Autor Tema: I Certamen de relato de Terror y Suspense 106 __Relatos__  (Leído 7562 veces)

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I Certamen de relato de Terror y Suspense 106 __Relatos__
« en: 24 de Abril de 2011, 20:36 »
Gracias a todos por vuestras historias y el mal rato que vamos a pasar.

En orden aleatorio.


* Sin salida.

* Macabra.

* La última pieza.

* Noche dogona.

* Basado en un hecho real.

Relatos, Autores, Votaciones y Podio

Sin salida__Eumolpe
Macabra__Wind_Master
La última pieza__Lance
Noche Dogona__Lomeron
Basado en un hecho real__Deke

Sin salida_Macabra_La última pieza_Noche Dogona_Basado en un hecho real_
Lance5585-6075
Eumolpe-80657060
Wind_Master35-496565
Lomeron526765-70
Deke17364126-
Ayrendor5585907278
z6666565696575
Mime4070586577
Dartan6070606852


Macabra_______________558
Basado en un hecho real__552
La última pieza__________497
Noche Dogona__________491
Sin salida______________379


Enhorabuena. Mime, que es un amor, tiene unos regalos. Gracias Mime!
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« última modificación: 24 de Mayo de 2011, 20:28 por Mskina »
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Re: I Certamen de relato de Terror y Suspense 106 __Relatos__
« Respuesta #1 en: 24 de Abril de 2011, 20:38 »
Sin salida

-¡¡Eureka!!- Walter Pinsky creía haberlo encontrado. Todo parecía indicar que había dado con una nueva fuente de energía capaz de revolucionar el mercado mundial. Sus estudios eran eminentemente teóricos y decidió tomarse unos días de asueto en su casa de la montaña para comprobar que no había cometido ningún error.

Muchas multinacionales seguían muy de cerca sus investigaciones, y no todas ellas esperaban que tuviera éxito, en cualquier caso, Walter no quería publicar sus resultados antes de tiempo. Estaba seguro de que si era capaz de desarrollar una prueba de concepto que apoyara toda la base teórica que había desarrollado, optaría al premio Nobel. No era cuestión de ser imprudente, en cualquier caso, seguro que conseguiría un gran reconocimiento por parte de la comunidad científica y, por supuesto, la sociedad.

Pidió al taxista que parara en el punto donde la carretera asfaltada daba paso a una especie de camino de tierra que se empinaba ladera arriba. La casa de Walter estaba situada en lo alto de una montaña donde no llegaba la corriente eléctrica. Su suministro de agua venía bombeado por una cañería instalada en una colina cercana, que abastecía a los cuatro o cinco habitantes de la zona. Tenía algún electrodoméstico básico que funcionaba con gas butano, que iba renovando cada quince días, gracias a una iniciativa del ayuntamiento del pueblo más cercano, dando servicio a los que decidían instalarse en sus montañas. Como Walter solía decir, era su retiro espiritual. Allí se encontraban él y la naturaleza y casi todo lo que ésta no podía producir era prescindible.

Como solía hacer siempre que se disponía a repasar sus investigaciones más recientes, se preparó una tortilla de tres huevos recién puestos y se torró dos buenas rebanadas de pan de payés, que junto con un buen vino le saciaban el apetito antes de lanzarse a su trabajo. Vaciados plato y copa encendió tres velas más en el candelabro para tener suficiente luz y, al ir a posarlo sobre la mesa del estudio, un duro golpe en la nuca le noqueó dejándolo tirado en el suelo.

El candelabro nunca llegó a posarse sobre la mesa, sin embargo cayó al suelo de la casa prendiendo las cortinas de la ventana adyacente. La viejas cortinas actuaron como excelentes brasas haciendo expandirse el fuego como si de pólvora se tratase. El denso humo despertó a Walter de su inconsciencia, pero sin apenas tiempo para montar una imagen de la situación que le rodeaba, un súbito tirón en sus piernas le hacía perder la levemente erguida postura que había adoptado, golpeándose la cabeza directamente contra el suelo llevándolo de nuevo a la oscuridad.

Un par de casas estaban ardiendo y a Walter lo molestó un poco ser incapaz de enfocar la mirada; de repente notó un extraño sabor a lana en la boca, le habían puesto una mordaza, aunque no quería preocuparse por eso de momento. También empezó a notar que unas cuerdas le apretaban las muñecas contra las caderas, pero tampoco le hizo caso a eso. Los incendios que veía ante sí copaban toda su atención aun y lo mucho que le costaba fijar la mirada en ellos.

Haciendo un esfuerzo sobrehumano logró rodar sobre la tierra en la que yacía y le sorprendió ver dos lunas en el cielo. Su cerebro era incapaz de comprender lo que veían sus ojos, estaba seguro que los golpes recibidos le habían afectado seriamente, y no tardó en deducir que estaba viendo doble, y por tanto solo había una casa ardiendo, la suya. Concentrándose todo lo que pudo, lo cual significó un esfuerzo sobrehumano, logró que las dos lunas se fundieran en una sola. Al conseguirlo, inclinó de nuevo la cabeza y vio solo un incendio. Un rayo pareció abrirse paso a través de la tremenda confusión de su mente y, de pronto, fue consciente de todo cuanto le rodeaba: la tierra bajo su espalda la hierba rozando su cara y sus rasgadas muñecas fuertemente atadas.

De repente, una náusea repentina hizo que su última comida a base de tortilla y pan le viniera a la boca y Walter, con el cuerpo envarado, se obligó a luchar contra el reflejo y volvió a tragarlos. La brisa nocturna helaba su sudor, sintió frío, el esfuerzo le había perlado todo su cuerpo. Con un nuevo esfuerzo sobrehumano, Walter desechó el pensamiento de qué habría ocurrido en caso de vomitar mientras aún estaba inconsciente, y tenía la mordaza en la boca. Entendió que tenía que librarse de dicha mordaza; la empujó todo lo que pudo con la lengua y la sostuvo entre los dientes de modo que pudiera volver a empujar con su lengua. Cuando creyó que ya no podía empujar más la mordaza empezó a roerla hasta que abrió una pequeña brecha, que hizo ceder la lana fuera de su boca dejándola libre para respirar.

Intentó recordar cómo había llegado hasta allí, pero solo recordaba los golpes y el tirón que sintió en sus piernas justo antes de perder el sentido por segunda vez. Viéndose incapaz de recordar nada más, pero seguro de que quien le hubiera sacado de la casa no tardaría en volver a buscarle, se centró en intentar desatarse las manos. Sin darse cuenta, mientras forcejeaba contra las cuerdas empezó a desplazarse hasta que empezó a rodar ladera abajo.

Rápidamente empezó a sentirse mareado y notó que empezaba a perder de nuevo la recién recobrada claridad mental, pero su avance ladera abajo era imparable. Nuevos accesos de náuseas le sobrevinieron, pero esta vez no pudo evitarlos y agradeció infinitamente el haber conseguido quitarse la mordaza. Pero ese agradecimiento pronto se extinguió al encontrarse a sí mismo en el aire, tensándose su cuerpo instintivamente, cayendo segundos después a un río de agua helada. De pronto, todos sus esfuerzos se concentraron en intentar salir del agua, o por lo menos sacar la cabeza para poder respirar. Cuando por fin consiguió asomarse sobre la cortina de agua sus pulmones parecían no querer llenarse de aire, como si estuvieran aturdidos, y, sin darse cuenta, volvía a estar sumergido con todas sus extremidades inutilizadas, y aunque era consciente de ello,  inconscientemente agitaba piernas y brazos contra sus ataduras, sin resultado.

Entonces lo vio claro, como si de pronto toda la situación se hiciese nítida, como si todo lo que le rodeaba se detuviera. – Ahora es cuando me muero-, pensó, pero siguió pataleando, y como un resorte su cabeza volvió a asomarse fuera de agua, esta vez sí, tragando una bocanada de aire.

Pasado el intenso pánico inicial, se concentro en repetir su último movimiento y resultó que no le era muy difícil flotar con los pies por delante, llevado por la corriente del río. En cualquier caso, no podría seguir así eternamente. Conocía aquel río y sabía que pocos centenares de metros más abajo se ensanchaba, al juntarse con otro río más calmado que cruzaba su camino. De pronto, sus pies chocaron con algo, haciendo girar el cuerpo de Walter en redondo y golpeando su hombro fuertemente contra la orilla. El siguiente golpe fue en la cintura y el grito de dolor que lanzó espantó a todos los pájaros que se posaban en las ramas de los árboles cercanos. Un último golpe contra una enorme roca que superaba el nivel del agua, lo dejó varado contra la corriente en un equilibrio precario. Con un pequeño giro consiguió afianzar su posición en la roca y empezó a limar las cuerdas que le ataban las muñecas contra los bordes afilados por el efecto del agua. La lana de que estaban hechas cedió con bastante facilidad, seguramente gracias a estar empapadas y a tratarse de lana vieja, pero justo en ese momento, una rama que bajaba arrastrada por el río se le enredó en las piernas tirando de Walter nuevamente río abajo. La situación se tornaba desesperante y sus fuerzas disminuían a pasos agigantados.

Unos minutos más tarde, y tras haberse dejado hasta el último gramo de energía por seguir respirando, la corriente del río se calmó al mezclar sus aguas con otro río, tal y como Walter esperaba, dándole la posibilidad de agarrase a la orilla y deshacerse de la endemoniada rama, que apunto había estado de acabar con su vida. Tras descansar un poco su cuerpo se esforzó por auparse fuera del cauce del río donde se quedó tendido y exhausto.

Cuando despertó estaba medio atontado, le pareció volver a tener el indeseable sabor a lana con el que había vuelto a la consciencia la última vez. Aterrado confirmó que volvía a estar amordazado y atado de espaldas a un árbol. Por más que movió la cabeza a un lado y a otro no consiguió ver a nadie y por más que intentó gritar, apenas si lograba emitir algún sonido audible. Desesperado, empezó a agitar los brazos contra la corteza del árbol para cortar las cuerdas, pero con cada movimiento se rasgaba la piel de las muñecas causándole un dolor tremendo. Tras pensarlo unos instantes concluyó en que si quería tener alguna opción de salvar su vida tendría que deshacerse de las ataduras, aunque tuviera que dejarse las muñecas en sangre viva y enseguida se puso a ello.

No podía imaginar quién podría estar detrás de todo esto. no había conseguido ver a su captor pero éste le había seguido la pista durante su demoledor descenso por el río. Cuando por fin se liberó las manos y el resto de correas que le inmovilizaban se alejó de allí inmediatamente.

La noche empezaba a dejar paso a la mañana cuando a Walter, asustado y desorientado en mitad del bosque, le pareció escuchar unos disparos a lo lejos. Rápidamente salió corriendo en dirección contraria, con tan mala suerte que metió un pie en una trampa para lobos, que le dejó el tobillo destrozado y sangrando. Aunque intentó no gritar, su garganta le traicionó y un penetrante chillido de dolor inundó todo el bosque, perdiendo el sentido por enésima vez.

Al despertar, lo hizo de la misma forma en la que había perdido el sentido, gritando a pleno pulmón debido al dolor que sintió cuando le quitaron la trampa para lobos del tobillo.

-¿Está usted bien?. – Le preguntó un cazador a quien no había visto en su vida. Sin apenas poder articular palabra, Walter desfiguró su cara en un gesto de dolor como toda respuesta. -¿Qué hacía corriendo a estas horas de la mañana por el coto privado de caza?, ¿me escucha usted?. Tendré que atarle un lazo por encima de la herida para que no se desangre. Muerda esta rama porque le va a doler.

Apenas el nudo se había apretado por encima de su tobillo se escuchó un disparo que atravesó el pecho del cazador, empapando de sangre la cara de Walter. El cuerpo inerte del cazador cayó hacia un lado, dejando al descubierto al hombre que había transformado lo que iba a ser una apacible estancia en un completo infierno.

Walter no reconoció a aquel tipo fornido que recargaba su escopeta con suma tranquilidad y apuntaba hacia algún lugar por encima de sus ojos. Justo antes de escuchar el sonido del disparo que acabaría con su vida, Walter reconoció la mochila en la que guardaba los archivos de la investigación que quería repasar en su casa de la montaña. Justo antes de escuchar el sonido del disparo que acabaría con su vida, Walter lo comprendió todo.
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Re: I Certamen de relato de Terror y Suspense 106 __Relatos__
« Respuesta #2 en: 24 de Abril de 2011, 20:40 »

Macabra

Acto I: Pecado


El sonido hueco que producía la cabeza de la ramera contra cada escalón era lo único que perturbaba la penumbra, mientras una figura encorvada la arrastraba de los delicados pies.

Una vez llegó al final de la escalera, metió la mano entre sus ropajes y sacó una llave de aspecto desgatado. La introdujo en la cerradura de la puerta que tenía justo detrás y la giró. Entonces, las antorchas que alumbraban la estancia proyectaron su titilante luz sobre ambos. La figura se volvió para asir de nuevo a la desdichada muchacha, pero comprobó que esta estaba recuperando el conocimiento. Sin pensarlo dos veces, metió la mano entre sus ropajes por segunda vez y extrajo una cachiporra, con la que le propinó un golpe en la cabeza.
- No os agradaría despertaros ahora, os lo aseguro. – Susurró al tiempo que se inclinaba sobre ella. Su aliento apestaba a vino.

Un aroma, mezcla de perfume barato, sudor y lujuria le acarició la nariz. Sus turgentes pechos asomaban entre sus ropajes oportunamente abiertos. Un pensamiento lascivo cruzó fugazmente por su mente, y su miembro comenzó a palpitar dentro de sus pantalones. Mientras el alcohol y una parte animal de su cerebro le instaban a beneficiársela allí mismo, otro olor lo asaltó. Pero este no era agradable, era repugnante. Nauseabundo. Agrio.
Cogió aire antes de entrar en la estancia, arrastrando a la prostituta.


Sólo había una palabra para lo que contemplaban sus ojos: horrible. Incluso esa palabra se quedaba corta. Aquello era mucho más que horrible. Era antinatural. Un espectáculo dantesco.

Se dio la vuelta entre arcadas, pero no pudo reprimir el vómito.
- No soy mala persona. No soy mala persona. - Se repetía a sí mismo una y otra vez al tiempo que se limpiaba la boca con la manga. Un sonido asqueroso y húmedo llegó desde detrás, y lo hizo vomitar de nuevo.


En el suelo frío todavía quedaban restos de su profanación: unas trazas complejas, heréticas, y sangre. Un gran charco de sangre reseca. Y aún irradiaba maldad.
- Hay cosas que están por encima del entendimiento del hombre. – Dijo una voz, quizás su afónica conciencia, desde lo más profundo de su torturada mente. Quizás la única parte humana que residía dentro de él. – Los hombres deberían conocer sus propios límites.

- ¡Cállate! – Respondió a la nada. – Cállate

Y cayó de rodillas, mientras sollozaba como un niño pequeño.


Era hermosa. O así la recordaba. Recodaba su pelo, oscuro y lacio, cayendo como una cascada por sus hombros. Su piel era tersa y delicada.
Había amado muchas veces su cuerpo, pero cada vez que la evocaba, la recordaba con menor nitidez. Y tenía miedo de que esa imagen desapareciera para siempre. No. Tenía miedo de que aquella imagen fuera reemplazada para siempre.
- Ya no te queda ni eso. – Dijo la voz. – Sólo el pecado.

Pecado era la palabra.


De nuevo, otra desdichada meretriz bajaba las nefastas escaleras con los pies por delante. Aquel repiqueteo anuncia la muerte inminente de la chica, como una oscura sombra que se cernía sobra ella.

Era un acto cruel, lo sabía, y sabía que sólo podía hacerlo porque estaba borracho. El alcohol hacía que la carga fuera menos pesada, que pareciera una lejana pesadilla a la mañana siguiente.

Llegó hasta la puerta, sacó la llave y la abrió. Una bofetada asquerosa lo golpeó en plena cara. Notó cómo sus tripas se revolvían, así que se apresuró. Tiró de la chica hasta meterla dentro de la habitación y la acercó suficiente. Ya se dirigía a la salida cuando un gritó de terror le destrozó los tímpanos, adormecidos por el silencio mortuorio. Se giró, horrorizado, y comprobó que la chica se había despertado justo a tiempo para presenciar su agónico final.

Por un momento quedó petrificado, pero un nuevo grito desgarrador hizo que sus piernas echaran a correr en la dirección contraria, como alma que lleva el diablo. Subió todo lo rápido que pudo la escalera, mientras intentaba escapar de la escena, pero su voz era más rápido y lo aguijoneaba a cada exhalación como una bandada de hambrientos cuervos.


Los gritos habían cesado, pero no dentro de su cabeza. Se reproducían una y otra vez, y lo hacían temblar de puro miedo. Aún recordaba su hermoso rostro desencajado por la visión de lo que tenía delante.
Alzó la mano temblorosa y aferró la botella. Se la llevó a la boca, pero estaba vacía.

Aquella visión parecía haber abierto una caja llena de horrores enterrada en lo más profundo de su alma a golpe de copa y botella.
- Nunca antes… - Masculló.
- Esos gritos que escuchas ahora son de todas las vidas que has arrebatado. – Dijo la voz. – Eres un pecador, y un asesino. Eres un pecador por partida doble. Te mereces ir al séptimo anillo infernal.
- ¡No! – Exclamó, solo, en su cuarto.
- ¿Quieres que te cuente lo que le espera a los hombres como tú? – Prosiguió.
- No, por favor. – Rogó mientras intentaba espantarla con las manos.

Triste visión para un hombre que una vez había sido brillante y que había amado sinceramente.



Acto II: Aceptación


Sabía que tarde o temprano aquello iba a pasar. La voz se había corrido por el burgo, lo que le hacía cada vez más difícil buscar prostitutas que accedieran a acompañarlo fuera de él sin hacer preguntas. Su aspecto tampoco inspiraba confianza; al revés. Últimamente parecía más un pordiosero que una persona de bien, con sus ropajes sucios y apestando a alcohol, y su barba y melena mugrientas. La gente lo evitaba casi como si fuera un leproso, pero sabía que no se debía a eso. Se debía a que sus actos habían sido tan transgresores, que los demás podían verlos como un estigma en su propia frente. Estaba marcado.

Una parte de su alma, si es que aún la conservaba, se alegraba de ello. Aunque nadie echara de menos a aquellas desgraciadas, algo se volvía más oscuro dentro de él con cada víctima, por mucho que él intentara engañarse.

Regresó de nuevo, bien embozado, más por vergüenza que por otro motivo. Miró en la despensa, pero sólo halló unos cuscurros de pan mohosos y el poso de una polvorienta botella volcada.

Aquello era mejor que morir de hambre.


Algo lo despertó súbitamente en mitad de la noche, por enésima vez. Era una voz amarga. Y, aunque él sabía que no era capaz de articular ninguna palabra inteligible después de lo sucedido, tenía la certeza de que era la suya.
- Yo también tengo hambre. – Dijo a la oscuridad.
- ¡Aliméntame! – Contestó la voz etérea. – ¡Aliméntame!

Candelabro en la mano, bajó con cuidado las escaleras frías mientras se arropaba con una manta andrajosa. Llegó al final de las mismas, pero no se atrevió a entrar.
- ¡Tengo hambre! – Aulló la voz irreal desde dentro.

Abrió la puerta con pesadez, y se adentró en la penumbra, pues las antorchas se habían consumido. Las velas que portaba no eran suficientes para alumbrar la estancia, o quizás era que no querían hacerlo. Decidió dejar el candelabro en el suelo y dio unos pasos hacia la oscuridad. El olor se había vuelto aún más agrio e insoportable, si es que aquello era posible. Un tintineo metálico le indicó que estaba lo suficientemente cerca.
- Lo siento. – Se disculpó. – Hoy tampoco lo he conseguido.

Hubo un sonido inarticulado y un tintineo.
- La verdad es que no puedo seguir haciéndolo. No más. – La llama de la vela danzó.

Otro sonido, húmedo, casi de succión.
- Tampoco hay nada para mí. – Se disculpó. – Ya ni siquiera queda vino.


Relámpagos crepitaban a su alrededor. El aire se volvió denso por unos momentos, casi irrespirables. Y, después, silencio. Un silencio insufrible. Incluso antes de que la neblina venenosa se dispersara, sabía que todo había ido terriblemente mal.

Algo lo aferró por la pierna, y entonces contempló su pecado por primera vez.

Toc, toc. Soy la locura llamando a tu puerta. Y gritó. Vaya que si gritó.



Acto III: Redención


Se había visto obligado a beber su propia orina y comer sus excrementos. No podía salir afuera; su culpa pesaba más que nunca. Le doblaba el espinazo y lo hacía caminar encorvado. El fin estaba cerca. Lo sabía. Lo merecía.

Ella moría de hambre también. La escuchaba, martilleando su cabeza una y otra vez. A quién parecía que ya no escuchaba era a aquella otra voz humana.
- Quizás ha muerto. No lo sé. – Masculló con su boca reseca y llena de llagas.

Se arrastró fuera de la cama y asió el candelero, cuya única vela estaba prácticamente consumida. La encendió y la protegió con la mano, temiendo que si esta se apagaba, lo haría para siempre. Y él también.

Bajó las escaleras con dificultad, pues se encontraba muy débil, e hizo un esfuerzo casi titánico para abrir la pesada puerta de madera. La atmósfera dentro de la habitación era irrespirable, pero eso ya poco importaba. Avanzó hasta que sus pies chocaron con algo en el suelo.
Se trataba de sus viejos muebles. Él mismo los había hecho pedazos y los había bajado semanas atrás, previendo el final.

Se agachó y cogió un trozo no demasiado grueso. Lo prendió con la pequeña llama de la vela y lo colocó con cuidado entre los demás. El fuego saltó de un pedazo a otro, ávido de combustible, al igual que ellos. La madera reseca chasqueaba mientras se iba extendiendo como un mortífero círculo a su alrededor. Y, entonces, la contempló.

Apresada a la pared por unas gruesas cadenas que se hundían en su abotagada carne se encontraba. Si alguna vez había sido humana, no lo aparentaba. Su cuerpo había crecido incontrolablemente, como un tumor, y había colapsado. A lo largo de su fisonomía tenía heridas que rezumaban sangre y pus. Sus órganos palpitaban bajo su amarillenta carne, y parecían más vivos que nunca a la luz danzante de la hoguera. Pero lo más cruel de su aspecto era la parte alta de su cuerpo, un mero tonel de carne. Tenía una formación de pelo ralo y largo, pegado a su piel por la porquería. Un agujero asqueroso remataba la formación, que exhalaba aire a intervalos irregulares.

Cuán horripilante era la criatura superaba las mismas palabras.

El fuego había alcanzado una proporción considerable y se cercaba sobre ellos. La alta estancia se estaba llenando poco a poco de humo, pues la escalera no ofrecía salida suficiente.

Una llama bailó delante de él, y lo hizo apartar la vista un segundo, pero cuando volvió a mirar quedó estupefacto. No estaba delante de un engendro, sino de su esposa. Tal y cómo él la recordaba.
- ¡Dios mío! – Masculló, y se restregó los ojos. Su maltrecho corazón palpitó los que sabían que eran sus últimos latidos. – Esto no puede ser.

Continuó observándola, ignorando cómo las llamas comenzaban a lamer sus piernas enfermizas.
- ¿Realmente eres tú? – Preguntó, y dio un paso hacia delante. Ella asintió con un gesto grácil.
Dio otro paso, pero tropezó y cayó de bruces contra la madera. No notó la sangre que manaba de su nariz y su boca, y resbalaba por su pecho.

Una mano se posó con suavidad sobre su hombro y lo ayudó a incorporarse poco a poco. Ambos se miraron durante un segundo que pareció eterno y entonces se abrazaron. Sus huesos crujieron y se partieron, incapaces de aguantar el peso. Una sonrisa de dibujó en su boca.

Y comenzaron a arder como una vela, mientras se apresuraba a alimentarse por última vez antes de que el fuego la consumiera por completo.
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Re: I Certamen de relato de Terror y Suspense 106 __Relatos__
« Respuesta #3 en: 24 de Abril de 2011, 20:41 »
La última pieza

Desde que tengo uso de razón siempre he tenido un gran interés por coleccionar puzzles. Ya sean grandes o pequeños, con temas fantasiosos o paisajes hermosos. Pero nunca me podría imaginar, recibir aquel puzzle tan extraño.

Para empezar hay que volver a hace un par de meses, cuando mi tío me regaló uno de los puzzles más complicados que había podido encontrar. Como conoce mi gran afición a estos mundos de piezas pequeñas no dudó en comprármelo. La verdad es que parecía apasionante. Son sólo mil piezas, pero lo bonito de este puzzle es que es todo blanco. No forma ninguna imagen impresa, no tiene nada para guiarse a la hora de hacerlo. Simplemente representa la nada.

Según mi tío, era un puzzle de una zona de Rumania de la cual no recuerda el nombre. Me dijo que cuando entró en una tienda y vio aquella caja no pudo resistirse a comprarlo. La caja lo atraía con aquella inscripción que tenía: “Vuélvete loco para resolver un puzzle imposible”.

En aquellos momentos solo tenía una cosa en mente: empezar a resolver aquel puzzle imposible.

Me lo llevé al taller, un espacio vacío y tranquilo dónde podría concentrarme con aquel rompecabezas y donde tenía colgados los otros que ya había acabado. Empecé por lo más sencillo, buscar las cuatro esquinas y todas las piezas que tuviesen algún borde. Mi sorpresa llegó cuando era imposible localizar algunas piezas de esas características.

En ese momento me di cuenta que el puzzle no era cuadrado o rectangular, sino que era circular.

Un problema y una complicación, pero a la semana ya había conseguido montar el esqueleto exterior del puzzle. Una silueta blanca circular, como un anillo perfecto, se extendía frente a mí, el problema iba a ser resolver el interior de ese anillo.

Pasaban los días y no conseguía avanzar nada. Perdía el tiempo en aquella habitación intentando encontrar dos piezas que encajaran, y con el paso del tiempo me quedaba hasta altas horas de la madrugada en el taller intentando resolver un puzzle imposible.

Una noche caí dormido encima de aquel desorden de piezas, y entonces empecé a oír voces que pedían ayuda.

Aquellas voces gritaban desesperantes, llenas de dolor como si las personas que emitían los gritos estuviesen encerradas y siendo torturadas. Cuando intenté fijarme de dónde venía el ruido no había nadie a mi lado, pero seguía oyendo las voces.

Mi sorpresa fue mayor cuando me di cuenta que las voces, los gritos, provenían de las piezas blancas. Todas chillaban, todas sollozaban, como si estuviesen atrapadas en un maleficio.

No entendía nada, no conseguía comprender sus palabras exactamente. Pero entonces oí una voz familiar. Mi voz. Miré de dónde provenía, era de una pieza que no había sacado de dentro de la caja.

Una pieza negra.

Cuando la cogí para verla mejor, me di cuenta que mi imagen estaba grabada en ella. No comprendía nada de aquello, mi imagen de la pieza gritaba desesperadamente, pero tan rápido que no conseguía entender ninguna palabra.

Poco a poco, los gritos de mi réplica fueron disminuyendo a medida que la imagen de la pieza se convertía en una calavera. En ese momento noté como mi mano se volvía también esquelética.

Me asusté y reaccioné, despertándome de aquella pesadilla. El taller seguía igual, las piezas en la mesa y nada había cambiado. Había sido solo eso, una pesadilla, una alucinación posiblemente causada por el cansancio. En la caja no había ninguna pieza negra, y mi cuerpo seguía perfectamente carnoso.

Sabía que era prácticamente imposible resolver el puzzle, y cuánto más lo intentaba, más problemas y dolores de cabeza me daba. Así que cuando llegó el verano decidí alejarme del taller y de aquellas piezas.

Me marché de la ciudad hacia la costa y me alojé en un hotel. Relajarme en la playa me despejaría la mente. O al menos eso creía.

Una noche me desperté de repente. El aire acondicionado había fallado y hacia mucho calor en la habitación. Fui al lavabo a mojarme la cara y cuando volví a mi cama una silueta estaba frente a mí.

Parecía un rey, pero un rey de la época medieval. Antes de poder decirle algo, él me habló primero, más bien me advirtió. Me contó una historia, de la cual no recuerdo la mitad, pero me habló de una maldición relacionada con el puzzle. Una maldición que te atrapaba y no te dejaba escapar, que te ligaba al puzzle de por vida. Me dijo que me deshiciese lo más rápidamente del puzzle.

Me asusté, le grité y le pedí que se marchara. Pero cuando me acerqué a él, el cuerpo del rey se desmoronó en mil pedazos. En mil piezas de puzzle.

Sentí miedo y salí corriendo de la habitación. Aquello no era un sueño, era real. Fui corriendo hasta recepción y pedí un cambio de habitación rápidamente. Cuando me preguntaron los motivos, respondí que el aire acondicionado iba mal y el ambiente en la habitación era insoportable.

Me cambiaron de habitación amablemente y me dijeron que cuando arreglasen el aire podría volver. Yo les dije que no hacía falta.

Me dirigí a mi nueva habitación y ya pude descansar tranquilamente. Mi semana de vacaciones transcurrió perfectamente hasta el día de mi salida del hotel. Antes de marchar pregunté si en mi antigua habitación habían encontrado algo tirado por el suelo, y ellos me dijeron que no.

Aquello me incomodó, ¿seguro que habría ocurrido lo de aquella noche? ¿Era posible que no hubiesen encontrado todas aquellas piezas en las que se deshizo la extraña figura?

Pero lo que realmente me incomodó fue cuando me explicaron el motivo de la avería del aire. Parece ser que había un objeto dentro del aparato bloqueando el sistema. Aquel objeto era una pieza de puzzle, una pieza completamente negra.

Marché rápidamente del hotel con el coche. Me fui de la costa con un mal recuerdo y cuando volví a la ciudad, me dirigí rápidamente a mi taller. Me iba a deshacer del puzzle de una vez por todas.

Al entrar en el taller todo seguía igual que la última vez. Tenía todo el contorno del puzzle con forma de anillo formado, y el resto de piezas, esparcidas por el medio. Cuando cogí una pieza para guardarla se resbaló de mi mano cayendo al lado de otra, con la que encajaba perfectamente.

Algo había cambiado, veía toda más claro, que pieza juntar con cuál. Poco a poco fui completando aquel círculo blanco.

De repente la venta se abrió y una fuerte corriente de aire me dio en la cara. Cuando reaccioné, me encontré rodeado de una infinidad de personas, niños, jóvenes, adultos. De distintos sexos y nacionalidades pero parecían disfrazados, como si viniesen de distintas épocas. Entre ellos el hombre que interfirió en mis vacaciones. Aquel rey.

Todos me advertían que no completara el puzzle, que la maldición continuaría, me intentaban agarrar, pero yo les golpeaba. Cada vez que intentaba librarme de ellos una serie de piezas de puzzle volaban de sus cuerpos por todos lados hasta que conseguí deshacerme de todos ellos, quedando mi taller con un suelo cubierto de piezas de distintos colores.

Estaba asustado, pero el puzzle me atraía a él como la fuerza de la gravedad. Seguía colocando piezas hasta que casi lo completé. Digo casi porque fallaba algo, faltaba una pieza.

Miré en la caja donde venía el rompecabezas, estaba vacía. En la mesa había encajado ya todas las piezas. La única posibilidad era que hubiese caído al suelo, pero ahora el suelo estaba lleno de piezas, me iba a ser imposible encontrarla.

Pero lo peor fue cuando intenté meter mi mano para revolver la montaña de piezas del suelo. Mi mano se empezó a deshacer en piezas de puzzle.

Mi mano se estaba desmontando en pequeños fragmentos frente a mí. No sentía dolor, sentía que me empezaba a faltar algo. Intenté gritar pero mi boca se deshizo en piezas rojas, intenté huir pero mis piernas se convirtieron en piezas de un color vaquero como mi pantalón.

Estaba atrapado no podía huir. No debía haber avanzado tanto en el puzzle. Así que como última opción extendí la mano hacia la mesa, la puse sobre el círculo blanco que había formado y lo tiré al suelo. Desmontándolo.

Al abrir los ojos estaba tirado en mi habitación. No había millones de piezas de colores por el suelo y mi cuerpo seguía perfectamente formado. Únicamente quedaban las piezas blancas del puzzle esparcidas por el suelo. Guardé rápidamente el puzzle en la caja y volví a mirar la inscripción que tenía la caja: “Vuélvete loco para resolver un puzzle imposible”.

Y aquella era la verdad, me había vuelto prácticamente loco por culpa del puzzle. Un puzzle imposible de resolver, ya que antes de resolverlo pasabas a formar parte de él y sus piezas.

La ventana seguía abierta. La fui a cerrar y cuando me acerqué resbalé con algo precipitándome por la ventana.

Algo que no había recogido y seguía en el suelo del taller, algo con lo que me había resbalado cayéndome por la ventana. Algo que posiblemente al principio estaba en la caja.

La última pieza del puzzle.

No estoy seguro, pero creo que lo que causó mi muerte al caer por la ventana fue la última pieza del puzzle, la que nunca llegué a recoger.

Una pieza negra.
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Re: I Certamen de relato de Terror y Suspense 106 __Relatos__
« Respuesta #4 en: 24 de Abril de 2011, 20:44 »
Noche dogona


Eran más de las doce cuando el último tren del día se detuvo en su parada de Corvisart. Solo cuatro personas salieron del convoy hacia los desiertos andenes. Delante, a paso más bien rápido, una mujer de unos treinta años, alta y de raza negra, buscaba la salida al exterior con cara de preocupación. Detrás, entre risas, la seguían a cierta distancia tres hombres de diferentes hechuras, pero que compartían aspecto y maneras de vestir. Todos ellos llevaban el pelo muy corto y cubrían sus musculosos torsos con ajustadas camisetas blancas. Sobre ellas, negros tirantes alzaban unos pantalones acordes con las botas, de estilo militar.
Por si cabía alguna duda sobre la estética de los individuos, en sus brazos tatuados abundaban las cruces célticas y mensajes escritos en letras góticas como “white power” o “La France pour les français”.
Uno de ellos hizo ademán de apretar el paso, pero otro lo detuvo, indicándole que esperase, al tiempo que le señalaba una de las cámaras de vigilancia del metro con un gesto.
La mujer aflojó el ritmo una vez hubo salido a la Rue Corvisart, subiendo en dirección contraria a la Place d'Italie. Miró a ambos lados de la calle y se dirigió al solitario parque de la Rue de Croulebarbe, sin un alma a esas horas. A unos veinte metros, casi en el centro del parquecillo, sintió que alguien se acercaba a su espalda a la carrera. Ladeando un poco la cabeza pudo ver a dos de los hombres que la habían seguido en el andén. Sin pensárselo dos veces, giró bruscamente para meterse entre unos arbustos, en dirección a la próxima Rue des Cordelières. Pero algo, o más bien alguien, le agarró del brazo en la oscuridad y detuvo su avance. Tenía ante sí al tercero de los perseguidores, que portaba una gran navaja en su mano derecha, mientras susurraba entre dientes:

- Así que la fiera africana se nos quería escapar. Pues aquí tengo algo para domarla – dijo acercando el arma hasta su cuello.
 
La mujer, que parecía aterrorizaba, mudó su semblante con brusquedad. Sus ojos miraban al infinito, como si el hombre no existiese. Su efigie se tornó en hierática, sin dejar traslucir ningún tipo de sentimiento. Abrió mucho los ojos y pronunció las palabras:

- Yo soy la tercera Sirio – incomprensiblemente, el hombre dejó caer su arma y su cara se crispó en un rictus de dolor un segundo antes de que se desplomase sobre el tibio suelo parisino del mes de junio.

- . -

El inspector Jean Bourdon revisaba el informe del forense con cara de preocupación. El caso era muy, pero que muy feo. Por un lado, un triple asesinato no era cosa que se viese todos los días, pero cuando iba acompañado de un significado político y agravado por un sadismo sin límites, se convertía en el más complicado de sus veinte años de carrera.
Los datos mostrados por las seis autopsias, dos por cadáver, dado los extraños resultados derivados de la primera, eran idénticamente singulares. Por un lado la causa de la muerte, en todos los casos por parada cardíaca, aparentemente natural, pues no se encontró rastro de drogas o venenos, producidas a horas cercanas. Por otro, los tres cuerpos presentaban incisiones en tórax y abdomen, realizadas post-mortem por un instrumento afilado aún por determinar, mediante las cuales se habían extraído el corazón, el hígado, el intestino delgado y el riñón izquierdo. Los riñones fueron encontrados en las cavidades bucales de los cadáveres, con la particularidad de que en ningún caso el riñón pertenecía al cuerpo en que fueron hallados.
El resto de los análisis no arrojaba ningún hecho relevante, salvo que se trataba de tres hombres entre los veinte y los treinta años que gozaban de una relativa buena salud.
Los individuos eran conocidos miembros del ultraderechista Frente Nacional, que ya había movilizado sus maquinaria propagandística para vender ante la prensa los asesinatos como una brutal agresión, con atroz y salvaje ritual incluido, de “los invasores” hacia unos sanos jóvenes hijos de la madre Francia.
Lo peor para el inspector Bourdon era que parecía que el Frente Nacional llevaba parte de razón. Las grabaciones tomadas por las cámaras de la estación de Corvisart resultaban inequívocas: los asesinados seguían a una mujer de raza negra minutos antes de su muerte. La explicación más sencilla parecía indicar que la atacaron en el pequeño parque próximo y que alguien, un grupo de personas quizá, afín a la mujer, se tomó la justicia por su mano con los tres infelices. El juego de las vísceras parecía algún macabro rito africano.

Las semanas pasaron sin ningún avance en la investigación, mientras en la calle la situación se iba complicando cada día. Las manifestaciones extremistas estaban volviéndose más violentas y las agresiones hacia las comunidades de inmigrantes subsaharianos no dejaban de crecer.
El comisario, que había estado a punto de divulgar el retrato de la mujer del metro, decidió actuar con mayor discreción dadas las delicadas connotaciones raciales. Por ello había ordenado a todo su equipo actuar en el barrio con mucho sigilo, presentando la fotografía a personas contadas, sin posible sospecha de relacionarse con el Frente Nacional. Pero nadie había visto a esa mujer en su vida.


- . -


François Montrouge sentía ese cosquilleo de emoción ante un poco de pimienta en su vida monocorde. Como cada primer viernes de cada mes, con dinero fresco en el bolsillo, buscaba como un sabueso la ración periódica de sexo que le proporcionaría la energía suficiente para afrontar otro mes gris en una existencia gris. Iba a cuarenta por hora por las tristes calles del suburbio del extrarradio parisino. El mes anterior había saciado sus bajos instintos con una magrebí, no sabía de dónde, seguramente una argelina más. En esta ocasión se excitaba pensando en algo más exótico. Una negrita, alguna tenía que encontrar. En las primeras esquinas solo vio mujeres del este de Europa de rubios cabellos, no era eso lo que buscaba. Después vio algunas morenas, pero de piel demasiado clara. ¿No iba a aparecer aquella negrita? Al fin, se topó con una mujer con piel como el azabache, quizás mayor de lo que buscaba, pero de un atractivo indudable. Tenía las piernas muy largas, y vestía un minúsculo top acompañado de un también minúsculo pantaloncito de leopardo. Detuvo el coche y le preguntó su tarifa: “treinta el español y cincuenta el completo”. Era algo más cara de lo que estaba acostumbrado, pero aquella reina de ébano merecía el gasto.  Le indicó que subiese al vehículo y estacionó en lugar apartado. Se desabrochó el cinturón y le dijo: “Sesenta por las dos cosas”.

La mujer se quitó el pequeño top, dejando unos perfectos pechos al descubierto. François reaccionó al instante con una vigorosa erección. Entonces ella le miró a los ojos, muy fijamente, como sin mirarle y dijo:

- Yo soy la tercera estrella.

François, sin saber el porqué, sintió cómo le temblaban las piernas y se le ponía la piel de gallina. Solo atinó a preguntar:

- ¿Qué estrella?

La prostituta contestó con un escueto:

- Tercera Sirio. Emme ya.

Ante los ojos incrédulos de su cliente, se quitó el guante que cubría su mano izquierda. Pero no fue una mano lo que apareció, era más bien una... garra.

- . -


Menos mal que no había trascendido la relación entre los asesinatos, pero ya eran nueve con idéntico modus operandi. Todos los cadáveres pertenecían a varones, fallecidos de ataque cardíaco según los informes forenses, todos muertos de tres en tres en un breve espacio de tiempo. Los nueve sin corazón, los nueve sin hígado, los nueve sin intestino delgado, todos con un riñón en la boca que no era el suyo.

Bourdon estaba desesperado, el comisario pasaba de la amenaza de despido por incompetencia a alocadas ofertas de ascensos y parabienes si resolvía el caso. La última noticia era que el mismísimo ministro del Interior se había interesado sobre los avances en la investigación por el fuerte impacto de los crímenes con una llamada al comisario en persona.
Se realizaron registros sistemáticos en viviendas de la comunidad senegalesa de Corvisart, se enseñaron miles de fotografías en diferentes barrios, con nulo resultado. El único avance hasta el momento indicaba que la misteriosa mujer se había subido al metro ese día en la estación del Trocadero, tres horas antes de la persecución en Corvisart. Parecía que había deambulado por las líneas de metro sin un fin claro. En todas las imágenes aparecía paseando con paso firme, como otros tantas miles de personas, solo que realmente no se dirigía a ningún lugar.
Bourdon estaba convencido de que había estado vagando por las estaciones solo para encontrar a quién atraer. Cada vez estaba más seguro de que existía algún tipo de móvil que no alcanzaba a imaginar, pero las otras seis víctimas no parecían guardar ninguna relación con la extrema derecha. Incluso el último de los cadáveres, encontrado en un contenedor de basura del extrarradio, era el de un sindicalista. Tampoco podía decirse que los ataques fueran dirigidos contra la raza blanca, pues una de las víctimas era un mestizo de origen asiático y otro procedía del Chad.

Todas las piezas del caso volvían a la cabeza de Jean Bourdon mientras regresaba a casa en el autobús nocturno de la RATP. Lo que más intrigado le tenía era cómo habían logrado que todos muriesen de un ataque al corazón. ¿Se debía a alguna droga indetectable? ¿O era tan sencillo como que los habían matado de un simple susto? Nada tenía sentido.
En ello seguía meditando cuando ocurrió algo increíble: una mujer acababa de subirse en la última parada en su mismo autobús. ¡Era la mujer del metro! No le cabía duda, había visionado las imágenes cientos de veces. Era ella. Tuvo que hacer un gran esfuerzo por disimular indiferencia. Por fortuna, a él le gustaba sentarse siempre al fondo del autobús, por lo que podría vigilar todos sus movimientos. Ella se sentó al otro lado del pasillo, en la penúltima fila. A Bourdon se le aceleraron los latidos del corazón y un hormigueo invadió su estómago. Muy lentamente palpó el lado izquierdo de su chaqueta, sintiendo el inequívoco volumen de su arma reglamentaria. Se tranquilizó un poco y se limitó a esperar.

Abrió el libro, una edición de bolsillo, que siempre le acompañaba en sus viajes a casa. En esta ocasión, una colección de relatos muy cortos, de una o dos páginas, de autores pocos conocidos que solían escribir en portales de internet. Por solo dos euros, era el libro perfecto para el autobús. Con mucho disimulo, se ladeó un poco hacia el pasillo, fingiendo que se ponía cómodo concentrado en la lectura. Por el rabillo del ojo controlaba a la mujer cada poco, que no hacía nada que llamase la atención. Quizá lo único que daba que pensar era que no miraba por la ventanilla, sino que dirigía sus ojos en todo momento al interior del autobús.

El transporte se detuvo en la parada más cercana al piso de Bourdon, pero el inspector no se movió de su asiento.
Pasó media hora más, en el autobús no había ningún movimiento especial. Fue entonces cuando la mujer se levantó de su asiento y se bajó en la desierta parada de un barrio en construcción. El inspector sabía que no podía bajarse detrás de ella sin levantar sus sospechas, por lo que esperó a la siguiente parada, unos quinientos metros más allá.

Nada más bajarse en la oscuridad echó a correr en dirección al lugar en que la enigmática mujer se había apeado. Tardó menos de diez minutos en llegar, pero no había ni rastro de ella. Maldecía su estupidez, ¿qué le había impedido identificarse y realizar un simple interrogatorio? Podía haberla detenido con cualquier excusa y habérsela llevado a la comisaría más cercana.

Desorientado y perdido en un barrio que le era ajeno, se dirigió hacia los esqueletos de los edificios en obra, bajo una espesa oscuridad en una zona a medio urbanizar y donde el alumbrado público escaseaba.
A lo lejos, en la planta baja de un rascacielos rodeado de grúas y plagado de huecos por los que se colaba la luz de las estrellas, creyó vislumbrar algunas sombras en movimiento.
Casi sin resuello, los cuarenta y tantos años le pesaban, se dirigió hacia la obra con la cabeza agachada. A medida que se acercaba pudo distinguir una violenta escena alrededor de la hoguera formada en el interior de un bidón metálico. La mujer se alzaba, serena, junto al fuego. A sus pies se hallaban dos cuerpos inertes, mientras un hombre de aspecto harapiento, la amenazaba con un madero. Poco duró su agresión. La mujer se acercó al mendigo y este se desplomó en un santiamén.

Bourdon redujo el paso y se acercó aún más asiendo su arma recién extraída de la funda. Ahora podía observar la escena con toda claridad. La mujer se agachó para reconocer los cuerpos. Al trasluz de la hoguera pudo ver como sostenía algo alargado, semejante a una serpiente. ¡No! Eran las vísceras del infeliz. ¡Era ella y solo ella! ¿Cómo se las había ingeniado para matarlos? ¿Por qué realizaba el repugnante ritual?

Debía obtener alguna prueba gráfica de lo que estaba sucediendo. Con su mano libre activó el modo vídeo de su teléfono móvil, que no tendría mucha calidad, pero tal vez de algo serviría.
La asesina desenrolló los intestinos de los tres desgraciados, y de algún modo los unió a los tres corazones, dotándoles el aspecto de siniestras serpientes. Los hígados los guardó en una bolsa y los riñones, como Bourdon ya sabía, los introdujo en la boca de sus otras víctimas.

Ahora se encontraba a unos veinte metros. Confiaba en que la imagen del vídeo que estaba grabando captase con nitidez el rostro de la sanguinaria homicida. Ahora que se fijaba, algo extraño había en sus brazos, terminaban en una especie de grotescas garras.
La mujer, de facciones armoniosas, tomó una de las macabras esculturas de serpientes realizadas a base de vísceras y la devoró con suma fruición. Bourdon intentó contener las arcadas que le produjo la repugnante visión, pero no pudo impedir el vómito.
Expulsó todo el contenido de su estómago, poco más que restos del sandwich de la cena condimentado con algo de bilis. Poca cosa, pero suficiente para que el sonido producido por las arcadas fuese percibido por la mujer de piel oscura.
 
El pánico reinó en el ánimo Bourdon, que echó a correr por el descampado, con la pistola en una mano y el teléfono en la otra. A escasos metros sintió como sus pulmones de fumador parecían estallarle, pero apretó los dientes y continuó con su alocada carrera. Sin embargo, poco duró su huida. Tropezó con una piedra y cayó de bruces entre la hierba.
Como pudo, se arrastró hacia la zona donde esta era más alta y se quedó muy quieto. Durante dos minutos no sucedió nada. No se atrevía ni a respirar, el teléfono se le había caído, pero tenía el arma aferrada a su mano derecha. Solo escuchaba sus propios latidos de corazón.
Ya estaba considerando la posibilidad de arrastrarse hacia el punto lo más alejado posible del rascacielos del crimen, cuando oyó unos pasos cercanos. Demasiado cercanos. Se quedó petrificado, movido por un instinto ancestral de supervivencia. Ante sus ojos apareció entre las sombras la esbelta figura de la mujer, que seguía devorando la cola de la primera serpiente, que no era más que el final del intestino del recién asesinado. La funesta criatura, que no podía catalogar ni siquiera de humana debido a su comportamiento y a la anatomía de sus extremidades superiores, parecía que aún no había localizado su posición. Bourdon, atemorizado y tendido en el suelo, alzó su pistola con mano temblorosa. Su temido objetivo se hallaba a cinco metros escasos de su posición. A pesar de la falta de luz, podría acertarle en la cabeza sin ninguna dificultad. Sin embargo, la imagen del cadáver de la mujer negra pasó por su mente. ¿Sería capaz de matarla sin siquiera darle el alto o leerle sus derechos?
Mientras pensaba sobre esto, la mujer desapareció de su vista. Bourdon no se atrevió a moverse. Los segundos se le hacía eternos. Pasaron los minutos, quizás las horas y el inspector, muerto de miedo y de frío seguía postrado en el húmedo suelo de tierra. Al fin, cuando el cielo ya comenzaba a clarear por el horizonte decidió incorporarse.
No se veía a nadie en el descampado. Tras una rápida exploración, encontró su teléfono móvil, portador de la prueba de que no había soñado los hechos acaecidos esa noche.

Con los miembros entumecidos, logró llegar hasta la misma parada de autobús en la que se había bajado, hasta que llegó el primer autobús de la mañana. Lo tomó en dirección a su casa, necesitaba dormir y calmar así los nervios crispados. En breves minutos se bajó y caminó hacia su apartamento bajo la tenue luz azulada del alba, hasta que llegó al callejón en que vivía, desolado a esas horas. Allí, al doblar la esquina, sin tiempo para reaccionar ni sacar la pistola, horrorizado, descubrió que alguien le esperaba. Era la mujer.

Bourdon intentó esquivarla, pero ella, con los ojos muy abiertos le preguntó:

- ¿Podría decirme qué hora es, por favor?

Con toda la serenidad que pudo reunir, Bourdon le contestó:

- Las seis y media, señorita. Buenos días.

La mujer desapareció y no volvió a verla... jamás.
El caso se cerró. El informe forense era inequívoco: muerte natural. Las vísceras debían haber sido extraídas por ratas o alimañas. Pero, por si acaso, Bourdon se cambió de barrio.
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Re: I Certamen de relato de Terror y Suspense 106 __Relatos__
« Respuesta #5 en: 24 de Abril de 2011, 20:45 »
BASADO EN UN HECHO REAL

El frío, helado tacto de las ásperas cadenas de metal contra sus pechos desnudos se siente como el filo de un cuchillo tratando de arrancarle la piel a tiras. La fuerza con la que oprimen sus costillas parece muy capaz de rompérselas si trata de zafarse; sus extremos atenazan sus muñecas y talones contra las patas de la cama, y los pequeños bordes afilados de los eslabones dejan incisiones sangrientas sobre su piel con cada sacudida.

De la minúscula habitación en la que está apenas alcanza a ver nada; su campo de visión está bloqueado por los dos hombres que juegan con su cuerpo desnudo. Junto al cabecero de su cama reposa una bombona de gas conectada a una mascarilla respiratoria a pocos centímetros de su cabeza. Las uñas de los hombres se le clavan en la piel con más fuerza cuanto más salvajes son las embestidas. La boca le sabe a sangre; el aire no le llega a los pulmones.

Quema sus últimas fuerzas en gritar hasta lastimarse la garganta. Ya no le quedan energías para continuar resistiéndose. Chillar alivia su dolor, pero no atrae ningún tipo de auxilio. A juzgar por la luz que entra por alguna ventana, debe estar atardeciendo. ¿Dónde se encuentra? No consigue recordar cómo ha llegado allí. Sus últimos recuerdos claros son de hace tres días; y sin embargo tiene la certeza de que sus captores le resultan muy familiares, como si les conociese de antemano.
Ellos no se inmutan lo más mínimo ante sus súplicas, son perros viejos. Ambos pasan de los cuarenta, y no parecen delincuentes de medio pelo. Son profesionales. El más alto lleva gafas cuadradas de ejecutivo; el otro, una Glock enfundada en el cinto. No se quitan en ningún momento sus guantes de látex blanco, ahora manchados de sangre. Cada vez que algo les disgusta, le ladran órdenes que ella no consigue escuchar con claridad. Nunca la miran a los ojos, pero no llevan ningún tipo de máscara o pasamontañas; no parece importarles que ella pueda ver sus caras. Parece que no tienen mucha intención de dejarla viva.

-...Abby, ¡despierta! ¡Despierta, despierta!

Abby abre los ojos.

Al fin puede mover sus brazos. En cuanto sus manos se encuentran con las de Chris, sus recuerdos regresan para situarla en el tiempo y el espacio. Recuerda que se acaba de mudar a su nueva casa con él, y las agitadas pesadillas que la atormentan desde hace días. Se siente afortunada de haber despertado y volver a estar a salvo. Con él a su lado, sus anteriores miedos se disipan...y son sustituidos por otros nuevos.

-Ummph......Buenos días, corazón...-Abby estira sus brazos por encima de su cabeza, desperezándose. Los deja caer pesadamente sobre los hombros de él, y le acaricia con ternura. Él se queda mirándola con las manos quietas, sin corresponderla.
-Te ha dado otra vez, ¿no?

Chris no consigue dormir tranquilo desde que empezó. Durante el sueño, Abby se agita violentamente entre las sábanas y parece tratar de incorporarse. Chris lleva tres noches dejando un bloc de notas sobre la mesilla para apuntar algunas de las frases que murmura durante el trance.
Abby alcanza el cuaderno y echa un vistazo. Parece que cada noche consiguen apuntar más, y más variadas. “Es mi desayuno”, “no puede ser la misma hora que ayer”, “el retrete está muy atascado”, y la que le pareció más interesante, “no me saquéis de aquí”, seguida de “tenéis que sacarme de aquí”.

-¿Consigues recordar algo esta vez?-Chris se aproxima por su espalda mientras ella lee, la abraza por la cintura y le da un beso muy corto en la mejilla.
-Qué va.-Abby huele a café en la habitación. Gira la cabeza hacia la mesa y se alegra de encontrar una bandeja con pan y un par de tazas.
-...Ah, te traje el desayuno. Ya es un poco tarde para desayunar, pero pensé que nos vendrían bien unas tostadas.
-¿Qué hora es ya?
-Ni idea.-Chris se encoge de hombros.- Serán las doce, o así.

Chris se lo está ocultando a su novia, pero ya es consciente de que a cada hora que pasa se le echa el tiempo encima a Abby. Hace días que posee una acertada intuición; lo descubrió escuchándola en sueños. Todo lo que han compartido desde entonces ha sido una necesaria farsa en todos los aspectos. Chris lamenta estar haciéndole esto a la persona que más ama en este mundo, pero tiene la firme convicción que la está realmente ayudando, aunque le pueda costar su relación.

-...Tengo una mala noticia para ti.-le comenta Chris mientras desayunan. Lo dice con guasa, para quitarle hierro al asunto. Está seguro de que Abby se va a cabrear.

Abby está tirada en diagonal sobre la cama, frotándose los ojos. Todavía está desnuda, y no piensa vestirse. Chris, sin embargo, ya se ha puesto el pantalón, y sabe que aunque lo intente no conseguirá que se lo quite. Ya ha notado que está más distante con ella, y ella se está guardando y negando a partes iguales su miedo a que algo esté apagándose entre ellos. Hace un esfuerzo por poner buena cara y dejar que pase algo de tiempo.

-A ver, sorpréndeme.-le contesta, desafiante. En ese instante cae en la cuenta de que quizás tenga que ver con el hielo que les separa, y se alegra. Hablarlo les vendría muy bien.-¿...Qué has hecho?
-Pues...al final te he pedido cita para hoy con el médico.
-¡Chris...!-se siente aliviada de que no fuese algo como "Te he sido infiel" o algo parecido, pero también algo desilusionada por continuar en la oscuridad con respecto a su desencuentro.
-Mira, ya sé que para ti no es tan importante, pero es que no te está dejando descansar. Solo coméntaselo, por favor. Estoy preocupado.
-Eres un cabezota...-Abby trata de sonreír, aunque no le sale del todo bien.- Pero hay que ver lo que me mimas.
-Exacto. Bueno, ¿irás? ¡Pooorfa!-Chris se pone algo meloso por primera vez en todo el día, para jugar con ella.
-Hmmm...de acuerdo, pero con una condición. Tienes que venir conmigo.
-No.-contesta demasiado rápido, antes de que le dé tiempo a pensar una excusa.-...Veré si me puedo escapar, pero hoy tengo que ponerme con un proyecto.

Ella levanta una ceja. Le ha cazado la mentira al instante.

-¿Un proyecto...?
-Sí, un proyecto.-insiste Chris, tratando de creerse su propia mentira. No hacen falta más detalles.-Te recojo cuando salgas.

Abby acepta con resignación. Trata de enterrar su desesperanza con pensamientos pragmáticos. Todavía es pronto, quizás son solo imaginaciones mías. Se lo diré más adelante, ahora no vale la pena. No es el momento, el mejor momento es otro. Este fin de semana, cuando estemos más tranquilos. Así no me amargo la semana.

Una ducha caliente la ayuda a disolver sus oscuros sentimientos. Se entoalla con rapidez al sentir el aire frío sobre su piel y pasa un largo tiempo observándose a sí misma con inquietud. Hace varios días que se siente extraña frente al espejo. Abby aparta su melena castaña y recorre su piel morena con sus dedos. Se había olvidado de cómo se sentía al ver su tripita, una parte de su cuerpo que le da mucha vergüenza por mucho que Chris le quite importancia. Su rostro le resulta poco familiar, como si no encajase con todos los detalles de la cara que está acostumbrada a ver en las fotos. La cabeza un poco más alargada, la piel algo más envejecida, algunas marcas de cuya desaparición aún no se había dado cuenta. ¿Tanto tiempo llevaba sin mirarse con atención?
El retrete está muy atascado.

Chris se ha despedido en una fracción de segundo y se ha ido. Abby está sola. No se termina de acostumbrar a la nueva casa, echa de menos las vistas de la anterior: su gran apartamento en pleno centro, justo al lado de uno de los parques más grandes de la ciudad. Allí salía a hacer jogging, y por las noches llegaba en diez minutos a la zona de bares. Aquí se siente recluida en este chalé en medio de ninguna parte; es pequeño, aburrido y soso, con esas paredes tan claras y unos muebles tan viejos. Chris le ha prometido que harán algo al respecto, pero eso será, claro, si sobreviven a su choque.

Abby se viste con algo cómodo para salir a dar un paseo. Le habría encantado almorzar con alguien, pero nunca se había dado cuenta hasta ahora de que aquí no tiene a ningún amigo cerca. No le importaría coger el coche para moverse al otro lado de la ciudad, pero todos contestan a sus llamadas con evidentes evasivas.
Se encuentran como Chris, tratando de mantener la mascarada lo mejor posible. Con un contacto directo se arriesgan a que la estructura se desmorone; es mejor pasar el menor tiempo posible con ella. No es algo que tengan hablado; es algo que todos ellos sienten por separado, pero que proviene de una fuente común. No hay otra cosa que puedan hacer, carecen de poder. Su futuro está en manos de Abby. La quieren muchísimo, pero con toda esta pantomima le están haciendo un gran favor. Y de paso se lo están haciendo a sí mismos; es una maniobra de defensa, un mecanismo de protección. Se protegen de Abby.

Lo más importante es no mirarla a los ojos durante demasiado tiempo seguido. Esto es fácil para el camarero que le acaba de servir una cerveza o para el hombre que se sienta a su lado en el autobús, pero no tanto para su madre o para Chris.
Mientras sus miradas no se crucen, Abby no notará las pequeñas diferencias entre ellos y las personas originales, porque fabricará los detalles a partir de sus propios recuerdos; y es menos probable que se dé cuenta de que muchos desconocidos se repiten. Improvisar las conversaciones casuales para las personas a su alrededor también es problemático. Abby se acaba de terminar su cerveza y está caminando hacia la consulta del médico, y a cuatro pasos de ella tres amigos hablan sobre cine. Es la misma conversación que tuvo ella con Hannah la semana pasada, y si presta un poco de atención acabará dándose cuenta.

Falta muy poco para que eso ocurra. Una parte del gentío, Chris entre ellos, ya trata de facilitar la transición. Interpretar un papel durante las veinticuatro horas del día es agotador, y si la obra se prolonga durante demasiado tiempo corren el riesgo de que Abby ya no pueda distinguir entre ficción y realidad. Otra parte del gentío se ha resignado, asumiendo que la voluntad de Abby no ha realizado ningún movimiento porque prefiere vivir la fantasía. Trabajan para construir un mundo lo más estimulante posible, indistinguible de su auténtica existencia, del que no trate de DESPERTAR. De esta manera no corren el riesgo de sufrir las consecuencias de un regreso traumático.

Conscientes en todo momento de su posición dentro de la ciudad, los actores siguen a Abby con curiosidad, pendientes de lo que suceda hoy. El futuro de todos ellos depende de su decisión. Las calles parecen vacías, y los peatones esquivos. En la puerta de la clínica, un viejo bedel con un mono de color marrón agita su fregona sobre un suelo que ya está fregado. No hay nadie más en todo el ala del edificio; las salas de espera tienen los bancos vacíos, la recepción está desocupada y el pasillo que el bedel friega se prolonga hasta donde alcanza la vista, iluminado por una cegadora luz blanca.

-El Dr. Mann la está esperando al final del pasillo.-El bedel contesta a su pregunta antes de que le dé tiempo a formularla, antes siquiera de que le diese tiempo a pensarla del todo.

Abby reconocerá al Dr. Mann como un profesional entrado en la cuarentena, un perro viejo que viste guantes de látex blancos y unas gafas cuadradas de ejecutivo. No parece un delincuente de medio pelo. Su trabajo es mucho más complejo, y desde luego, mucho más rentable. Contratar a un autónomo para secuestrar a una persona aleatoria cuesta entre dos y cuatro mil libras. El alquiler del almacén y el material hospitalario, los salarios del equipo médico de asistencia y los gastos de encubrimiento no superan las cien mil libras mensuales; en cambio, un hígado humano perteneciente a un sujeto del primer mundo, raza blanca y buena salud certificada puede venderse en el mercado negro por no menos de veinte mil libras. Por cada riñón se pueden obtener quince mil libras, mientras que los corazones, que son extremadamente difíciles de transportar y operar, se subastan por cantidades superiores a cuarenta mil libras.

Además, una vez desollada, del cuerpo de una chica joven con un ligero sobrepeso se pueden obtener como media cincuenta kilos de carne de calidad superior, que pueden llegar a ser sesenta kilos si el carnicero descarna cuidadosamente los músculos, nervios y huesos con una tajadera apropiada. La carne obtenida tiene un sabor más suave y dulce que la obtenida en el despiece, y puede aprovecharse como carne picada. El precio del kilo oscila entre las dos y cinco mil libras, dependiendo de si se trata de una compra al por mayor o un pequeño consumo. El Dr. Mann nunca la ha probado, pero dicen que se trata de un verdadero manjar, con un sabor parecido al de la carne porcina.

Uno de los estudios del Dr. Mengele con prisioneros judíos durante la Segunda Guerra Mundial sostenía que un pequeño porcentaje de los prisioneros sometidos a tortura regular y privación de sueño no tiene más remedio que evadirse a un mundo de fantasía del que no puede DESPERTAR. El sujeto experimenta un estado de delirio en el que cree vivir en un mundo idéntico al real, indistinguible de su vida rutinaria.

La ilusión se hace cada vez más real a medida que se incrementa la intensidad del dolor físico. La mente no consigue lidiar con la impotencia del cautiverio continuado y los abrumadores estímulos de dolor de las heridas abiertas. Es común que durante la larga agonía que precede a cualquier muerte lenta, los individuos de voluntades débiles caigan en este trance durante sus últimos instantes.

Sin embargo, aquellos de voluntad fuerte pueden conseguir una oportunidad de que su mente les empuje fuera de su estado catatónico, mediante su propio poder de convicción. Estos individuos caen en la cuenta de que NECESITAN DESPERTAR porque su mente les facilita una descripción, dentro de su fantasía, de su propio estado. La víctima se informa acerca de su condición y va cayendo poco a poco en la cuenta de que el informe es una crónica de su propia existencia, que termina diciendo DESPIERTA.

Incluso entonces, le llevará varias horas estar preparado para rechazar su mundo imaginario, así que POR FAVOR, DESPIERTA.
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