Autor Tema: [VI CRAC] Relatos  (Leído 7480 veces)

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Re: [VI CRAC] Relatos
« Respuesta #10 en: 08 de Diciembre de 2010, 12:34 »
Ciudad de la Penumbra



Fragmentos de un diario encontrado en la Zona D – Perteneciente al Dr. Kirt.


Miércoles 18 de Agosto de 2066

MI nombre es Jason. Jason Kirt. Treinta y seis ciclos han pasado desde mi nacimiento. Treinta y dos desde que emigramos a la Gran Mozrrac, capital e insignia de nuestro actual imperio. Veintiocho desde que mi corazón se fundió con el acero de mi ciudad. Y solo tres desde la llegada de mis hijos.

…Creo que esta frase es demasiado ostentosa para el comienzo de un diario. Por el momento la dejaré así. Por lo menos hasta que encuentre una mejor…

“VIVO EN LA MALDITA MOZRRAC, CIUDAD DE LA PENUMBRA. Y TODO ES MI CULPA.”

¿Qué mas puedo decir en este esplendido día? Podría hablarte de mi esposa, la pro-psicóloga. O de mis hijos, tan pequeños y tiernos, pero no sería una buena introducción. Así que comenzaré con el ¿Por qué? ¿Por qué estoy escribiendo esto? Dos palabras, fácil. Mi esposa. Según ella, al escribir no solo se describen sucesos, historias o acontecimientos. Sino que además influimos la escritura con nuestra personalidad. Mi personalidad. De este modo podré descubrirme y eso me ayudará a ser mejor ciudadano, persona, bla, bla y bla. Suficiente.
Seguiremos con el ¿Dónde? Bueno, mi hogar se encuentra en la zona céntrica de Mozrrac, o la “Gran Mozrrac” como nos gusta llamarla a nosotros, sus orgullosos habitantes. Es una ubicación estratégica, casi perfecta debo decir. Cerca de la academia para los niños, cerca del Alto Mando, a unos bloques del depósito y tan solo a la vuelta del laboratorio. Allí es donde trabajo. Allí es donde desarrollo toda mi investigación.
Millones de habitantes convivimos en esta bella ciudad-fortaleza todos los días. Millones de habitantes compartimos el amor y la alegría de vivir seguros dentro de nuestra impenetrable montaña de acero. Todos estamos orgullosos del esplendor y la gloria de Mozrrac.



Viernes 24 de Diciembre de 2066

Jamás creí que seguiría escribiendo mi diario. Uno o dos solitarios párrafos por semana, podría decir que ya es costumbre. Me gustaría escribir mas, mucho mas, pero La Resistencia nos mantiene muy ocupados.
Distintos informes de espionaje nos revelaron que están planeando algo grande. A pesar de nuestros esfuerzos, no hemos podido descubrir de qué se trata. Por otro lado, aunque mucho menos importante, se reportaron extrañas formaciones climatológicas en un gran numero de islas del Pacífico. Un escuadrón de sondas fue enviado para investigar dicho fenómeno.


…suena muy técnico, pero creo que es necesario que así sea… 


Martes 11 de Enero de 2067

Hoy fue un gran día. Mis hijos ya están aprendiendo a leer, mi esposa esta cada día más bella. Todavía esta recuperándose de la infección pulmonar que casi la mata, pero no falta mucho para que vuelva a ser la misma de antes.
Una euforia general llena los corazones de la población, hemos destruido dos de las tres bases de La Resistencia. Es cuestión de tiempo a que caigan ante el plasma de nuestras cañones.
Aun no han aparecido las sondas que enviamos a investigar el fenómeno climatológico del Pacífico.


…una victoria muy significativa. Quisiera estar de acuerdo con todos los demás, pero algo en lo mas profundo de mi ser me dice que no lo haga. Algo me dice que esto aun no ha acabado…


Lunes 7 de Febrero de 2067

En el día de ayer, la ultima y desesperada arma de La Resistencia fue liberada. Unos extraños misiles estallaron en algún lugar de la estratosfera, justo encima de nuestra Ciudad. Fue demasiado rápido, no tuvimos oportunidad de defendernos. Creímos que cientos de bombas caerían sobre las cúpulas de protección de la Fortaleza, nada de lo que preocuparse, pero no fue eso lo que sucedió. Un gas de color azul oscuro, casi negro, se esparció por todo el firmamento. Tiene la contextura del algodón y la opacidad del acero.
La luz del sol desapareció, las plantas de energía solar dejaron de funcionar, y la ciudad quedo en penumbra. De ahora en adelante así se llamaría a nuestra capital: “Mozrrac, Ciudad de la penumbra”. Los esbeltos y magníficos edificios fueron reemplazados por oscuridad y sombras. Altas e imponentes se alzan, allá donde quiera que uno pose la vista, ennegreciendo los pensamientos de los ciudadanos.
Un solo sentimiento invadía el corazón de todos: la impotencia. Por suerte nuestra energía de reserva se activo, y en ningún momento fuimos vulnerables a ataques externos.
El misteriosos gas no descendió, sino que se mantuvo “estacionado” en el cielo. Suponíamos que su cometido, fuera cual fuese, había fracasado.


“SOLO POR UN MOMENTO”


Martes 8 de Febrero de 2067

Incontables misiones se están llevando a cabo para descubrir el sentido de este ataque. Algunos afirman que fracasaron, y que el gas desaparecerá pronto. Otros aseguran que este el comienzo de nuestro fin.

“LO ES”


Jueves 10 de Febrero de 2067

El misterio fue revelado. Luego de tres días y cuatro noches el gas se asentó completamente, formando así una gigantesca e inmunda nube de contaminación que amenazaba silenciosamente nuestra amada ciudad.
Al atardecer del cuarto día (claro, si se puede llamar atardecer) la nube descargó su ira sobre nosotros. De nada sirvieron las cúpulas de protección. Una intensa y podrida tormenta inundo las calles de Mozrrac. No daño estructuras, ni instalaciones, ni tecnología. NO. La punta de la lanza se clavó directamente en nuestros corazones. Al anochecer, las primeras víctimas de una nueva enfermedad ya habían comenzado a caer.



Miércoles 13 de Abril de 2067

Tras poco mas de dos meses, la nueva epidemia se había cobrado una décima parte de nuestra total población. Incluyendo a mi esposa. La milagrosa cura con forma de vacuna no tardo en aparecer, pero lamentablemente ya era tarde para la madre de mis hijos. En su estado crítico nadie hubiera sobrevivido. Por suerte los niños se salvaron, logre suministrarles la vacuna a tiempo y ahora se encuentran recuperándose. Todavía son muy pequeños para saber lo que esta pasando, sin embargo presienten que algo malo le sucedió a su madre.
La inocencia y el amor de mis pequeños me ayuda a pasar los momentos mas difíciles, y me ayuda a pegar un ojo en las incontables noches de insomnio.
La semana que viene termina mi licencia en el laboratorio.


…el recuerdo de Argie es muy intenso en estos meses, pero debo seguir moviéndome. Debo encontrar NECESITO venganza.…
   

Viernes 15 de Abril de 2067

Dos días mas pase lamentándome por la muerte de mi esposa, pero ya es hora de dejar el pasado atrás, y poner manos a la obra en mi siguiente plan.
En el día de hoy, algunos científicos de nuestro laboratorio han descubierto la composición de la nube de contaminación: una compleja combinación de gases y agentes químicos que no conocíamos, capaces de traspasar las cúpulas sin ser dañados.
Tema Aparte. Decidieron plantar las semillas que trajimos con nosotros, en las afueras de la Fortaleza. Tal vez alguna de las hierbas nos ayude a encontrar la solución.


…ya era hora de que hagan algo bien para variar…


Martes 19 de Abril de 2067

Un memorando del Alto Mando llego a mi oficina hoy. Escrito por el mismísimo Jefe de Operaciones. Ante mi sorpresa me nombró director del proyecto M.A.C. (Misiles Anti Contaminación). La verdad, es lo que estaba esperando. Pienso dedicarle mi vida a este trabajo, no descansare hasta conseguirlo.

…aun siguen apareciendo victimas, aunque en cantidades muy disminuidas. La muerte sigue acechando en cada esquina…


Miércoles 15 de Junio de 2067

Mis contactos en el Alto Mando lograron filtrarme algo de información acerca de la guerra. A pesar de todas nuestras bajas a manos de la pestilente nube, seguimos ganando la guerra contra La Resistencia. Sus defensas se ven sobrepasadas en número por nuestros batallones. Sus ofensivas se retiran en medio de un mar de fuego y dolor. No falta mucho para que los dominemos completamente.

…muchos soldados perdieron familiares en el incidente de la nube. Creo que eso ha ayudado a nuestras tropas a sobrepasar las líneas enemigas…


Jueves 22 de Septiembre de 2067

Todavía no hemos encontrado la solución definitiva al mal que pesa sobre nosotros. Logramos reducir provisoriamente la nube con varios de nuestros experimentos. Pero ella sigue estando sobre nuestras cabezas, afectando a nuestra pobre comunidad.
La crisis económica de nuestra fortaleza es inminente. Generadores suplementarios fueron instalados fuera de la ciudad-fortaleza para compensar la pérdida de energía de las plantas solares existentes. Millones se invirtieron en estos nuevos generadores. Gracias a ellos, nuestros sistemas de defensa se mantienen sanos y salvos.
Por un momento pensamos en la posibilidad de trasladar nuestra Fortaleza, pero eso conllevaba un gasto de recursos y energía muy grandes. Los cuales no estaban a nuestro alcance.
Como si fuera poco, nuestra población esta en decadencia y disminuyendo, no por culpa de la epidemia, sino por que están emigrando hacia otras ciudades-colonias ubicadas a miles de kilómetros de distancia. No habría ningún problema si no fuera por que hace dos días perdimos toda comunicación con las colonias, y con todos sus habitantes.
Misiones de exploración ya se están llevando a cabo para saber que es lo que sucedió en el resto de las ciudades.


…casi no veo a mis hijos. El trabajo en el laboratorio me mantiene ocupado día y noche. Siento que los estoy perdiendo…


Viernes 14 de Octubre de 2067

Una inesperada ofensiva enemiga ha destruido la mayor parte de nuestras tropas y naves. Nuestros soldados, llenos de odio y venganza, dejaron de lado su racionalidad y cayeron directamente en un trampa.

…Al parecer, no estábamos a punto de ganar la guerra…

La autoridades presionan constantemente a mi equipo. Sino encontramos la solución en menos de 3 meses nos quitarán los fondos para seguir con nuestro trabajo. Debo evitarlo a toda costa.


Domingo 1 de Enero de 2068

En el día de hoy, salimos a recolectar muestras de hierbas con mi ayudante. Todo iba bien hasta que un aroma dulzón e hipnotizante llamo nuestra atención. Lo que vimos nos dejo plasmados. Una extraña hierba de color azul metálico crecía sobre un antiguo árbol terrestre. Poseía unas flores púrpuras muy llamativas que segregaban un liquido color ámbar, de ahí el aroma dulzón. Nunca habíamos visto algo similar, tan hermosa y peligrosa a la vez, decidimos llevarla a nuestro laboratorio.
Inmediatamente comenzamos los análisis correspondientes para catalogarla, y para saber si sus fluidos nos serían de alguna ayuda.



Martes 3 de Enero de 2068

Tenemos los resultados de las pruebas. Aunque parezca increíble, encontramos que la segregación de la extraña planta posee componentes capaces de “devorar” la nube de contaminación. La nueva especie fue catalogada en peligro extremo de Extinción, fue almacenada y clonada. Su nombre científico es “flôs dê eleutheria”. Hoy mismo empiezan las pruebas parciales para nuestra salvación. En unos días tendremos los resultados.


Viernes 6 de Enero de 2068

Tras nuestra presentación hacia el alto mando, decidieron concedernos recursos ilimitados para seguir desarrollando nuestra investigación. Mi investigación a decir verdad, yo descubrí la Flor, yo descubrí la salvación.
Gracias a nuestras avanzadas tecnologías pude crear el arma que eliminaría de forma definitiva a la nube de contaminación.



Miércoles 23 de Mayo de 2068

Hoy fue el día de lanzamiento de los misiles M.A.C. La mirada de millones de personas estaba volcada junto a tres pequeños cohetes. Solo tres minutos pasaron desde el despegue hasta el contacto con la nube. Y como si fuera por arte de magia, el sol reapareció, tan brillante y calido como nunca antes lo habíamos visto. Por tres agujeros en la nube sus rayos se escaparon hacia la Fortaleza. La inmensa nube azul comenzó a abrirle el camino a la Luz. Pero algo andaba mal. No solo dejo de abrirse el cielo, sino que además la nube se fortaleció y empezó a tomar un color rojo sangre. Pasando por tonalidades violáceas, los agujeros de luz se cerraron para nunca más abrirse. Una hermosa y letal lluvia dorada comenzó a caer del cielo.
Circuitos y cables quedaron inutilizados al instante. Cúpulas y defensas se derrumbaron por igual. La desesperación y el caos se apodero de toda la población.


…los misiles no estaban diseñados para esto. Debían acabar con la nube, no fortalecerla y destruir toda nuestra tecnología…

“EL COMIENZO DEL FIN”


Jueves 24 de Mayo de 2068

Estamos acabados. Toda nuestra fortaleza quedo inutilizada. Lo que una vez fue nuestra protección, hoy es nuestra prisión. Odio esta ciudad.
Los más valientes intentaron escapar trepando murallas, o cruzando drenajes. Pero La Resistencia, ahora en las puertas de la propia Mozrrac, los extermina como moscas.


…Mismo destino es el que correremos todos nosotros…


Viernes 25 de Mayo de 2068

Las cosas suceden cuando uno menos lo espera, y nuestro fin no es la excepción. Mirando hacia el horizonte y divisando esas dos pequeñas naves semejantes a un Cazador pero con unos bultos mucho más grandes que los acostumbrados tanques de reserva de combustible en su “panza” me di cuenta de todo, tarde. Al parecer están jugando con nosotros, ya que la pareja de naves esta aproximándose a mínima velocidad. Supongo que quieren gozar de su victoria hasta el ultimo instante.

…Solo tardaran unas horas en llegar, lo suficiente para escribir mis ultimas lineas. Solo tardaremos unos segundos en morir. Claro, si esas bombas son de Plasma-fusión, porque si fueran de Neo-napalm, tendríamos una muerte bastante mas larga y dolorosa…

Cada pieza del rompecabezas encaja en su lugar. Los misiles, la nube, los compuestos químicos, la misteriosa planta, la milagrosa salvación. Como una aguja en un telar sin fin el destino es tejido, el destino de nuestra raza estaba escrito.

Los humanos    plantaron esa extraña hierba. Todo dependía de que yo la encuentre y la utilice. Lo que me deja con la duda: Si ellos ya tenían la solución, ¿Por qué no desataron inmediatamente la furia de la nube roja? Solo hay una respuestas posible: No poseían la tecnología suficiente para desarrollar los agentes químicos de mis misiles, y por eso lo dejaron en mis manos.

Jugué una última vez con mis niños y luego los mande a la cama. No hacia falta que vieran lo que nos esperaba. Tan pequeños y con toda su vida por delante, arrebatada a manos de La Resistencia. Una ultima mirada de sus cabellos oscuros y de su piel color esmeralda (igual a la de su madre) logro tranquilizarme por un instante.


…Yo solo traté de salvarnos…

“YO ANIQUILE A TODA MI RAZA”

…Miles de pensamientos inundan mi mente, cientos de dudas oprimen mi corazón. ¿Por qué yo? ¿Por qué tuvimos que invadir este planeta? ¿No alcanzaba a caso con las maravillas y la creciente belleza de nuestro planeta? Por un instante casi lo olvido. Nosotros destruimos nuestro planeta. Después de todo no somos tan diferentes...

Solo espero que la humanidad recuerde y utilice su pasado.
SOLO ESPERO QUE NO SIGAN NUESTRO CAMINO.

…Una única, estúpida y final idea invade mi cabeza: “Ya encontré la frase adecuada para dar comienzo al diario.”…

(click to show/hide)

Liga ociosa de supervillanos matagatitos.

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Re: [VI CRAC] Relatos
« Respuesta #11 en: 08 de Diciembre de 2010, 12:35 »
Espejo veteado de pinceladas cortas.


Las olas rompían con un ímpetu desmedido sobre la playa de San Lorenzo en aquella noche de viernes. Numerosos viandantes se detenían junto a La Escalerona para contemplar el espectáculo de luces reflejadas sobre un espejo informe de negrura veteada de franjas blanquecinas. La deslumbrante vista se veía acompañada por el profundo rumor exhalado por unas aguas embravecidas. Todo ello en contraste con una noche magnífica, primaveral y apacible.
Esforzados deportistas, parejas de enamorados, cansados oficinistas, vitales jubilados recorrían el paseo deleitándose en la espléndida noche. Una amalgama de piernas en movimiento bajo el auspicio de un tiempo favorable.
Bares, mesones y restaurantes se hallaban a rebosar de un gentío bullicioso y alegre. Un ambiente de fiesta reinaba en la ciudad de Gijón, un estado que incluso los que aguardaban por una mesa libre compartían con devoción.
Mas había lugares en los que el revuelo era tan extraño como la contraposición entre el violento mar y el apacible cielo de la hora en cuestión. En el más lujoso de los restaurantes, en el más discreto de los reservados, un hombre y una mujer se enfrentaban en extremos opuestos de una magnífica mesa.
El varón, de unos treinta años, vestía un impecable traje gris aderezado con una carísima corbata. Sus ojos se hallaban fijos en algún punto del infinito y mantenía los labios apretados, al tiempo que sus dedos jugueteaban con una pequeña caja que guardaba en el bolsillo izquierdo de su chaqueta.
La mujer, de edad similar, pelo rubio rizado y un amplio escote logrado gracias a dos botones desabrochados en su blusa de seda, describía con todo lujo de detalles la nueva tienda de complementos que habían inaugurado en el centro de la ciudad.

Ya está otra vez en Babia. Es inútil que siga con las indirectas sobre mi regalo de cumpleaños. Seguro otra vez me tocará el set de maquillaje o el típico perfume.

Un esforzado camarero apareció con los platos que habían elegido. Les rellenó las voluminosas copas de vino y se retiró discretamente. La mujer detuvo su discurso para degustar el elaborado plato: un solomillo con salsa de frambuesas, acompañado por manzana asada en rodajas y virutas de jamón ibérico. Un espeso silencio se instaló en la estancia, viéndose roto de vez en cuando por el tintineo de los cubiertos. Su acompañante demoraba el inicio de su cena, un bacalao a la bilbaína. Continuaba absorto en sus pensamientos, mientras bebía de su copa a pequeños sorbos. Su mirada abandonó el infinito por unos instantes, dividiéndose entre los grises ojos y la prominente voluptuosidad del pecho de su compañera de mesa.

Mejor espero al postre. Quiero que sea uno de los mejores recuerdos de nuestra vida y no estaría bien que la sorprendiese con la boca llena. Hoy está tan guapa como en los viejos tiempos, con un poco de suerte... esta noche tenemos fiesta.

El resto de la cena transcurrió entre alabanzas a la fina cocina del restaurante, la decoración del reservado y la delicadeza de los camareros. Compartieron el mismo postre y, mientras esperaban por el café, la mujer se levantó de la mesa para ir al servicio.
Su acompañante la observó con detenimiento antes de que desapareciese de su vista. Comenzó el recorrido visual por las altas botas negras que calzaba la mujer; fue subiendo por las medias, falda, cinturón y blusa para terminar en los rizos rubios que tapizaban la parte alta de su espalda.

¡Esas piernas! ¡Cuántas veces soñé con ellas! Y ahora, doce años después, Elsa es mía y solo mía. Es verdad que esas caderas son más anchas de lo que fueron y que en su pelo se adivinan unas raíces oscuras. Bien sé que lo que se sueña nunca coincide exactamente con la realidad. Con dieciocho años todo parece perfecto, con treinta sabes que nada lo es. Pero ella se acerca mucho al ideal. Seguro que será una estupenda esposa y madre. Mi sueño cumplido.

Cinco minutos después, la mujer comenzaba a perder la paciencia delante del servicio de señoras. Golpeó la puerta tres veces con la palma de la mano extendida, con determinación y firmeza. Se oían sonidos procedentes del interior, pero nadie contestó al toque de atención. El enfado se hacía patente en su faz: fruncía el entrecejo y las aletas de su nariz permanecían en tensión. Inspiró aire profundamente y amenazó a viva voz con llamar al encargado del restaurante si no abrían. Tres minutos después, se descorrió el pestillo y salió una pareja de jóvenes entre risas y arrumacos. El chico llevaba la camisa fuera del cinturón y abrochada por un único botón.
La indignada mujer los miró fijamente, al tiempo que exclamó:

- ¡Qué vergüenza! ¡Qué falta de consideración!
- Nun me amoles, ¡déxalu ya!. Que nun ye pa tanto, muyer. Calma esos ñervios  (*)– replicó la joven sin dejar de sonreír.

(*) Nota del autor.
En lengua asturiana: “No me molestes, déjalo ya. Que no es para tanto, mujer. Calma esos nervios”.


Mientras tanto, en el reservado, el solitario treintañero sacó la pequeña caja que guardaba en el bolsillo. La abrió, echó un vistazo a su contenido y la volvió a cerrar. Repitió la operación cuatro veces. La última de ellas, el pequeño objeto azul marino se le escurrió entre los dedos y fue a parar al suelo.
Estaba agachado recogiéndola cuando la mujer regresó del escusado. Tenía las mejillas coloradas y mantenía crispados los músculos de la cara.

¿Y este dónde está ahora? Con el cabreo que llevo lo mejor será marcharse a casa.

Mierda, que me pilla

- ¿Qué hacías? - preguntó la recién llegada.
- Nada, me ataba los cordones – respondió el hombre con una voz que no transmitía mucha convicción.
- ¡Pero si tus zapatos no llevan cordones! Mira, no estoy para tonterías. Si vieras lo que me acaba de ocurrir en el baño...
- ¿Ah, sí? ¿Qué ha pasado? - la voz surgió cavernosa de su encorbatada garganta.

Que me ha pillado, tengo que distraer la atención; que se me estropea la sorpresa.

- Este restaurante ya no es lo que era. Ahora dejan entrar a cualquiera. He estado esperando en la puerta del baño un cuarto de hora por...

¿Un cuarto de hora? Cinco minutos, más bien...

- … culpa de un par de paletos que se estaban dando el lote dentro. En otros tiempos este restaurante tenía una clientela más selecta. “Nun ye pa tanto, muyer”. Eso es lo que me ha dicho la muy aldeana, como si acabara de salir de un pajar de magrearse con su maromo.

Ya le ha salido la vena señoritinga. No la soporto cuando se pone así de clasista.

- El hecho de hablar en bable no la convierte en una aldeana...
- ¡Claro que sí! Y si no es una aldeana... ¡mucho peor! Eso significaría que es una de esas que piensan que cuanto más incultas se vuelven, más progresistas son.
- Oye, Elsa. Creo que estás sacando las cosas de quicio. El asturiano es una lengua que está muy en desuso, pero no tiene nada de indigna. Es parte de nuestra cultura. Y ser aldeano tampoco es ninguna deshonra. No entiendo ese tono despectivo que utilizas.
- ¿Lengua? ¡Si solo es una jerga de ignorantes!

Pero... ¿quién se cree esta? ¿A qué viene tanta hostilidad? ¿No irá por mi padre, que de cada cuatro palabras suelta una en bable? Ya me está tocando la moral la señorita de ciudad

- ¿Estás llamando ignorante a mi padre? ¿Y a tus abuelos? Sí, esos que vivían en una aldea perdida en medio del monte. Esos que dormían pared con pared con las vacas y compartían el mismo piso de tierra con ellas. No te hagas la tonta, que me lo contó tu padre. ¿Te avergüenzas ahora de tu pasado?
- Tú no tienes ni idea de quiénes fueron mis abuelos, así que mejor te estás callado. Te recuerdo que soy abogada, hija de abogado. De un prestigioso abogado. ¡¡Y no voy a tolerar que llames a mi familia aldeana ni ignorante!!
- ¡Pero si lo has dicho tú! Mira, Elsa. Estoy muy, muy harto de que trates al resto de la gente como a seres inferiores. Sí, como a seres inferiores. Y sé de qué hablo porque en la universidad a mí me tratabas igual. Claro que en aquellos tiempos no tenía un duro y vestía vaqueros comprados  en el hipermercado y camisetas de mercadillo. Parece que hay que ser directivo de una multinacional y vestir de Loewe para ser digno de ti. ¡No eres más que una clasista, joder! - el hombre, que parecía no recordar que llevaba una caja en la mano, golpeó la mesa usándola como si fuese una aldaba.
- ¡¿De verdad crees eso?! - exclamó la mujer levantándose de la mesa de un salto – Se acabó, Javier. Hemos terminado.

Agarró el bolso y salió a toda prisa del reservado con la frente muy alta, cruzándose con el camarero que regresaba con la cuenta. El hombre hizo ademán de levantarse para ir a buscarla, pero se detuvo.

Joder, joder y joder. Ahora sí que he metido la pata. ¿Cómo arreglo yo esto? Mierda, aún tengo que pagar...

- *** -

Cuando el hombre salió del restaurante, miró a ambos lados de la calle, pero no encontró lo que buscaba. Había pocos transeúntes a las doce y media de la noche. Palpó el bolsillo del pantalón desde fuera y echó a andar hacia el parking de enfrente. Iba cabizbajo, mientras agarraba con fuerza la pequeña caja azul marino. Cuando llegó a su destino, un imponente BMW de color negro, se desplomó sobre el asiento del conductor. Permaneció allí sentado durante media hora, con los ojos humedecidos y mirando hacia un inexistente horizonte.

Siempre tienes que meter la pata. Mira que la conoces, no la vas a cambiar. ¿A qué vino eso de llamarla clasista? ¿A quién se le ocurre meter a su familia en la discusión? Un metepatas, eso es lo que eres, Javier. Por una tontería, has pasado de comprometerte con la mujer de tus sueños a romper con ella. ¿Y qué haces ahora? ¿Cómo la recuperas? Esta vez sí que está dolida, no te ha dejado ni siquiera llevarla de vuelta a Avilés. Lo peor es que has dicho lo que piensas. Porque realmente dudas del porqué Elsa está, o estaba, contigo.
¡A emborracharse! Eso es lo que harás, como en los viejos tiempos. Quizá si te acuestas borracho como una cuba no te acordarás de este desastre y al menos podrás dormir, que falta te hace.


De repente, salió de su trance. Se desabrochó la corbata, se quitó la chaqueta y dejó ambas en el maletero del coche. Pasó por la garita del cobrador para preguntarle si podría dejar el vehículo hasta el día siguiente y cuánto le costaría.
Veinte minutos después, estaba sentado sobre un taburete en la barra de una vetusta cervecería con una pinta de Murphy roja en la mano. Había entrado en el primer local con el que se topó en un errabundo paseo. Le atendió una joven camarera con unos pequeños ojos azules de gata. Durante los primeros tragos miraba de nuevo hacia ese infinito horizonte imaginario, pero ante los continuos cruces de la camarera ante su campo visual, se entretuvo siguiéndola con los ojos disimuladamente.
Ya casi había terminado la pinta, cuando sintió un pequeño toque en el hombro. Giró sobre sí mismo en el taburete y se vio sorprendido por una mujer esbelta, de pelo castaño corto y ojos color miel. La mujer sonreía, pero él parecía desconcertado.

- Soy Martina, ¿no te acuerdas de mí? De la siguiente promoción a la tuya, aunque coincidimos en clase de historia.
- ¡Claro que sí! ¡Historia de la economía, mi cruz particular! Perdona, ¡es que has cambiado mucho!

Esta tremenda mujer... ¿es aquella chiquilla delgadita? Parece imposible.

- Espero que no sea para mal...
- ¡Al contrario! - aseveró con un tono excesivamente alto -. ¿Qué haces por aquí?
- Eso tendría que preguntarlo yo, que soy la que vivo en Gijón – sonrió de nuevo –; estoy en una cena de trabajo, vinimos aquí para tomar algo después del restaurante. Pero ya se marcha todo el mundo a casa. Son unos muermos.
- Pues a mí me han dado un plantón. ¿Te quedas un rato conmigo para recordar los viejos tiempos?

Seguro que dice que no.

- Me encantaría. Además hace una noche demasiado buena como para irse a la cama tan pronto.

Tres horas después y, tras dos pintas y tres copas, Martina y Javier seguían con una alegre cháchara en un pub atestado de gente. La música estaba muy alta y tenían que hablarse al oído para poder entenderse.

Está aún más bueno que en la facultad. Sigue con ese aire ausente que me volvía loca, pero ahora tiene un toque de hombre experimentado que lo hace aún más atractivo. Espero que no siga con la pija de Elsa. Aunque por su actitud, no lo parece.

Javier le hizo una seña a su antigua compañera para que le esperase y se dirigió hacia el fondo del local, donde se hallaba el retrete. Cuando regresó, apenas tres minutos más tarde, se la encontró hablando con un hombre. Este parecía insistir en bailar con ella, a lo que Martina se negaba. Javier, con total seguridad y sin mediar palabra, la agarró por la cintura y la condujo a un baile sugerente y sensual. El hombre se retiró con gesto de derrota, mascullando con desilusión la palabra “novio”. Aunque la maniobra surtió el efecto deseado, el baile no cambió de tono cuando regresaron a su soledad envuelta por la multitud que llenaba el local. Más bien, sus cuerpos se fueron aproximando cada vez más, al ritmo de una nueva y pegadiza canción. Cuando sus rostros ya casi se rozaban, Martina le susurró al oído:

- Me vuelves loca.

¿Lo he dicho en alto?

Entonces se besaron. Fue un beso violento, al compás del frenesí musical. Ambos ladeaban sus cabezas rítmicamente siguiendo la estela de sus pasos, durando el ímpetu irreflexivo hasta que el disc-jockey dio entrada a una nueva canción, una balada. Sus cuerpos dejaron entonces de retorcerse, pero sin dejar de besarse, fueron allegándose a un rincón donde continuaron con sus desaforadas muestras de pasión.

Te estás perdiendo, Javier. Te estás perdiendo. No me pierdo, técnicamente ya no estoy con Elsa. Ha sido ella la que me ha dejado. Ahora soy libre.

Cuando en el pub se apagó la música, anuncio del cierre, Martina y Javier abandonaron por un momento sus mil besos y caricias.

- ¿Te vienes a casa? - inquirió Martina mientras se mordía sugerentemente el labio inferior.

Esta mujer no pierde el tiempo.

- Claro que sí. Nos tomaremos la última.

No me lo creo. Mi amor platónico de juventud, en mi casa, a mi merced. Se va a enterar de lo mucho que he cambiado. Voy a hacer que no olvide esta noche jamás.

El apartamento de Martina estaba a cinco manzanas del pub. Caminaron por las aceras cogidos de la mano, con paso apresurado, como si llegasen tarde a alguna imperiosa cita. La noche continuaba siendo magnífica, sin el menor atisbo de la brisa fresca del Cantábrico, a pesar de que se acercaba el alba.
Martina vivía en un edificio antiguo, con solera,  en un tercero sin ascensor.
No llegaron a tomar esa última copa. Nada más cerrarse la puerta, se miraron a los ojos sin decirse nada y se unieron en un desbocado remolino de toqueteos y ahogados jadeos. Avanzaron por el estrecho pasillo golpeándose con las paredes. A lo largo del camino hacia el dormitorio dejaron un desordenado rastro de prendas:  un cinturón junto al recibidor, una chaqueta en la alfombra, unos zapatos contra la pared.

Las horas que siguieron fueron testigos de una vorágine de cuerpos contorsionándose, en una sinfonía de cinco sentidos en su máxima expresión. Visiones de sensualidad entre ojos ávidos de complicidad, rumores de placeres jadeantes e inconfesables, aromas destilados de esencias ancestrales, sabores de especias tan exóticas como cercanas, caricias y cosquilleos de suavidad y firmeza en tierras inexploradas. Se amaron como dos aprendices que, maravillados, descubren sus secretos en el transcurso de un privilegiado tirocinio.

Desfallezco, esta mujer me mata, pero no se me ocurre mejor acabar. Hoy es mi primer día en el más allá de una vida anterior, en un nuevo mundo maravilloso y desconocido”.

Es él. Lo supe desde el primer día, hace tanto tiempo. Hemos nacido para compartir la vida juntos”.

-***-

Javier llegó a su casa de Avilés a las dos de la tarde. Ya estaba en el ascensor cuando tuvo que regresar al garaje. Había olvidado la chaqueta y la corbata que había dejado en el maletero la noche anterior. Estaba ojeroso, somnoliento, aturdido; pero una amplia sonrisa llenaba buena parte de su faz. Colgó ambas prendas de su brazo derecho y se dirigió de nuevo hacia la puerta que unía garaje y escalera. Entonces sintió el contacto de un bulto contra su cuerpo: la caja azul marino.

¡Qué noche más maravillosa y extraña! La cena es un manchón borroso, de una realidad pasada y caduca. El anillo, el símbolo de una disipada estupidez. Lo que parecía un absoluto desastre me condujo a un paraíso nunca imaginado. Martina. Martina. No me la quito de la cabeza, cada minuto sin ella me parece una eternidad.

Abrió la puerta con solo media vuelta de llave. Javier se mantuvo pensativo un instante, pero luego ladeó la cabeza y entró en su apartamento. Al fondo, un tenue resplandor iluminaba el pasillo.

Anoche estaba atontado. Ni cerré con llave, ni apagué todas las luces.

Entró en su dormitorio con intención de deshacerse de chaqueta y corbata, pero halló algo que no esperaba. Elsa estaba tumbada sobre la cama, vestida tan solo con un picardías casi transparente y unas medias rojas asidas a un liguero de lencería fina. Su cara contenía un curioso gesto con una ceja levantada y una media sonrisa. Javier se quedó petrificado con la dichosa caja en un mano, chaqueta y corbata en la otra.

¡Sorpresa, sorpresa! Pobrecito, últimamente no dejo que me toque casi nunca. Pero nada como una buena ración de sexo para una reconciliación. ¡Vaya cara más mala que tiene! Ha debido pasarse toda la noche en vela, llorando. ¿Qué será esa cajita que ya llevaba ayer? ¿Mi regalo de cumpleaños adelantado? ¡Qué ilusión!

El hombre, volvió hacia abajo ambas manos, cayendo tres objetos sobre el suelo. La caja, aún entre sus dedos, se abrió expulsando su contenido: una sencilla sortija con un solitario brillante de varios quilates que rebotó sobre el parquet, emitiendo un casi imperceptible tintineo.
Javier exploró con atención los ojos grises de Elsa. Sin decir nada, recorrió sus incipientes patas de gallo, sus amplios y flácidos pechos, sus anchas y estriadas caderas.
Entonces, bajó la vista y con un disimulado movimiento de su pie derecho, le pegó un golpecito a la sortija, suficiente para empujarla debajo de la cama.

- Me he confundido de casa. Mil perdones – fueron todas sus palabras antes de que se alejase con una extraña calma interior, semejante a un límpido cielo de primavera; en contraste con el encabritado y agitado mar de temporal que dejaba a sus espaldas.

-FIN-

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Re: [VI CRAC] Relatos
« Respuesta #12 en: 08 de Diciembre de 2010, 12:36 »
Errores reales

Dicen que la gloria de los reinos la escriben sus ejércitos y sus comandantes pero son los reyes y gobernadores los que con su imprudencia, insensatez y con su soberbia propician su sufrimiento. Los errores de los reyes, si no se subsanan, acaban revelándose, y normalmente es el pueblo el que sufre los reveses.

Cuenta la historia que en el reino de Grün hubo un príncipe consentido que se enamoró locamente de una esclava, Tiara, cuyos ojos, cuales gemas engastadas en unas estilizadas facciones enmarcadas en una larga melena morena, habían hipnotizado al heredero; sus padres, no pudiendo permitir semejante deshonra mandaron encerrar a la esclava en las catacumbas del castillo para que el futuro rey no pudiera ser visto públicamente con ella. El príncipe, superando su odio, les pidió que la cambiaran a una celda de la torre para que al menos pudiera ver la luz del sol y, a cambio, él se desposaría con quienes ellos eligieran. Por supuesto, los reyes aceptaron sin reparos. Dos días después, el príncipe y la esclava desaparecieron del castillo y no hubo nadie en todo el reino que los viera huir ni siquiera vieron a nadie subir a la torre aquel día.

Cincuenta años más tarde.

La celda estaba en orden, la paja cubría el suelo de manera uniforme, como recién esparcido, el camastro parecía no haberse usado la noche anterior, el cuenco de la cena se vislumbraba cerca de la portezuela lateral por donde se les daba a los presos la amalgama de trigo, agua y hierbas, todo estaba como se esperaba, a excepción de que la celda estaba en silencio, sus barrotes no recibían traqueteos, ningún movimiento se revelaba en su interior, en definitiva, estaba vacía. Hasta siete soldados se congregaron ante la celda, su asombro era mayúsculo, no había escondite ni salida posibles en aquel espacio cerrado entre paredes de piedra maciza, con la salvedad de un ventanuco situado muy por encima del alcance de cualquier preso que, aparte, estaba cubierto de cristales rotos y custodiado por barrotes, por si a alguien se le ocurriera pensar en sobrevivir a una caída de más de treinta metros, que eran los que separaban el ventanuco del suelo. Aun y así nadie abrió aquella estancia sin que su comandante se personara allí y decidiera cómo proceder.

El comandante Crumm no tardó en llegar, de aspecto sofocado y con la respiración alterada se notaba que la noticia le había sobresaltado dejando todo menester que le ocupaba para presentarse ante la celda vacía, la celda vacía en la que debía encontrarse Carrel, el más sanguinario violador que habían conocido los reinos de Grôling y de quien ni siquiera canciones o poemas habían sido escritas por la crudeza y la violencia que presentaban sus víctimas. Los soldados se apartaron ante el andar nervioso y irritado de su comandante, sus ojos inyectados en sangre denotaban que pronto se pronunciaría como así fue.

-¡NOOOOOOO! ¿¡Cómo es posible que Carrel no esté en la celda!? – En la mente de Crumm comenzaban a amontonarse recuerdos e imágenes de la sonrisa histérica de Carrel junto con conjeturas sobre cómo se había podido escapar de su celda sino era con ayuda de alguien. En cualquier caso, decidió actuar rápidamente. – ¡Abrid la celda, quiero inspeccionarla ahora mismo!

El comandante Crumm y sus soldados revisaron cada centímetro de la celda, removieron cada brizna de paja y presionaron cada roca de las que conformaban las paredes en busca de algún rastro, señal o vestigio que pudiera indicarles cómo un hombre podía haberse escapado de aquella estancia aislada. Pero conforme había empezado a sospechar, y después de no encontrar nada que delatara una huída fraguada desde el exterior, todo indicaba que alguien de dentro había dejado escapar a aquel asesino despiadado.

-¡Quiero ver a todos los sirvientes y soldados del castillo reunidos en el salón comedor cuanto antes! Capitán, dispones del tiempo que tarde en hablar con el rey. Si alguien está durmiendo lo despertáis, si alguien no quiere venir lo detenéis y lo traéis por la fuerza, y si os enteráis de que alguien no está donde debería lo apuntáis en una lista para buscarlos en cuanto dé la orden.- La última frase del comandante quedó en el aire mientras daba la vuelta y se dirigía a grandes zancadas a informar a su rey.

La vista con el rey no se alargó demasiado, aunque la primera reacción había sido de furia y de reproche hacia su comandante, pronto recapacitó y le preguntó qué pensaba hacer para capturar de nuevo a Carrel.

- Comandante Crumm, no tengo dudas de que sois el primer interesado en capturar de nuevo a esa alimaña inmunda de Carrel. Sé que en parte esto no habría pasado si le hubiera escuchado cuando pidió su muerte cuando le capturasteis, pero el día de mi envestidura juré ante todo el pueblo de Grün que la pena de muerte no volvería a existir, y pienso cumplir mis promesas.

- Lo sé, mi rey, y en parte esa fue una de las razones por las que le juré lealtad absoluta, pero Carrel no puede ser considerado un ser humano y seguro que todo habitante del reino estaría de acuerdo en que se hiciese una excepción en este caso. Muchas son las familias que perdieron a sus hijas a manos de ese malnacido…

El porte majestuoso del rey se iba empequeñeciendo a pasos agigantados, como si de golpe todo el peso de su reino hubiera sido colocado sobre sus hombros, y su actitud también se vio alterada. – Capturadle, por favor, comandante. Haced todo lo que creáis oportuno y disponed de cuantos soldados necesitéis para cazar a ese hombre, y hacedlo rápido, el pueblo y vuestro rey os lo pedimos.

- Así lo haré, alteza. –  El comandante se irguió y tras una leve reverencia salió por la puerta decidido a dar caza a Carrel.

Mientras se dirigía al salón comedor, donde había de reunirse con su capitán y toda persona que estuviera en el castillo, Crünn no pudo evitar darle vueltas a la última orden de su rey, si es que se podía diferenciar entre orden y súplica. Él siempre se había sentido orgulloso del rey de Grün, desde el día de su investidura nunca había actuado en contra de su pueblo y sus leyes habían sido justas y consensuadas con la corte, mostrándose como un soberano generoso y querido. Una vez más, hoy había vuelto a dar fe del amor que le profesaba a su pueblo con aquellas últimas palabras de forma tan sentida: el pueblo y vuestro rey os lo pedimos.

Sumergido en sus pensamientos el comandante llegó al salón comedor donde su capitán y una veintena de sus soldados confianza habían empezado a interrogar a los allí reunidos. Los sirvientes estaban confundidos, se les preguntaba dónde habían pasado la noche y si sabían de alguien que ayer noche hubiera visitado el castillo o si por casualidad habían visto merodear a alguien alrededor de la torre de encarcelamiento al amanecer. Nadie había visto nada y las preguntas siguieron hasta que Crumm pidió silencio.

- Soldados, sirvientes y demás personas que aquí os encontráis, el motivo por el cual os hemos reunido aquí y por el que os estamos interrogando es porque esta noche se ha escapado un preso, y no un preso cualquiera. – Tras una eterna pausa que muchos aprovecharon para intercambiar miradas con quienes tenían a su alrededor pero no suficientemente larga como para que empezara a generarse un murmullo, Crumm continuó. – No os voy a ocultar su identidad, esta noche Josef Carrel, el violador que atemorizó el reino de Grün hace cinco inviernos, se ha escapado de su celda situada en lo alto de la torre oeste. Al parecer ha recibido ayuda desde dentro, ya que la reja que le impedía salir no estaba forzada ni las paredes ni la ventana habían sido alteradas. Por lo tanto, a nadie se le permitirá salir del castillo hasta que se dé con el culpable. Cualquier cosa que recordéis o que os llamara la atención podría servirnos para averiguar dónde pueden estar ahora la bestia sanguinaria de Carrel y su cómplice o cómplices.

Pasaron más de dos semanas en las que no se encontró el más mísero indicio de quién podía haber liberado a Carrel ni de cómo lo había podido hacer, ya que las llaves de las celdas superiores estaban fuertemente custodiadas y muy pocos hombres tenían acceso a ellas. Hombres que por otra parte eran de absoluta confianza para Crumm pero que tubo que poner bajo arresto debido a la presión que recaía sobre el comandante.

En el reino de Grün el miedo se había apoderado de la gente, nadie se atrevía a salir solo una vez el sol empezaba a caer y mucho menos si se trataba de una mujer o un niño. Todo el mundo sospechaba que aquel sádico andaba cerca y no iban desencaminados; a los pocos días se confirmaron los peores auspicios al descubrirse el cuerpo exánime de una muchacha de apenas diecisiete años cerca del río.

Por más soldados que se desplegaron a lo largo y ancho del reino y por mayor ahínco que puso el comandante Crumm en la búsqueda del desalmado, lo único que consiguieron fue recoger tres cadáveres más que terminaron de minar el ánimo de la gente de Grün, así como el de los soldados. La desolación era palpable en todos los rincones, tanto dentro como sobretodo fuera del castillo, y con cada nueva víctima el rey se hundía más en un sopor que le robaba la vitalidad y la salud.

La situación parecía que ya no podía ir a peor. El comandante se vio obligado a instaurar el toque de queda para minimizar la actividad en el reino con tal de evitar que Carrel pudiera aprovecharse de las horas de poca luz. Se prohibieron las salidas del pueblo que no fueran anunciadas y posteriormente autorizadas por la corte, que solo permitía peticiones comerciales. Incluso se había obligado a todas las mujeres jóvenes a pasar las noches dentro del castillo para evitar nuevos crímenes.

Cada noche se pasaba lista de cada mujer y niña del pueblo para confirmar que no  hubiera una nueva víctima, y durante semanas esa lista se mantuvo inamovible. Pareciera que habían conseguido que Josef Carrel no volviera a matar, pero realmente solo estaba preparando su último gran golpe antes de irse a otro lugar.

Como solía hacerse, el salón comedor se iba llenando de muchachas que tras dar su nombre se las iba reubicando en las diferentes estancias del castillo, pero aquella noche el recuento no fue completado. Cuando el comandante llegó exhausto de su búsqueda casi ininterrumpida se topó con la desgarradora noticia. Su propia hija no se había presentado aquella noche y las caras de la gente que le rodeaban tenían un semblante aciago respecto a qué había podido pasar.

- ¡¿QUÉ?! – jadeó Crumm. – No puede ser, la he visto esta misma tarde después de comer. Debe de haber algún error. – Empujando a sus soldados salió corriendo hacia el salón gritando el nombre de su hija con lágrimas bañándole la cara y perdiendo las fuerzas justo al pie de las escaleras que daban acceso a aquella estancia vacía donde esperaba encontrar a su hija. Allí no había nadie, y allí cayó derrumbado el comandante hasta que se le acercó el sacerdote y le puso una mano en el hombro. No hacía falta decir nada.

El comandante Crumm pasó la noche en su celda gritando y llorando y clamando venganza. Se escucharon juramentos que hacían retumbar hasta los cimientos del castillo. A la mañana siguiente el rey en persona fue a buscarlo a su celda con las manos tapándose la cara y pidiéndole perdón, una actitud que consternó a Crumm que no se esperaba ni dicha visita, ni el estado de la misma.

- Comandante Crumm tengo que confesarle un secreto que me está carcomiendo por dentro y que ya no puedo guardarme más. Como es sabido en el reino, soy el rey, pero no siempre lo fui o por lo menos no siempre estuve destinado a serlo. Soy el menor de dos hermanos y si no hubiera sido por la desaparición de mi hermano, esta corono hoy no descansaría sobre mi cabeza.

- Pero, ¿por qué me cuenta todo esto ahora?, no lo entiendo. – le dijo Crumm a su rey quien se había quitado la corona y ahora la contemplaba entre sus manos.

- Verá comandante, siendo yo un niño que apenas empezaba a entender el mundo que le rodeaba, mi hermano, el príncipe heredero, era conocido por su fama de caprichoso y por desgracia nuestra madre se lo consentía todo en ausencia de nuestro padre. Esta actitud acabó por ser fatal para todos. Cuando contaba veinte años, mi hermanó se encaprichó de una esclava con la que empezó a verse a escondidas y de la que acabó enamorándose perdidamente. Como es natural, nuestros padres no querían ni oír hablar de dicha relación y mandaron encarcelar a la esclava en las catacumbas del castillo para zanjar el problema de raíz. – El rey paró para resollar profundamente antes de continuar con la historia. – Por aquel entonces mi hermano ya no era un crío al que mis padres pudieran maniatar fácilmente, así que aprovechando que la torre de encarcelamiento estaba en construcción obligó al arquitecto a que se construyera una entrada secreta en una de las celdas que únicamente pudiera abrirse desde el interior y mediante un pasaje que quedaría escondido entre dos paredes de celdas contiguas. Lo había pensado todo, al tratarse de una torre redonda, si se construían celdas con paredes rectas, quedaría un espacio en forma de prisma trigonal en que un acceso quedaría camuflado y de la existencia del cual nunca nadie se daría cuenta. Sobra decir que una vez construido, mi hermano se encargó de silenciar al arquitecto. Dos lunas después la torre quedó acabada y el plan del quien estaba destinado a ser rey entraba en su fase final. Mi hermano había seguido viendo a Tiara, la esclavas a escondidas y pidió a nuestros padres que aceptaran trasladar a Tiara de las catacumbas a alguna celda de la nueva torre donde, por lo menos, podría ver la luz del sol. Él, a cambio, accedería a casarse con la heredera del reino de Targal, con quien nuestro padre había establecido ya algún contacto.

El rey dejó de hablar para fijarse en el semblante del comandante Crumm que a distinguir por como se empezaban a arquear sus cejas y a abrir su boca, se podía decir que empezaba a atar cabos.

- Así pues, y como ya sabéis, dos días después de que la esclava fuera trasladada mi hermano y ella desaparecieron y nunca más se supo de ellos… pero esta historia no es del todo cierta. Dos años después de aquel incidente mi hermano se encontró con nuestro padre durante un viaje de visita y le explicó la verdad de lo ocurrido, desde la construcción del pasaje secreto, hasta como escapó y donde se escondió con la esclava, que recientemente había muerto. En su desesperación, mi hermano le pidió a nuestro padre que le perdonara y que le permitiera volver, que nunca más volvería a desobedecerle. Pero mi padre se negó, la ofensa de mi hermano había sido demasiado grande y varios reinos vecinos se habían reído de él por no haber sabido educar a su primogénito y haber permitido que se escapara con una esclava. Aquel mismo día mi padre me lo explicó toda la historia, que acaba con el destierro de su propio hijo, y juntos nos adentramos en la gruta secreta cuya entrada estaba en el lecho del río, a unos treinta metros de la torre de encarcelamiento.

- Pero, ¿cómo has podido guardar silencio durante todo este tiempo?, ¿cómo permitiste que encarcelaran allí a Carrel sabiendo que existía una posibilidad de que pudiera escaparse? – La rabia contenida le hacía erguirse por encima de su propio rey a quien ya no veía con los mismo ojos. Su respeto, su admiración todo se había desvanecido en un instante tras la confesión que acababa de hacerle.

Sin pensárselo dos veces cogió por el brazo al rey y le obligó a ir al río para encontrar la entrada de que recién le había hablado y, de nuevo, como hiciera con su padre, el rey volvió a adentrarse en la gruta, esta vez acompañado del comandante de su ejército. Avanzaron rápidamente por debajo del castillo hasta llegar a la altura de la torre y ascendieron por una escalera de caracol que llegaba hasta la maldita celda, justo allí, tanto el rey como el comandante encontraron su destino.

Nunca más nadie volvió a ver al rey de Grün ni al comandante Crumm. Por la mañana el pueblo se había congregado junto a la puerta del salón comedor para recoger a sus hijas y mujeres y nadie se percató de que dos hombres habían salido corriendo del castillo en dirección al río.

Aquella misma tarde, se encontró el cuerpo muerto de la hija del comandante. 

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« Respuesta #13 en: 08 de Diciembre de 2010, 12:36 »
El Rayo de la Aurora


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« última modificación: 28 de Abril de 2013, 12:39 por ayrendor, Razón: Petición del autor. »

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Re: [VI CRAC] Relatos
« Respuesta #14 en: 08 de Diciembre de 2010, 12:37 »
Los neovicios


Un campo de hierba, verde y fresca con un fuerte aroma agradable a la nariz, salpicado de flores y del rocío de la mañana. Un sol radiante en un cielo azul calentándolo todo. Nasar descansaba placidamente en una silla, sintiendo la brisa en el rostro.
Levanto lentamente su copa de vino, bebiendo y saboreando cada gota del líquido violeta. Disfrutar de cada instante de la vida a través de cada poro de nuestro cuerpo era casi un arte. El placer supremo.
La tranquilidad era tan absorbente que la sacudida pareció aun mas violenta.
Un aturdimiento, la visión nublándose y dando vueltas antes de que todo desapareciera.
El aroma, el calor, el sabor y el tacto.
¿Acaso se había quedado ciego? No, no era eso. Tenía los ojos cerrados.
¿Qué había pasado?
Abrió los ojos nuevamente; solo entonces sus sentidos fueron saturados.
Veía un cuarto sucio y frío con una ventana por la cual se filtraba la lluvia. El se encontraba en unos harapos que algún día quizás habían sido blancos y delante de él estaba sentada una mujer en bata.
– ¿Qué es esto? – Pregunto, pero el pronunciar esas palabras provoco un dolor en su garganta.
– Finalmente – Dijo la desconocida.
– ¿Qué hago aquí? –
– ¿Acaso no lo recuerda? – Pregunto la doctora, levantando una ceja y comenzando a tomar apuntes en una libreta; Nasar probó con su memoria, sin embargo era como entrar a una biblioteca muy muy antigua.
– No recuerdo nada – Dijo, rindiéndose luego de buscar infructuosamente algo distinto a su casa en aquel campo – Quiero volver a mi hogar – Exigió.
– ¿Su hogar? –
– Si, a mi cabaña –
– Usted nunca tuvo una cabaña –
– ¿Pero que dice? Estaba muy tranquilo allí hace un momento cuando aparecí aquí –
– Ah, eso – Dijo la mujer – Cuénteme donde vivía –
La pregunta extraño a Nasar. Observo alrededor y vio que solo había una puerta en la sucia y fría habitación.
– ¿Donde estoy? –
– Lleva aquí cinco años ya; es un manicomio – Dijo la mujer; pero Nasar soltó una risotada.
– Vivo en mi cabaña desde que tengo memoria – Dijo – O tal vez esto es simplemente un sueño –
– ¿Una cabaña hermosa, rodeada de belleza y sin ninguna preocupación? – Inquirió su interrogadora.
– Si, así es. Esa es –
– Bueno, señor Nasar, usted debe tomar con calma lo que voy a decirle: Usted nunca estuvo en ninguna cabaña como la que describe; su mente se ha aislado del mundo real durante los últimos cinco años, que es cuando lo internaron.
Un silencio incomodo lleno aquel rincón del mundo, roto por una sonora carcajada de Nasar, que fue sofocada inmediatamente por el dolor de su garganta.
– ¿Dice que este es el mundo real? ¿Qué estoy loco? – Pregunto Nasar; su actitud había desconcertado a la doctora, quien no esperaba tal reacción.
– Si; este es el mundo real, usted ha vivido en una alucinación creada por su mente –
– ¿Qué es lo real? ¿Aquello que se puede sentir? – Pregunto Nasar con sorna – Yo podía sentir el viento en mi rostro, saboreaba cada gota de delicioso vino, olía el aroma de las flores.
– Pero no era real, no existía –
– ¿Y que le garantiza que esto existe? – Dijo Nasar. Entonces cayó en la cuenta de recuerdos… ¿Nuevos? No, no eran nuevos, simplemente los había olvidado; clases de filosofía en lo que parecía mucho tiempo atrás.
– Dígame, ¿No le interesa conocer esta realidad? – Dijo la doctora, evidentemente eludiendo la pregunta.
– Podría ser; ¿Puedo? – Inquirió Nasar; mas la respuesta probablemente seria negativa, tomando en cuenta el sitio donde había… aparecido. Para su consternación, la mujer asintió a la vez que se levantaba de su silla.
– Acompáñeme –
Nasar comenzó a levantarse del frío suelo; sus piernas no respondían apropiadamente por no haberlas usado en mucho tiempo en aquel mundo. Con un esfuerzo enorme finalmente pudo tenerse en pie, comenzando a caminar en dirección a la puerta.
Más bastaron unos pocos pasos para que sus piernas se acostumbraran; afuera de la habitación pudo ver un pasillo igual de deprimente; la lluvia se filtraba por goteras, acumulándose como charcos en un suelo sucio y con lozas rotas, dándole un aspecto de alcantarilla.
– ¿Qué es este sitio? –
– La institución en la que fue internado –
– En otras palabras, manicomio –
– Preferimos no usar esa palabra –
– Llámelo como quiera, no me importa –
Sus pasos resonaban fuertemente por el pasillo y armonizaban con el goteo constante; pese al agua y el frío, Nasar no sentía incomodidad alguna en su cuerpo. Hizo otro esfuerzo, tratando de recordar algo de ese mundo.
– ¿Por qué este sitio es tan deplorable? –
– Estamos en el ala abandonada; aquí se depositan los casos que se consideran sin solución cercana –
– O sea irremediablemente locos; deje de usar eufemismos – Ordenó Nasar.
Continuaron caminando, y gradualmente las losas rotas fueron reemplazadas por un suelo impecable y las goteras fueron desapareciendo; tonos blancos comenzaban a desplazar la suciedad.
– ¿Esta es un ala mejor cuidada? –
– Son tres; el ala de los pacientes a poco de salir, los pacientes recién llegados y el ala de los casos perdidos – Dijo la doctora con crudeza. Nasar sin embargo agradecía que dejara de usar eufemismos.
Al cabo de diez minutos el cambio era total; estaban en una gran sala, con una salida en cada pared, siendo la suya solo una de cuatro; en dos muros estaban apilados varios televisores de tamaño medio, y en los otros dos muros, un conjunto de computadores, todos en uso por los internos.
– ¿Por qué están todos estos aparatos? –
– Unos estudios revelaron que hay una mejor recuperación si los pacientes tienen contacto con el mundo exterior – Dijo la mujer mientras señalaba los televisores – Por otro lado, el Internet ofrece la oportunidad de que los internos interactúen con otra gente sin riesgo para ellos.
Por alguna razón, estas palabras le sonaban extrañamente familiares; pero no podía precisar por que. Ambos fueron dando una vuelta alrededor de la sala, en la cual todos los aparatos se encontraban en uso por los internos que se mantenían absortos en las pantallas frente a ellos.
– ¿Cuánto tiempo permanecen aquí? –
– Todo el tiempo que no duermen, comen o reciben tratamiento –
– ¿Cuál es su índice de éxito? –
– Todos a excepción de usted lograron integrarse con éxito a la comunidad –
Aquellas palabras eran conocidas por Nasar; fue observando pantalla tras pantalla, las cuales mostraban las mismas imágenes. Recordó que había algo mal en todo eso, pero no sabía que era exactamente.
No. Si lo sabia, solo que no lo recordaba.
– ¿Cómo se llevan entre ellos? –
– Los pacientes no interactúan entre ellos –
– ¿No quieren o no les dejan? –
– Ambos –
Nasar se inclino sobre un paciente que usaba una computadora; este se encontraba absorbido por una pagina que el reconoció.
– No es real – Le dijo; el sujeto solo volteo su cabeza, dirigiéndole una mirada ausente.
– Algunos preferimos la ilusión a la desesperación –
Un suave pitido claramente audible lleno toda la sala; al momento todas las pantallas se apagaron y los internos se levantaron, dirigiéndose a una de las cuatro salidas de la sala.
– Ya es hora de dormir – Aclaro la doctora – Le enseñare su nueva habitación –
Nasar la siguió en silencio, ya que al fin y al cabo no necesitaba de nada para volver a su realidad. Esta lo condujo a una habitación blanca y limpia que contrastaba poderosamente con el sucio rincón donde estuvo al abrir los ojos a esta realidad.
– ¿Aun no recuerda nada? – Pregunto su acompañante, inquisitiva y con un tono leve de emoción en la voz; el simplemente negó con la cabeza. Al momento siguiente la mujer cerró la puerta, dejándolo solo en su habitación con un camastro empotrado.
Nasar sintió el impulso de salir, pero su instinto le decía que espere; así fue pasando el tiempo hasta altas horas de la noche. Como en un impulso, el se acerco a la cama y metió un dedo en el pequeño agujero bajo esta; palpo un objeto de metal, que al extraerlo pudo ver que era una llave, probablemente de esa habitación.
Ahora tenía la seguridad; había estado antes allí. Ya no tenía mucho sentido quedarse, pero aun le picaba la curiosidad por ver el exterior.
Escudriño el pasillo por la pequeña ventanita de su puerta; no se veía nadie. En silencio giro la llave, abriendo la puerta y saliendo de su habitación.
Los corredores estaban desiertos y lúgubres; en algún lugar de su mente surgió el mismo sitio pero atestado de gritos y desvaríos, mas esa noche todo estaba silencioso.
Camino lentamente, sintiendo el frío en sus pies descalzos; pero no importaba, solo deseaba ver algo mas antes de marcharse. Era todo cuanto ese mundo podría ofrecer.
Fácilmente ubico la salida en sus recuerdos; el lugar había cambiado poco desde la última vez que estuvo ahí. Ya afuera, vio un guardia que le dio las buenas noches y continuo leyendo.
Finalmente estaba fuera.
Al parecer, la noche estaba por terminar, a juzgar por el levísimo tono celeste del cielo que anunciaba al sol. Tenía poco tiempo para explorar antes de que se den cuenta de su ausencia.
Fue caminando en medio de la calle pavimentada; a su izquierda y derecha se encontraban casas pequeñas, todas construidas de la misma forma.
Se acerco a una al azar, la cual tenia como todas un jardín trasero y delantero, con angostos pasillos a los costados para permitir el paso. Nada especial.
Eligio una ventana al azar y miro por ella; dentro había un gran desorden y suciedad, lleno de envoltorios de plástico y cajas pequeñas,  en medio de aquel caos había un pequeño espacio libre de aquella basura.
¿Qué era? ¿Acaso un interno? No, no lo era. Era alguien sano.
Pero no había diferencia entre este y aquellos hombres que había visto dentro del manicomio; al igual que estos, se encontraba completamente absorto ante la pantalla de plasma de la computadora sin prestar atención a nada más. Una leve abertura en la pared dejaba escapar un poco de la intensa peste del interior, que no parecía afectar al hombre.
Se alejo de allí y comenzó a caminar; ya el sol comenzaba a despuntar cuando vio un letrero mediano sobre la puerta de un pequeño bar. Extrañamente, su cerebro aun recordaba todas las definiciones de aquellas palabras que probablemente no había usado en años.
Entró en aquel sitio cuyo tenue aroma alcohólico apenas era perceptible; el lugar era bastante pulcro para un bar. Apenas había una persona sentada en la barra, y de hecho dormía junto con el cantinero.
Salio del lugar y fue caminando lentamente. A lo lejos podía escucharse los equipos de búsqueda que evidentemente iban tras el.
Daba igual. Con una melancolía inexplicable comenzó a caminar por la calle; las pocas ventanas que se veían mostraban invariablemente a alguien sentado frente a una computadora.
Entonces recordó, y comprendió.
Nasar se sentó tranquilamente contra un muro mientras el sol iluminaba tenuemente el ambiente; las únicas personas que estaban en la calle ahora eran sus captores y la mujer.
– Ya recuerdo todo – Le dijo a la doctora – Usted era mi esposa –
Un silencio rodeo el lugar, roto rápidamente por un susurro.
– ¿Por qué te fuiste? – Pregunto la mujer – Un día simplemente te encontramos en estado catatónico –
– Mira a los pacientes – Replico – ¿Cuál es la diferencia entre ellos y la gente “cuerda”? – Suspiró –Ninguna. Así de simple. Esos sin embargo son los que se están por reintegrar a la sociedad, pero ¿Qué sociedad? La gente ya no fuma, ya no bebe, y en cambio es esclava de la televisión y el Internet. Son los neovicios – Rió entre dientes, recordando que así había llamado esa situación por primera vez. Había poca diferencia entre su adicción a una pantalla, que la adicción al alcohol.
¿Qué diferencia había entre su mundo y aquel en el que toda esa gente vivía?
– Quédate – Pidió su mujer, con lágrimas en los ojos.
– ¿Para que? Soy más feliz allá; hay poca diferencia entre mi catatonia y la vida que lleváis, pegados a pantallas de plasma –
Nasar fue cerrando sus ojos lentamente, dispuesto a marcharse. Sus oídos pudieron captar por última vez los gritos de todas aquellas personas.

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Re: [VI CRAC] Relatos
« Respuesta #15 en: 08 de Diciembre de 2010, 12:37 »
EVA

Eva tenía 7 años cuando me enamoré de ella. Solía observarla los martes y los jueves, sobre la hora de la merienda, en el parque que estaba enfrente de su casa. Recuerdo que yo siempre compraba un paquete de Pall Mall y unos chicles de menta en el quiosco, me sentaba en el banco más alejado de su madre y fingía leer el periódico.
Lo que más me gustaba era cuando se encontraba con otros niños del barrio y jugaban al escondite. Eva corría tan rápido como le permitían sus piernecitas, que no era mucho, pero siempre se le ocurrían los mejores escondites. Era muy lista para su edad. Yo fantaseaba con que algún día se escondiese detrás de mi banco, se encogiese a mi lado y me pidiese que le guardara el secreto, mientras me miraba con esos ojitos azules que hacían que yo me derritiese.

Ella era preciosa. Me encantaban su carita redonda y su sonrisa tímida, su piel blanquísima y su inocencia infantil. Sus padres estaban separados desde que tenía 4 años, pero a ella nunca le faltó el amor en casa; tal vez porque era tan tímida que no lo necesitaba, o quizás se volvió tan tímida al estar desacostumbrada.
Tenía un hermano pequeño (tres años menor que ella) cuyo nombre olvidé hace tiempo – para mí en cualquier caso nunca tuvo más relevancia que por ser “el hermano de Eva”. Ella era muy crítica con él; a veces parecía no comprender que era demasiado pequeño, insistía ingenuamente en reprocharle cosas que él jamás dejaría de hacer mientras sirviesen para sacar de quicio a su estoica hermanita. Se querían mucho.

Me podían el brillante castaño de sus cabellos, su olor dulzón y su suave tacto entre mis dedos. Entonces lo llevaba a la altura de los hombros, con un juguetón flequillo cruzado que mantuvo hasta los 13. Tardé mucho en darme cuenta de que me estaba enamorando de ella, y me resultó muy difícil de asumir. Era algo que jamás había sentido antes en toda mi vida, o que creía haber sentido pero nunca había alcanzado a experimentar como con Eva.
Y me dio miedo.

Me enamoraba de ella su candidez, su personalidad tan pura y casi heroica. Era extraordinaria la forma en que estaba madurando para convertirse en la estricta definición de una persona buena y transparente, pues carecía de ningún motivo especial en su vida para formarse un carácter así. Era especial, una rareza, una agradable sorpresa. Jamás en todos mis años había conocido yo a alguien con un aura tan luminosa, y cuando me miraba a los ojos yo deseaba alcanzar esa luz; la sentía como mía, y por mucho que intentase olvidarla ya no podía.
Y para poder quitarme su luz de mi cabeza, traté de hacerla desaparecer. Por eso maté a su gato.

Su madre era tan consciente como yo de que no había nadie que le diese tanto cariño a su hija como él, y se asustó. Sentó a Eva frente a su silla y le dijo, con expresión grave pero serena, que Miyu se había escapado y quizás nunca volvería. Eva estiró sus bracitos y rodeó a su madre con ellos, buscando el cariño de su abrazo. Ella sonrió y se lo dio sin rechistar, con lágrimas en los ojos.
Lo que su madre no sabía es que Eva no le daba el abrazo para ser consolada, sino para consolar a su frágil madre. Podía sentir su soledad, la sentía truncada por un divorcio del que se arrepentía y abrumada por criar sin ayuda a dos niños que a veces parecían no dejar de portarse mal. No es que ella comprendiese todo eso, era demasiado pequeña; los motivos eran para ella cosas de mayores. Lo que entendía era su dolor. El dolor es el mismo para todos nosotros.

Me arrepentí mucho de no atreverme a jugar con ella cuando todavía tenía esa edad, antes de que se hiciese demasiado mayor; fue una oportunidad única en la vida que desaproveché porque vivía orgulloso de mi pretendida adultez, feliz con mis convicciones. Creía que estaba en posesión del conocimiento absoluto; me sentía superior, calculaba haberlo vivido todo. Qué equivocado estaba.
Me daba vergüenza pensar en ello, pero debo reconocer que ella me enseñó a mí antes de los 15 años mucho más de lo que yo pude enseñarle a ella.

Ella me enseñó a encontrar la diversión en las tareas más tediosas, y nunca dejó de desafiar a la autoridad cuando la causa era noble. Por mucho que yo la intentase hacer sentir culpable, Eva no se dejaba arrastrar por las opiniones de las personas a su alrededor.
Ella fue mi gran fracaso.
Nunca pude despojarla de esa terca indulgencia con la que al parecer nació. Cada palo que la vida le dio sólo sirvió para hacerla más fuerte, y os prometo que fueron palos muy duros, pero nunca pude ponerme a su altura. Me superaba. Jamás encontré un desafío que ella fuese incapaz de vencer, se resistía a jugar según mis reglas. Sin saberlo, me obligaba a mí a jugar según las suyas.
Ella no me necesitaba.
Por primera vez en mucho tiempo, sentía que me encontraba frente a frente con un igual.
No podía dejar de pensar en ella.

Descuidé mis otras ocupaciones por encargarme personalmente de su seguimiento. Yo no solía ser tan directo si no se trataba de una situación extrema, pero su capacidad de oposición me fascinaba. Aspiraba a llegar a comprenderla algún día. Intenté una y mil veces diseccionar su colosal mente bajo las más variopintas excusas, pero por mucho que me esforcé apenas alcancé a vislumbrar una pequeña parte de su exuberante mundo interior.
Era tan hermoso.
Yo no sabía que un ser humano fuese capaz de esconder tanta belleza en lo profundo. Desde luego, jamás habría sido capaz de imaginarlo durante mi anterior vida como humano. Y ese era el problema que Eva tenía; no encontraba a nadie capaz de apreciar todo lo que ella escondía. Seguramente ni ella misma era consciente de ello.
Ella se merecía a alguien capaz de ver más allá de sus barreras. Se merecía que hiciese una excepción. Mis colegas lo entenderían algún día.

Fue maravilloso redescubrir el sexo con ella a los 16, acompañarla en su primera gran borrachera a los 18; bailar con ella en su fiesta de promoción a los 19. Verla llorar como una niña otra vez a los 24, en la sala del cine, cuando Jack soltó a Rose y se hundió en el fondo del mar. Demonios, hasta yo acabé llorando.
Se me reprochó muchas veces que estaba siendo parcial con ella; creían que trataba de sobreprotegerla, pero yo nunca quise aislarla de los avatares del destino que nosotros estamos obligados a profesar sobre los humanos que un día fuimos. Mi interés en ella era puramente egoísta, lo que intentaba era aplacar mis propios y viscerales deseos.
Me sorprendí a mí mismo pensando en términos tan humanos; creía que había perdido mi capacidad para la autocomplacencia tras la muerte de mi cascarón humano y mis colegas no dejaban de reírse de mí, pero me resultaba tan evidente como doloroso.
Yo la necesitaba.

Cada vez que ella se encontraba con alguien especial, ahí estaba yo. Interpreté el papel de centenares de personas en su vida, siempre con un nombre y una cara nueva. Adopté todo tipo de personalidades, fui puliendo con el tiempo mi yo aparente de acuerdo con sus gustos y con sus necesidades en las circunstancias de cada momento. Me encantó dejar que algo de mi auténtico yo salpicara a menudo nuestras conversaciones, y gracias a eso nuestras experiencias juntos fueron gratificantemente imperfectas.
Lloré por ella la primera vez que me dejó por algún gilipollas, volvía a casa preguntándome si se aplicaría los consejos que acababa de darle un desconocido. Me sentí orgulloso de ella cuando logró sobreponerse a que su novio atleta de metro noventa la maltratase. Fue la más cariñosa de las dueñas cuando pasé unos años como su gato (se lo debía, después de lo que le hice a Miyu), y para mí fue un honor ofrecerle mi hombro para llorar en sus momentos de debilidad.
Eva era algo personal. Me hacía sentir mariposas en el estómago.

Era demasiado doloroso para mí estar condenado a mentirle siempre. Con cada relación fracasada y amistad insatisfactoria, me resultaba más difícil ignorar la cruda realidad: ella jamás sería capaz de conocerme a mí. Todo lo que podía llegar a saber de mí eran las máscaras que yo me pintase, ella jamás podría comprenderme en mi desnudez. Me sorprendí a mí mismo seleccionando las aficiones que más conversación me daban con ella, adoptando roles que se oponían a mis propias creencias con la vaga esperanza de que sirviera para que algún día me abriese su corazón. Ella ponía el filtro y yo me adaptaba servil, esperando el momento de despertar en ella la magia que su sonrisa todavía despertaba en mí.
Se suponía que yo debía ser su destino, pero ella se había convertido en el mío.
Ella era mi adversidad. Y a mí nadie podía protegerme.

Intenté abandonarla por todos los medios. Traté de volver a mi rutina y dejar que el tiempo nos permitiese olvidarnos mutuamente. Le entregué un hombre espléndido, un chico ideal al que tardé cinco años en moldear de acuerdo con sus gustos. Utilicé todos mis conocimientos sobre su persona para dar forma a un titán extraordinario; calculé al milímetro cada una de sus experiencias vitales pensando en todo lo que ella había apreciado alguna vez de mí. Cuando se vieron por primera vez fue como si se conociesen de toda la vida. Él era la suma de todos mis fracasos y frustraciones; poseía lo único que le faltaba a Eva y yo no podía darle, una verdadera energía vital, genuina humanidad rica en desafiantes imperfecciones. Él podía ofrecerle los retos que yo nunca encontré para su poderosa mente.
Sé que halló la felicidad, y me alegré por ella. No me resistí a permanecer en algunos roles secundarios en su vida, sólo para comprobar qué tal les iba. El mejor amigo de su hermano, la mujer de su casero, una de las palomas del parque en el que jugaba de niña. Pequeños papeles desde los que supervisar su unión. Lloré de felicidad y tristeza al mismo tiempo en su boda, y me sentí tan bendecido como ellos cuando supe que esperaban un hijo.
En realidad, había estado esperando ese momento desde el principio.

Esta noche, exactamente a las 23.34, Eva dará a luz a un hermoso bebé que pesará 3100 gramos y al que su padre ha propuesto llamar Albert. Será rubio, con los ojos azules de su madre y la nariz de su padre. Tendrá una infancia muy feliz gracias a dos extraordinarias personas que, no tengo duda, serán dos de los mejores padres del mundo.
Justo a esa hora yo me encontraré en la habitación de al lado en el hospital, ocupando el cuerpo de un enfermo terminal de cáncer de páncreas al que provocaré una obstrucción total de miocardio escasos segundos antes de que Albert nazca. Morir otra vez será un pequeño precio a pagar a cambio de abandonar los dolorosos recuerdos de una existencia que se me antoja demasiado larga; tener la oportunidad de volver a empezar desde cero, con la persona que amo a mi lado, siendo al fin correspondido. Con un mundo completamente nuevo que conquistar.

Sólo en el preciso momento en que mi espíritu abandona mi cuerpo por última vez, con la alarma del encefalograma plano despidiéndose de lo que queda de mi antiguo ser y el cuerpo vacío de Albert al alcance de mis dedos, soy capaz de comprender la verdad que había estado todo este tiempo oculta ante mis ojos. El tiempo, incluso para nosotros, nos reserva sorpresas que apenas somos capaces de imaginar.
Porque el corazón del recién nacido que estoy a punto de ocupar, en contra de lo que yo esperaba, carece de ningún tipo de alma y requiere mi transferencia para empezar a funcionar como un verdadero ser humano; de no haber hecho la locura que acabo de hacer por amor, el hijo de Eva habría nacido irremediablemente muerto y mi sacrificio es lo que en última instancia está dando forma a su hijo.
Y sé con certeza que no se trata de ninguna particularidad de este niño en concreto, que progresó adecuadamente a lo largo del embarazo y goza de una salud general de hierro. Se trata del gran engaño que yo y los míos hemos sufrido durante una eternidad, el propósito que cumplimos cuando nos volvemos demasiado viejos para continuar este trabajo y es necesario reciclarnos.
Yo no soy especial, y tanto yo como mis compañeros, esos que tanto se rieron de mí al conocer mi experiencia, estábamos destinados desde el principio (quizás por agentes superiores a nosotros) a enamorarnos de nuevo cuando apareciese la persona indicada, tal vez cuando nos volviésemos demasiado cínicos y estuviésemos demasiado desengañados para seguir rigiendo los destinos de este mundo.
Y con el amor renacería nuestra humanidad, y con nuestros esfuerzos los humanos llegarían algún día a encontrar hombres y mujeres tan compatibles como el que yo tardé cinco años en moldear para Eva. La energía vital de la siguiente generación de humanos no podía surgir de la nada, debía provenir de alguna generación anterior, pues al igual que cualquier otro tipo de energía no puede crearse ni destruirse, sólo transformarse.

La revelación de este secreto apenas dura una fracción de segundo en mi mente, el tiempo preciso para terminar de morir y renacer sin ningún recuerdo de mis infinitas vidas anteriores. Visualizo a Eva más cerca de mí que nunca, la veo sonreír como la primera vez que la vi.
En todo este tiempo nunca había deseado poseerla. Sólo había querido que ella me poseyese a mí.

-Te amaré siempre.

Ha sido un niño.

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Re: [VI CRAC] Relatos
« Respuesta #16 en: 08 de Diciembre de 2010, 12:38 »
Fin.

Por favor, NO posteeis en este hilo. Usad la Arena.

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