso, tengo que hacer un "mutis" ya que, evidentemente alterado, en otro estado de percepción o vibración y por qué no decirlo, alucinando, fui testigo de innumerables hechos que todavía sigo cuestionándome. Ví muchas cosas que sé no fueron reales, y asimilé otras tantas fuera de mi entendimiento, pero entre todo este inenarrable caos hay dos "peculiares" que sentimos los tres tripinautas sin hablarlo, y digo sentimos porque no pudo ser de otra forma. En el primer estadio perdimos la capacidad de hablar durante muchas horas, pero nunca la de comunicarnos, ya que formamos un triloquio mental en el que nos explayábamos a nuestras anchas, pero sin pronunciar una sola palabra. Algo que quizás fuera calificado de telepatía, en su grado más descontrolado y abrumador.

     La sustancia hacía estragos en nuestras cotidianas realidades. Tal era la velocidad de nuestras mentes que si pensabas decir tal o cual frase, de tus labios no llegaba a partir la primera sílaba pues al instante ese pensamiento había pasado a formar parte de una secuencia incoherente de estos. Si querías decir "qué frío hace" (nada más lejano pues no sentíamos nuestros cuerpos), antes de pronunciar el "qué" las palabras morían; en las milésimas de segundo que tarda en llegar la orden desde el cerebro hasta el aparato fonoarticulador, nuestras mentes habían pasado del hipotético frío a pensar en un color, que rampa más inclinada, hay que castigarle, "nos hemos pasado", tengo el pelo corto, mira el Bote como alucina, "nos hemos pasado"... y cientos de cosas más, todas ellas en el transcurso de un paso.

     De esta manera, completamente abducidos por la química, comenzamos nuestra primera batalla unidos como una sola mente contra el lisérgico que envenenaba nuestros cuerpos.

     Nunca habíamos alucinado, y ahora temíamos no poder salir de la pura alucinación.

     El parque del Oeste pronto se nos quedó pequeño. Además, la oscuridad en la que se movían cientos de luces flotantes no era nada halagüeña y sin saber muy bien que hacer, optamos por "castigarle el hígado" al ácido de la única forma posible. Comenzamos a subir y bajar aquella cuesta que antaño unía el INEF (Instituto Nacional de Educación Física) con la glorieta situada sobre la carretera de la Coruña, frente a las instalaciones deportivas del SEU.

     Nuestros cuerpos, enfundados en diversas capas de ropa y cubiertos con un plumas solo podían reaccionar dando un paso delante de otro. Cuando, por causa de un hábito adquirido a lo largo de toda una vida, queríamos decir algo con simples palabras, de nuestra boca solo brotaba un "ufff" para volver a bajar la cabeza y seguir acometiendo aquella infernal cuesta una y otra vez. De vez en cuando, algún ruido exterior lograba que prestáramos cierta atención a nuestro entorno. Coches que transitaban a nuestro lado, alguna furgoneta de "maderos" que por un momento nos hacía recordar cierto temor, cosas así...

     Sin saber cuanto tiempo llevábamos así, ni cuanto más tendríamos que aguantar aquella situación, seguimos haciendo lo único que estaba en nuestras manos... Caminar y pensar... Por las pelotas de los Dioscuros, como "pensamos", si esa es la palabra adecuada.

     Recorrimos aquella calle en ambos sentidos decenas, cientos, puede que incluso miles de veces, mientras que nuestro único lema hablado o no, cada vez que llegábamos al final de la cuesta y retomábamos el punto de partida, era... "ufff, ha castigarlo...."

     La noche avanzaba, y con ella, nuestra cordura se retraía frente a las "legiones" que el ácido no dejaba de desplegar.

     Todos los sentidos terrenales habían quedado relegados a la mínima expresión. La vista nos jugaba malas pasadas, las papeleras se convertían en "gordas balanceantes" que se acercaban a nosotros con paso vivo, nos veíamos infinitamente pequeños frente al entorno que nos rodeaba, luces y destellos no paraban de cegarnos, llevar las manos en los bolsillos el plumas junto a un paquete de tabaco, el mechero y la china era igual que meter las susodichas en inmensos bazares donde nada era apreciable por el tacto, no podíamos hablar... En realidad, comenzamos a olvidarnos de nosotros mismos como individuos, quizás incluso llegáramos a olvidar que nos encontrábamos en ese estado por haber ingerido "algo". Nuestras mentes trataban colectivamente a una velocidad de vértigo. En un mismo instante, podíamos experimentar paz por una visión reconfortante, terror por algo espeluznante que suplantaba el paradisíaco momento, calor (interior), desesperación, frío (interior), alegría, euforia... Por unos eternos momentos nos creímos en posesión de la "verdad absoluta", tan solo a falta de una última pieza del puzzle que no lográbamos encajar, para al momento siguiente caer en la más absoluta negrura, de la que un empujón a tiempo propinado por cualquiera de los compañeros de viaje nos arrancaba, mientras en nuestras cabezas seguíamos escuchando las frases que ya se habían convertido en algo normal, "cuidado que te quedas pillado" y la innombrable "nos hemos pasado".

     En aquel espacio de mayor angustia y delirio, cuando ya estábamos a punto de perder el contacto por completo con la realidad, surgió la otra cuestión que desde entonces siempre nos ha gustado debatir. La aparición de un nuevo compañero de viaje... "El nota de la bufanda".

     Maduro, de edad indefinible, ataviado con un abrigo cruzado y una bufanda que solo dejaba las gafas al descubierto, el nuevo "pasajero" apareció de repente junto a uno de nosotros. Aquel que ocupase el lado izquierdo de subida o el derecho de bajada le tenía de compañero. Su presencia nos reconfortaba, sabíamos de él, podíamos apreciar sus detalles por el rabillo del ojo, pero en el momento en el que girábamos el cuello para enfrentar su rostro... desaparecía.

     Acompañándonos durante decenas de subidas y bajadas, nunca pronunció ninguna palabra, de ninguna manera; simplemente estaba ahí, y su presencia era lo más parecido a un ángel de la guarda.

     Al escribir estas líneas todavía puedo recordar con nitidez su apostura. Aquel ser de ilusión o no, sin duda alguna logró que nuestro barco no se perdiese en las embravecidas aguas por las que navegábamos.

     Después de lo que nos parecieron vidas enteras (unas pocas horas, pues seguíamos en la profundidad de la noche) conseguimos parar en uno de los bancos que jalonaban la avenida. Nuestro desconcertante amigo pareció despedirse tras compartir unos momentos sentado a nuestro lado. Al parecer ya no era necesaria su presencia, pues de alguna manera y no sin un extraordinario esfuerzo, habíamos retomado en cierto modo las riendas de nuestra particular aventura. Antes de que amaneciera, después de horas de descomunal castigo, volvimos a ser conscientes de que ¡Teníamos familia!. Una casa con alguien querido esperándonos, una madre, un padre, una hermana, un hermano... en esos instantes cualquier cosa tangible era suficiente asidero a la realidad.

     De igual manera, cualquier pensamiento que uno de nosotros tuviese era compartido de inmediato por el resto. A partir de ese descubrimiento, comenzamos a poder asimilar lo que nos estaba ocurriendo y de esta manera, por decir algo, empezar a controlar nuestro "estado".

   Al igual que fue lo primero en desaparecer, la función del habla fue lo primero que recuperamos. Sin apenas darnos cuenta, comenzamos a charlar entre nosotros empleando frases simples. El Bote, en un arranque de presunción, viendo a lo lejos a una persona que cruzaba la glorieta en dirección a la casa do Brasil, nos indicó a gritos que ya "éramos personas normales" y para demostrarlo, se levantó de un salto con la intención de interceptar al desconocido y pedirle un cigarro, confirmando así su apuesta. Vano intento. Aquella persona no debía de pensar igual que nosotros, pues salió corriendo antes de que el Bote pudiese acercarse a él y decirle algo más que un "oye".

     Con los ánimos un tanto trastocados, la situación volvió a empeorar. El Enano, que esperaba junto a mi sentado en uno de los bancos comenzó a sentir nauseas y antes de que pudiéramos asimilarlo, empezó a vomitar algo que nos dejó estupefactos. A cada arcada, de su boca caía una especie de estropajo "nanas" más efímero, el cual hacía un ruido parecido a la espuma de baño consumiéndose. Ahora un terror diferente se cebaba en nosotros.

     Ya semiconscientes, acumulamos el suficiente raciocinio para preguntarle como se encontraba, y de paso hacerle saber que no había problema en ir al Clínico y confesar nuestro estado adquirido químicamente.

     Para alivio de todos, el mal desapareció tan rápido como llegó, por lo que al rato volvimos a dirigir nuestros maltrechos cuerpos hacia la habitada Moncloa. Volvimos a pasar por la fuente que derramaba metal líquido, recordando con hilaridad nuestra cercana sensación. Por primera vez en mucho tiempo volvíamos a tener ganas de sonreír.

     Llegamos de nuevo al Hoyo, esta vez cuando ya cerraban todos los garitos y poca gente quedaba en sus pasillos. Se había entablado una encarnizada pelea entre unos cuantos asiduos y la patrulla de descerebrados que recientemente "alguien" había contratado para "nuestra seguridad". Sin saber muy bien si seguíamos alucinando o no, observamos como un individuo salía de uno de los bares sobrellevando por encima de su cabeza un barril (imagino que vacío) de cerveza, el cual arrojó desde el piso de arriba con la suficiente fortuna como para no dar a nadie.

     Cuando ya pensábamos en retirarnos a un lugar más tranquilo, una voz conocida nos hizo mirar hacia su posición. El hermano de Merche y uno de sus colegas, "el Mariano", estaban matando un mini mientras a modo de espectadores contemplaban la evolución de la refriega. Tras los saludos de rigor, "el Mariano", buena pieza del barrio de Fuencarral (que no la calle), con varias entradas en el talego, nos sonríe señalándonos y deja caer una frase bastante trivial para nosotros... ¡Vais de "ajo"!

     Él dice conocer bien las drogas, las ha probado todas nos cuenta y los ajos no son una excepción en su abultada lista. Todas aquellas infinitas horas de desbordante lucha, angustia, castigo, fueron resumidas en una frase que surgió de una mente más sencilla que el mecanismo de un chupete. Aquel personaje, mientras apuraba las babas de un mini mortecino, nos dijo con suficiencia...
 
    –¡Yo también he comido buenos ajos, de esos que "te vas y vuelves"!

     “Te vas... Y vuelves”. Tras haber estado a punto de elaborar de la nada la ecuación que habría solucionado todos los problemas del mundo, aún a causa de nuestra propia integridad, aquella declaración fue demasiado para nosotros. El Enano volvió a sentir nauseas, dejando caer su vómito metálico desde la valla del primer piso. Nos despedimos alegando el malestar patente en nuestro colega y volvimos a partir sin rumbo fijo, ya que el convaleciente alegaba que andar le sentaba bien.

     Mientras amanecía, recorrimos calles que despertaban a su rutina diaria.

     Después de un buen rato, o trecho andado, nos encontramos en el seven eleven que había en la esquina formada por las calles Magallanes y San Bernardo (sí, el trocito de calle frente a los jardines de Cerebro y el Hollywood es parte de la calle Magallanes). Allí compramos algo con lo que calentar nuestros torturados estómagos, tarea nada desdeñable pues en aquellos momentos nos encontrábamos como en cualquier subidón de tripi normal, aunque nuestra sensación fuese que ya habíamos pasado lo peor.

     Sentados en un banco de Arapiles, dimos buena cuenta de las viandas adquiridas, extrañados más que aliviados al comprobar que nuestros estómagos aceptaban la comida. En éstas nos encontrábamos cuando otro conocido del barrio pasó montado en su "hurri" de vuelta a casa. Al vernos paró la chirriante moto y se bajó a compartir el último petardo de su "distinta" noche. Recordamos que nosotros teníamos una china por algún sitio y cerca de las nueve de la mañana elaboramos el primer "canuto" en nuestra atribulada travesía.

     Después de pasar un buen rato rememorando distintas situaciones y personas, los colegas del callejón Pontevedra, el fatídico día en el que le entregaron "al Richar" su Ducati 850 y al salir a probarla perdió la vida, las peleas que se montaban en el barrio provocadas por la banda autoproclamada "los franceses", rockers de tupé engominado y águilas por hebillas a las órdenes anteriormente del "Fransuá" y en aquellos momentos bajo el mando del temido negro Simón, azote de indefensos y desvalidos, y unas cuantas historias más que bien podrían llegar a "leyenda urbana" (el personaje de la "hurri", el "Molero", fue más tarde tristemente conocido por salir en un programa de Telemadrid a causa de haber perdido "la pinza" por completo y acuchillar a su perro, de raza pitt bull, en plena vía pública, mientras el animal estaba atado a una farola).

     Terminados los petas y el Molero camino de su casa, encaminamos nuestros pasos hacia la plaza del Conde del Valle de Súchil, más conocido como el parque Súchil, "territorio" de nuestro completo dominio dónde encontrarnos a nuestras anchas.

     En aquél lugar, pasadas más de diez horas desde la ingestión del psicodélico, comenzamos a disfrutar de las primeras carcajadas, nuestros rostros se relajaron descargando parte de la tensión acumulada durante tan dura experiencia y conseguimos sobrellevar nuestro estado de mejor manera que hasta entonces.

     Como no, los "amigos de los niños" uniformados nos dieron la lata, pero ya éramos dueños de nuestros actos y poco tuvieron que rascar. A continuación, la sucesión de las cosas fueron más comunes, deambulamos por distintos sitios y atracamos en puerto seguro cerca de las diez de la noche del día siguiente, hora en la que, rendidos por completo, nos separamos en la esquina de la calle Galileo con Rodríguez San Pedro para terminar los últimos coletazos del “ajo" en nuestras respectivas casas.

     Después de casi venticuatro horas de "increíble viaje", acerté a meter la llave en la cerradura de la puerta de casa de mis padres. Por suerte, mi habitación se encontraba nada más salir del recibidor, lo que me ahorraba tener que saludar y dar las consabidas explicaciones... ¿Dónde has estado? En sitios. ¿Con quién? Con gente. ¿Qué has estado haciendo? Cosas...

     Pero la visita a "Roca" era ineludible, y en el pasillo, el cruce con mi madre, inevitable. Su expresión lo dijo todo y solo acertó a decir –¡Dios mío, que cara traes...!

     Era cierto. En el espejo del baño vi a un extraño reflejado. Una persona sin gesto que me devolvía la mirada desde unas profundas y vacías cuencas. Volví a mi cuarto, me tumbé en la conocida cama y a pesar del agotamiento extremo que me invadía, permanecí varias horas más en vigilia, mirando el muñeco de madera que utilizaba como modelo en mis dibujos, y que en esos momentos posaba en una postura que se me antojaba bastante incómoda.

     Al igual que Hofmann, nunca me hizo falta volver a abrir la puerta. No por miedos o sensaciones parejas, simplemente ya había oteado por esos lares y nada tenían que ofrecerme. En las próximas navidades habrán pasado veinte años desde aquella noche, y aunque no he sufrido nunca lo que se denomina como flashback, últimamente me pregunto si no me habré quedado atrapado en el "ajo".

Desconectado Superjorge

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Re: EL VIAJE (una historia real)
« Respuesta #1 en: 08 de Junio de 2008, 13:39 »
tendrías que haberla dividido en varios capítulos, la lectura se hace más fácil
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