Autor Tema: Proyecto Bardha: Ubura  (Leído 10040 veces)

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Re: Proyecto Bardha: Ubura
« Respuesta #20 en: 23 de Septiembre de 2009, 12:47 »
29.07.2009, 14:46

Continúe usted, please.

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Re: Proyecto Bardha: Ubura
« Respuesta #21 en: 23 de Septiembre de 2009, 12:48 »
29.07.2009, 19:23

Está muy bien, como lo que es. No es "realmente" un relato, sino una introducción a Ubura.
Me gustan bastante las criaturas que describes, es especial lo que sucede con Yagogh.


AÑADO:
No sé los demás, pero a mí ese tono de azul me da muy poco contraste con el fondo. Lo tengo que pasar a word para leerlo. ¿Podrías poner un tono más claro? (Conste que no tengo problema en seguir leyéndolo pasándolo a word, si prefieres que se quede como está)

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Re: Proyecto Bardha: Ubura
« Respuesta #22 en: 23 de Septiembre de 2009, 12:48 »
29.07.2009, 19:24

Muy bueno, sin duda creo que es de los mejores aportes a Bardha. Continua cuando puedas.

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Re: Proyecto Bardha: Ubura
« Respuesta #23 en: 23 de Septiembre de 2009, 12:50 »
11.08.2009, 19:26

Cosmogonía III: "A través de la bruma, parte 3"



Cosmogonía III: "A través de la bruma, parte 3"



Mientras estiraba la mano para alcanzar un gusu del árbol que se encontraba delante suya, Van sintió el repentino frío del tiempo en sus huesos. Hacía ya algunas estaciones que había comenzado su periplo, y de momento, no había conseguido nada.

Eso sí, había ido atesorando una gran cantidad de sabiduría tal que cualquier druida justiciero de la Madre hubiera considerado más que suficiente para condenarlo a arder en las purificadoras llamas por hereje. No obstante, había algo que le preocupaba mucho más que arder en una hoguera, y era que cuanto más sabía sobre Padre, las Lágrimas Negras y Harkan, más quería saber. Era una curiosidad que lo sobrepasaba y, a veces, caminaba durante todo el día sólo para encontrarse agotado por la noche y tener la certeza de que iba a dormirse en cuanto cerrara los ojos.

Aferró el rojizo y alargado fruto con la mano y tiró de él. Este se desprendió fácilmente, lo cual indicaba que estaba maduro. Van sacó su navaja y lo cortó en trozos pequeños. Al tiempo que degustaba aquel dulce, extrajo su cuaderno de la mochila. Había pasado algún tiempo, por lo que sus bordes presentaban un aspecto un poco descuidado, pero eso no le importaba lo más mínimo; no esperaba que acabara en la biblioteca de ninguna abadía ni nada por el estilo.
Pasó unas cuantas páginas y se detuvo en una que le había llamado especialmente la atención. Allí se encontraba el dibujo de una miserable criatura que intentaba cubrir su piel deforme y oscura con una capucha.

“A excepción de Harkan, seguramente no hay criatura cuyo nombre haya sido maldecido más veces que el de Nyterop, “el Traidor”.

En su imparable expansión por el Multiverso, el Caos se había encontrado con un pequeño obstáculo que se había resistido de forma heroica a ser conquistado y a formar parte de la Oscuridad. Se trataba de un pequeño mundo perdido en el borde de un sistema cuya estrella ardía con una intensidad cegadora. Un mundo que podía haber sido arrasado con una facilidad casi irrisoria pero, por alguna razón, había resistido oleada tras oleada de criaturas Huine.

Esta resistencia había llamado la atención de Harkan, por lo que finalmente había decidido personarse en el susodicho junto con Yagogh, que se había convertido en su sombra.

Resultaba que en aquel plano había una grandiosa ciudad, llamada Radasta. Sus habitantes profesaban una fe tal que podían materializarla en una forma de energía parecida a la magia que Harkan antaño había aprendido a usar, pero diferente a la vez. A través de unos grandes cristales, los guardianes canalizaban ese poder y creaban un gigantesco escudo impenetrable sobre la ciudad, de modo que nada podía entrar, y nada podía salir.

Por supuesto, Harkan se negó a creer que algo tan insignificante como aquellas criaturas de piel blanquecina que proyectaban su miedo pudieran detenerlo, por lo que alzó su filo y lo descargó contra el muro de luz pálida. Se dice que hubo una explosión de tal magnitud, que la tierra retumbó, y Yagogh temió por la integridad de su líder. Mas, cuando todo quedó en calma, este surgió en su forma incorpórea mientras maldecía.
Tuvo que absorber a cientos de sombras para volver a su forma física en el plano, y eso lo enfureció aún más.
- ¡Malditos bastardos! – Gritó. – ¡No podréis resistir para siempre!

Hizo llamar a Zuh, que descansaba en lo más profundo de la Oscuridad, para que aplastara la resistencia con su titánica fuerza. Este se materializó en el plano como un gigante sin cabeza, y con su espadón tan grande como un torreón, comenzó a golpear el escudo una vez tras otra.

Mientras tanto, el que sería uno de los Señores del Caos más repudiado, no era por aquel entonces más que un sirviente del Templo de la Diosa sin nombre.

Semana tras semana, llegaban de todos los rincones de la ciudad gente dispuesta a dar su vida para proteger su hogar, y semana tras semana, Nyterop tenía que repetir aquel horrible ritual. Con el paso de los ciclos, había terminado odiándolo profundamente. Odiaba darle el golpe de gracia a sus camaradas mientras contemplaba sus caras chupadas y rezaba una oración, al tiempo que agonizaban. Odiaba tener que arrastrar sus cuerpos exangües por todo el templo y sacarlos a la calle, donde la gente los veneraba como a mártires al pasar pero, sobre todo, odiaba ese olor dulzón que se le quedaba impregnado en la piel cuando les prendía fuego.
Daba igual las veces que se lavara, aquel olor parecía ya formar parte de él.

Uno de aquellos largos días, mientras los golpes de la espada del Malhechor resonaban como un eco casi familiar, Nyterop había visto a alguien conocido entrar en el templo. Había corrido entre las gentes como loco, y le había dado alcance.
- Moratop, hermano, ¿qué haces aquí? – Preguntó, temiendo cual podía ser su respuesta.
- He venido a convertirme en guardián, hermano. – Dijo con orgullo. Eran prácticamente iguales, salvo que su hermano era un poco más joven que él.
- Pero . . . tú, no puedes . . . – Comenzó, pero su lengua le traicionó y sus palabras se quedaron estancadas en su boca. – Morirás. – Concluyó por fin.
- Lo sé, hermano. – Respondió, y le puso la mano en el hombro con suavidad. – Pero si ese es el destino que la Diosa tiene preparado para mí, lo aceptaré sin miedo.
- ¿Cómo . . . ? – Comenzó de nuevo Nyterop.
- Necesitamos que la barrera se mantenga hasta que la Diosa escuche nuestras súplicas y nos ayude. – Respondió con la mirada firme.
- Y si eso . . . – Se detuvo un momento, consciente de que lo que iba a decir podía costarle la vida. – ¿Y si eso no ocurre nunca, hermano?
- ¿Qué quieres decir? –Preguntó, algo confuso.
- ¿Y si la Diosa no escucha nunca nuestras súplicas? – Murmuró.
- Eso no pasará nunca, hermano. – Contestó con una sonrisa. – Ella es bondadosa. Sólo está poniendo a prueba nuestra fe.

Dicho esto, le abrazó y se marchó, dejándolo allí de pie, consternado.

Mientras continuaba con su trabajo, Nyterop observaba como su querido hermano se iba consumiendo en su posición dentro del círculo de guardianes. Una luz extraña y azulada surgía de ellos y flotaba hasta los cristales que tenían enfrente. Los cristales la concentraban y lo enviaban a uno gigantesco que había en el centro de la sala, donde era enfocada hacia arriba, como si de una cruel fuente se tratara.

A pesar de todos sus ruegos a la Diosa, aquel fatídico día terminó llegando. Mientras él se acercaba arrastrándose a un guardián que había quedado tumbado en el suelo, agotado, había visto caer a su hermano contra el suelo. Sin pensarlo, se había puesto de pie y había cruzado la sala corriendo, levantando murmullos de desaprobación.
- No, por favor. – Rogó a otro sirviente, que había llegado al desdichado antes que él. – Es mi hermano . . . por favor.

Asintiendo con la cabeza, su compañero se había retirado.
- Moratop . . . –Dijo, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas, producto de la terrible visión. Este abrió la boca, pero de ella no salió ningún sonido comprensible. Con gran pesar, cogió su daga y terminó con el sufrimiento de su hermano. Pasaron unos instantes hasta que volvió a reaccionar. Intentando no romper a llorar, arrastró el cadáver fuera de la sala, lo colocó con cuidado encima de una carretilla y salió del templo.

Como era costumbre, la gente rogaba una oración por el alma del valiente cuando él pasaba por delante, y decían cosas como “Que la Diosa lo tenga en su gloria” o “Gracias por tu sacrificio”. No obstante, aquellas palabras de misericordia no conseguían sosegar su alma, sino que lo enfurecían aún más. Por fin llegó al gran hoyo, donde todavía ardían restos de otros tantos valientes. Ya sin fuerzas, alzó la carretilla y el cuerpo se precipitó con los demás.

Nyterop regresó con el corazón compungido a su aposento, y cayó en un sueño turbio y extraño. En él, se veía cruzando calles llenas de gente moribunda que esperaban que él se apiadara de ellos y les diera la extremaunción. Después de mucho caminar entre las cáscaras resecas de los ciudadanos, una figura de un aspecto un poco menos traumático se le había acercado. Era una criatura extraña, de una raza desconocida para él, pero de un aspecto lo suficientemente frágil para no hacerle sentir miedo.
- Esto es terrible, ¿verdad? – Dijo cuando ambos estuvieron cara a cara.
- ¿Quién eres tú? – Preguntó. - ¿Qué eres?
- Yo soy un desdichado, igual que tú. – Contestó. – También tuve que ver como mis hermanos morían a mis pies sin poder hacer nada.
- ¿Por qué? – Volvió a preguntar.
- Porque es el deseo de Padre que todos volvamos a su ser. – Sentenció.
- ¿Padre? – Repitió, confuso. – ¿A su ser?
- Padre tocó a Madre y ambos se dividieron con la fuerza un millón de volcanes. – Explicó – Sus esencias se repartieron por toda la creación y, ahora, nosotros estamos condensándolas para que todo vuelva al Origen.

Nyterop se encontró confuso. No sabía nada de una entidad llamada Padre, ni de otra llamada Madre. A él le habían enseñado que la Diosa les había creado del barro y les había insuflado vida con su aliento. Les había dejado a su libre albedrío, pero velaba por ellos. No obstante, aquella protección parecía haberse esfumado.
- Tu Diosa no es más que una Diosa falsa. – Dijo Yagogh, como leyendo su pensamiento.
- ¡Eso no es cierto! – Clamó.
- Entonces . . . ¿dónde está tu Diosa? – Preguntó con un tono ácido.

Nyterop abrió la boca, pero no contestó nada.
- ¿Sabes por qué tu Diosa no ha venido a ayudaros? – Continuó. – Porque tu Diosa no existe.
- ¿Existe, a caso, el Padre que tú mencionas? – Preguntó con malicia.
- Por supuesto. – Y sonrió, mostrando unos dientes gastados y amarillentos. – Y no tenéis nada que hacer, porque es su voluntad que este mundo caiga en las sombras.

Un silencio tenso invadió la escena.
- Ahórrate sufrimiento. Ahórrale sufrimiento a tu pueblo. – Dijo. – Tarde o temprano, esa barrera caerá y conquistaremos tu mundo. ¿Acaso quieres seguir viendo a tus hermanos morir lentamente, sabiendo que no hay esperanza?

De repente, el cuerpo de Moratop apareció detrás de aquel extraño.
- Hermano . . . – Murmuró, y el pobre Nyterop rompió a llorar como un niño pequeño.

Despertó de forma súbita, con el corazón retumbando deprisa en sus oídos y con un sudor frío recorriéndole la espalda. Aturullado, salió de habitación y se paseó por los jardines, esperando encontrar paz y que sus pensamientos se aclararan. Mientras caminaba y el eco de los golpes de la gigantesca arma sonaba como una incesante alarma, Nyterop contempló el cielo; las nubes se habían separado, y a través de ellas podía contemplar un inmenso agujero totalmente negro, que a él se le antojaron como unas fauces que pretendían devorar su preciado mundo. Pero eso no fue todo, pues bailando dentro de aquellas fauces se encontraban tres criaturas de terrible aspecto. Fascinado y aterrado a partes iguales, continuó con la vista fija en el espectáculo hasta que, de repente, algo surgió detrás de ellas. Parecía un ojo colosal e iracundo, que miraba con voracidad el pequeño planeta que se encontraba a sus pies. Tan pronto como surgió desde lo más profundo de las fauces, desapareció.

Quizás no fuera más que una alucinación, provocada por el cansancio y el torbellino de emociones que lo embargaban, o quizás no. El caso era que Nyterop se había visto abrumado por todo aquello, y sólo deseaba que terminara, de modo que tomó una decisión de la que se arrepentiría durante el resto de sus días.
- La Diosa nos ha abandonado, hermanos. – Aquellas palabras perturbaron sobremanera a los mártires que encontraban en la sala. – Estamos condenados; lo he visto.

Alguien gritó, y un par de sirvientes se abalanzaron sobre él. Nyterop se sintió liviano, como en el sueño. Su mano extrajo el puñal del bolsillo y, con sendas estocadas, acabó con la vida de sus compañeros.
- No prolonguemos más este sufrimiento. – Continuó. – Nadie nos va a salvar. Rindámonos y reunámonos con nuestros seres queridos. – Las palabras salían de su boca como si tuvieran vida propia.

Cuando volvió en sí, se encontró bañado en la sangre de sus congéneres, que yacían muertos en el suelo. Las energías que fluían hacia la barrera se fueron disolviendo, y este por fin cayó.
En las calles, los gritos de horror de los habitantes resonaron como amplificadas en sus oídos, mientras se escuchaban pasos alocados y otros muchos sonidos que no llegó a reconocer.

La puerta de la sala se abrió con un gran estruendo, y por ella entraron media docena de guerreros, que se quedaron petrificados al encontrar tal escena. Se acercaron corriendo a él, y vieron el puñal manchado de sangre en sus manos.
- ¡¡Traidor!! – Gritó uno de ellos– ¡¡Has asesinado a los guardianes!!

Nyterop no respondió, sino que continuó con la vista clavada en la nada, enajenado. Alguien lo golpeó en la cara, y notó el inequívoco sabor de la sangre en su boca. Ya en el suelo, los soldados desataron su furia con él, y lo lincharon. Una vez lo hubieron reducido a una masa lastimosa y sanguinolenta, le prendieron fuego con una de las numerosas antorchas.
- ¡Ni siquiera el fuego puede purgar tus pecados! – Ladró una voz.

No obstante, cuando estaba sintiendo la dulce y cálida llamada de la Diosa, algo lo regresó de nuevo a aquella sala. Una gran figura, rematada por una corona de hierro y que portaba una espada en la mano se encontraba delante suya. A sus pies yacían sus agresores, destrozados.
- Debo darte las gracias, Traidor. – Habló con una voz profunda y autoritaria. – Gracias a ti, hemos conquistado otro mundo más en nombre de Padre.

La destrozada boca de Nyterop emitió un lastimero sollozo.
- No podíamos dejarte morir aquí, después de tus servicios. – Y soltó una carcajada tan amarga que casi sintió como se le clavaba en el pecho. – Disfruta de tu regalo.

Y una repentina oscuridad lo envolvió.”

Van se fijó en algo que había pasado por alto; uno de los ojos de aquella ignominiosa criatura derramaba una lágrima eterna, producto de su vergüenza.


« última modificación: 06 de Julio de 2010, 02:13 por Wind_Master »
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Re: Proyecto Bardha: Ubura
« Respuesta #24 en: 23 de Septiembre de 2009, 12:51 »
11.08.2009, 19:53

Muy interesante. Vas aumentando la "fauna" del caos.
Estoy deseoso de saber más de Van.

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Re: Proyecto Bardha: Ubura
« Respuesta #25 en: 23 de Septiembre de 2009, 12:51 »
14.08.2009, 22:51

Me gusta.

Está muy bien escrito y consigues atraer al lector. Cómo más nos adentras al complejo mundo de las sombras, de los Huine, más me gustan. Son una "raza" interesante. Ardo en deseos de que nos expliques más.

Como ya han dicho, los primeros capítulos toman la forma de una historia contada vertiginosamente. Aún así, supongo que no eran una historia en sí, sino retazos de lo que sería una explicación de la llegada de los Huine a Bardha.

Tengo alguna duda sobre un par de cuestiones que no he acabado de entender. En la transformación del caminante, no entiendo por qué no puede Harkan huir de ese universo si muriesen todos. Bien ha podido entrar en él y entrar en contacto con el caminante en la esencia astral (o lo que sea xD) Pero supongo que al morir todos, se cierra esa tierra del Multiverso? Pero entonces, cuando pasan pueblo a pueblo, universo a universo, masacrando a todos, caminantes incluidos, cómo es que el Caos puede seguir expandiéndose y saltando de universos? No mata a los caminantes? O los transforma como al otro? O lo entendí mal? Me explico. Puede ser que de donde no podía salir no era del universo que acababa de destruir sino del lugar dónde se encontraban los caminantes? Entonces, ¿Qué es ese lugar que sólo puede ser accedido a los caminantes esos? ¿Significa que menos Yagogh todos han muerto?

A parte de eso, te pido que continues y nos facilites el siguiente capítulo que ardo en deseos de leer xD

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Re: Proyecto Bardha: Ubura
« Respuesta #26 en: 23 de Septiembre de 2009, 12:52 »
15.08.2009, 15:56

Bueno, ante todo, gracias por tu lectura.

Lo que quería plasmar era que Yagogh y los demás caminantes son unos seres extraordinarios que pueden hacer una especie de viaje astral hasta otra realidad, otra dimensión, que es diferente a donde se encuentra el Multiverso y los Señores del Caos. Cuando Yagogh le tiende una trampa, quiere sellar para siempre a Harkan en esa dimensión, dado que su pueblo no puede vencerle. Al morir los demás caminantes, y dado que él está herido de muerte (él sería el último caminante astral), su plan está a punto de completarse. Harkan entiende esto, y lo salva de la muerte transformándolo en un Señor del Caos.

Esto lo salva de quedar atrapado para siempre, y le garantiza que Yagogh pueda seguir vigilando el devenir de los acontecimientos a través de la bruma. El único que puede continuar haciéndolo, de hecho.

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Re: Proyecto Bardha: Ubura
« Respuesta #27 en: 23 de Septiembre de 2009, 12:52 »
24.08.2009, 16:05

Sigue cuando puedas, por cierto cuanto mas leo de lo tuyo mas necesario veo que alguien escriba de los servidores del Orden :P.

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Re: Proyecto Bardha: Ubura
« Respuesta #28 en: 23 de Septiembre de 2009, 12:52 »
25.08.2009, 00:35

Creo que es interesante que alguien escriba sobre el Orden, y necesario en un futuro próximo, además. Pero pienso que deberíamos esperar a que las demás partes se vayan desarrollando antes de ponernos a ello, porque sería algo así como la última pieza, y debería encajar en todas las cosmogonías y cronologías. Y eso me parece que es demasiado trabajo para una persona.

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Re: Proyecto Bardha: Ubura
« Respuesta #29 en: 23 de Septiembre de 2009, 12:53 »
29.08.2009, 21:55

Cosmogonía III - "A través de la bruma, parte 4"



El sol le golpeaba con fiereza en su cabeza morena. Tras varios días caminando por el sendero, no había descubierto nada que pudiera echarse a la boca. De la misma forma, apenas le quedaba agua en su cuero. Aquella tierra extensa parecía no tener fin, y apenas había algún árbol bajo el que refugiarse, de modo que Van caminaba como un sonámbulo.

Mientras el fulgor del astro le abrasaba la nuca, el muchacho pensó en cómo se había ido desarrollando su viaje. Simplemente caminaba y soñaba, caminaba y soñaba. Si no fuera una idea descabellada, habría jurado que sus pies le guiaban de alguna forma, salvando los pedregosos caminos que llevaban a las cordilleras abruptas, y de los bosques profundos, refugio de bestias devoradoras de hombres; no obstante, estaba seguro que su conocimiento del campo y un poco de suerte eran las principales razones de que no se hubiera topado con ningún inconveniente hasta ahora. Deshidratado, continuó caminando.

Al cabo de lo que le pareció una eternidad, creyó ver a una persona erguida en la lejanía. Van agitó los brazos para llamar la atención de aquel individuo, pero este no se percató de su presencia. Echó a trotar en la dirección del que podía ser su salvador, pero cuando llegó hasta su altura, se llevó un gran chasco; allí no había nadie. Enfadado por haberse dejado engañar por un espejismo, dio una patada a una pequeña piedra que tenía a su alcance, y esta cayó por la rivera del camino y se perdió de vista. Después de un par de segundos, Van escuchó el chapoteo del agua. Sin pensárselo, descendió de forma temeraria por la áspera pared de roca.

Allí, un pequeño riachuelo se había quedado estancado formando grandes charcos bajo la sombra de la ladera. Bendiciendo su suerte, corrió hacia uno de ellos y hundió sus manos; el agua estaba limpia y bastante fresca.
Una vez se hubo refrescado lo suficiente y hubo rellenado su cuero, pensó que aquel lugar era ideal para descansar hasta que pasaran las fieras horas del mediodía. Se llevó los brazos por detrás de la cabeza y cerró los ojos.


Esperó entre la densa niebla hasta que su narrador apareció a su lado con una ligera brisa.
- ¿Qué va a ser esta vez? – Preguntó Van. - ¿El nacimiento de algún Señor del Caos?

La figura a su lado no contestó.
- ¿Sabes qué? – Continuó. – Me gustaría saber qué es lo que pasa con los mundos que son conquistados por Harkan. Quiero decir, cómo es que vuelven a formar parte de Padre.

La figura se meció ligeramente y la niebla se agitó. Poco a poco, vislumbró la serie de imágenes que posteriormente inmortalizaría en su cuaderno.


Bajo el calor de dos soles gemelos, el mundo de Isás perecía bajo las garras de las sombras.
Como otras tantas veces, las criaturas Huines habían llegado trasportadas por un fragmento de Caos en estado puro, y habían infestado el plano con su corrupta esencia.

Los isitas habían alzado sus armas contra el enemigo, pero su ferocidad no era nada en comparación con la suya. En su avance, pisoteaban a sus hermanos caídos y los pasaban por encima, ignorándolos de una forma que era ignominiosa para los isitas. En efecto, sus enemigos se movían como si de un enjambre negro se tratara.
Poco a poco, la superioridad numérica los hizo retroceder mientras se lamentaban por todos sus camaradas, que habían desaparecido bajo la oleada de oscuridad.

Pero entre los pocos supervivientes se encontraba el Ávatar, un héroe isita nacido del seno del propio Dios Fuego. Viéndolo todo perdido, decidieron darle todo su poder a él para que pudiera castigar a los invasores, de modo que celebraron el ritual del festín de las almas, en el que su salvador absorbería sus conocimientos, sus habilidades y su fuerza, por supuesto.
Los isitas detestaban perder a un buen soldado, y sólo realizaban el citado ritual cuando era estrictamente necesario. Así, cada uno de los demás inscribió su nombre en la Piedra, y se prepararon para desatar su furia.

Se dice que la gran roca que protegía el santuario voló hecha pedazos cuando el Ávatar descargó un golpe atroz contra ella. Alzó su legendaria espada, cuyo filo ardía producto de su propia rabia, y descargó todo su poder contra los Huines.

Pero, por muchos engendros que calcinaba, parecía que aquellas oleadas no tenían fin, y su cuerpo se estaba resintiendo. Continuó peleando hasta que divisó a una figura que se erguía en medio de toda la destrucción, y entonces comprendió que esa figura no era otra que su líder. Haciendo acopio de todas sus fuerzas, el Ávatar apartó de su camino a los esbirros, y cuando por fin llegó hasta él, gritó iracundo.
Su sangre ardía y le abrasaba por dentro, como si fuera lava. Dejó a un lado el escudo y se rasgó las ropas, convertido en un auténtico berserker. Sin duda, aquella era una visión  capaz de aterrorizar a cualquiera, pero no a Harkan.
- ¡¡Tu vida a cambio de la de mis hermanos!! – Aulló con una docena de voces, al tiempo que su boca se llenaba de espuma.

Cargó contra él, dispuesto a hacerlo trizas, pero un ataque tan previsible no suponía el mayor peligro para Harkan, que se apartó a un lado y lo dejó pasar. La espada machacó las rocas con gran estruendo.
- Ven y arrebátamela. – Contestó, desenvainando su espada, negra como la noche.

En cuanto sus espadas se cruzaron un par de veces, el héroe supo que aquel duelo estaba perdido de antemano. De nada sirvió su furia y su fuerza, como tampoco sirvió su dominio de la esencia de los astros gemelos. Con un golpe brutal, su arma legendaria se quebró y su brazo fue arrancado de cuajo. Gritó de dolor, pero no cedió, sino que desencadenó una tormenta de fuego a su alrededor con su otro miembro.

Por alguna extraña razón, su enemigo no parecía impresionado por su magia, ni su fuerza. De repente, el filo enemigo surgió de entra las llamas y le hizo un profundo tajo en plena cara.
Mascullando, el Ávatar reculó.
 - Un gusano como tú nada tiene que hacer contra el Señor Absoluto del Caos. – Dijo con su voz profunda y altanera.

Acto seguido, le propinó una patada en el pecho. Este cayó por el desnivel de la ladera, rodando, hasta que se detuvo a los pies de esta, destrozado por las rocas. Dándolo por muerto, Harkan lo abandonó.

Manco y tuerto, el héroe saboreó su propia sangre, y sintió como la vida lo abandonaba paulatinamente por cada una de sus heridas. Inmóvil, contempló a los Huines reunirse en medio de la gran llanura. Quedaron, entonces, muy quietos, y hasta sus oídos llegó un susurro que no terminaba de comprender. El susurro se convirtió pronto en un estridente chirrido, como si los invasores estuvieran vibrando y, entonces, ocurrió algo que escapaba de su comprensión: el cielo del plano se rasgó con violencia, y allí apareció un vórtice más negro aún que sus enemigos, si es que aquello era posible. Dentro de ese vórtice, el héroe contempló una decena más de mundos que giraban mientras eran engullidos uno tras otro. Sintió como su corazón se acongojaba por el horror, pero nada podía hacer. Se sintió, entonces, como el único espectador de una obra cruel.

De repente, los astros perdieron intensidad, y su luz se volvió tenue y débil, como la de una vela. Una fina capa de polvo se levantó y permaneció en suspensión en el aire, a la que le siguieron piedras y rocas más pesadas. Las armas de sus compañeros, sus cuerpos, y todo lo que había sobre la faz de su mundo pareció ser objeto de una extraña ingravidez. De forma súbita, todo aquello que estaba flotando se estrelló violentamente contra el suelo.
Sintió como si una mano invisible lo aplastara contra la tierra, y el vórtice pareció más cercano, mucho más cercano. Perplejo, no pudo sino contemplar como su mundo era tragado por las fauces.

Cuando despertó, comprobó que la atmósfera seguía teniendo aquella mortecina luz. Miró en todas direcciones y le pareció que se encontraba todavía tumbado en la tierra de su querida Isás.
Pronto el ardor de su sangre lo obligó a moverse en busca de venganza, así que consiguió darse la vuelta a duras penas y comenzó a arrastrase cual gusano, impulsado por su otro maltrecho brazo. Se movió de esa manera durante lo que le pareció una eternidad, hasta que una extraña criatura le hizo permanecer quieto para no desvelar su posición. Parecía una gigantesca mole de fango a simple vista. Una vez más cerca comprobó como por toda su fisionomía surgían como pompas ojos y bocas babeantes, que se hundían bajo la piel cerosa y daban lugar a nuevos miembros. Una vez la criatura estuvo lo suficientemente lejos, decidió que podía continuar con su paso de tortuga.

No pasó mucho tiempo cuando una pequeña banda de engendros-sombra lo descubrió. No eran más que unos pequeños cuerpos de los cuales sobresalía un corto apéndice rematado por un ojo que ardía con la locura del Caos. Lo rodearon, pero pareció que los integrantes tenían un conflicto de intereses, ya que comenzaron a golpearse los unos a los otros con el apéndice-ojo, y los pseudópodos con los que se arrastraban. Por fin, pareció que uno se había hecho con el control de la situación, y se le acercó.

Pero el Ávatar ya sabía lo que estaba a punto de ocurrir, pues lo había visto durante la guerra, así que escupió sobre la criatura y su saliva se convirtió en fuego. El Huine emitió un sonido parecido a un grito, y se deshizo como si fuera manteca mientras borboteaba. El resto de sus compañeros parpadearon, sorprendidos, y se abalanzaron sobre él a la vez. Sus esencias entraron en contacto, y se extendieron por su cuerpo con una velocidad enloquecedora. De repente, sintió como si algo o alguien le ordenara que permaneciera tranquilo hasta que la unión se completase. Pero, como es lógico, el hijo del Dios Fuego no iba a sucumbir ante tales insectos, y su ira volvió a arder con renovada fuerza.

Intentó rechazar al invasor de su cuerpo, mientras convulsionaba en el suelo. Notó algo cálido en su muñón, y cuando miró, descubrió que un nuevo miembro de color grisáceo, había brotado. Esto lo enfureció aún más.
- No te resistas a lo inevitable. – Habló una voz en su cabeza. – Del mismo modo que tu planeta será absorbido por Padre, tú también lo serás.
- ¡No! – Gritó, y se revolvió con más fuerza.
- Esta unión es irreversible. – Dijo la voz. – No hay nada que puedas hacer.
- Mi planeta . . . no. – Sollozó.

De repente, la imagen de la mole gigantesca llegó a su mente. Se había convertido en un líquido espeso y se había colado por las fisuras en la tierra. Sus tentáculos habían desgarrado a Isás, y se habían abierto paso hasta el núcleo por la fuerza.
Mientras las imágenes pasaban veloces por su mente, notó que la tierra se estaba volviendo líquida. Miró hacia el suelo y comprobó que de aquí y allá manaba un icor denso y negruzco. Con una lentitud casi enloquecedora, se hundió en la viscosidad al tiempo que pataleaba, y comenzó a asfixiarse.

Intentó contener la respiración, pues morir ahogado era una deshonra para su pueblo, los hijos del Dios Fuego.
- Es inevitable . . .  – Continuó diciendo la voz cuando su cuerpo desapareció bajo la superficie.




PD: Bueno, me gustaría saber vuestra opinión, porque quería ilustrar lo que pasaba después de que un mundo fuera conquistado por el Caos, pero no estoy muy seguro de la calidad de este relato . . .
« última modificación: 04 de Febrero de 2010, 12:18 por Wind_Master »
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