Autor Tema: Dogan 019 - Archivo  (Leído 6307 veces)

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Re: Dogan 019 - Archivo
« Respuesta #20 en: 09 de Mayo de 2011, 02:13 »
La estación de bomberos, como era lógico, estaba abierta las 24 horas del día. Teniendo en cuenta el nivel de las edificaciones de la zona obrera de la ciudad aquel edificio parecía casi lujoso. A diferencia de la mayoría de las casas, estaba construida en ladrillo rojo. Las ventanas y puertas también habían sido pintadas de color ladrillo, con la excepción de los letreros que eran de color azul mar. El padre de Sean había sido bombero pero aquello había sido mucho antes de que él naciera. Por aquel entonces el cuerpo de bomberos no tenía aquellos flamantes camiones nuevos, pagados con los impuestos de los contribuyentes, en los que Sean esperaba a que volviera el bombero al que había pedido ayuda. No le había hecho preguntas sobre su aspecto. Se había limitado a examinarle el golpe para conocer el alcance de la lesión. Finalmente había ido a buscar un botiquín para darle una solución temporal.

Aquel amable bombero regreso acompañado no solo de su maletín. Junto a él venía otro hombre alto y rubio que Sean no reconoció. Vestía de civil y portaba un bastón a pesar de que no cojeaba. Cuando el bombero se inclinó para abrir el maletín, y comenzar la cura, se quedo inspeccionando la operación a una prudencial distancia de un metro y medio. Al principio una sensación de desconfianza había invadido al chico, pero la sonrisa calmada de aquel hombre rubio había despejado el nerviosismo.

El bombero aplicó alguna sustancia en la zona, posiblemente algún antiinflamatorio, en su tobillo. Después se lo vendó a conciencia intuyendo que al muchacho aun le quedaba camino por recorrer. Recogió las cosas de forma atropellada y se quedó mirando fijamente a Sean.

-Mira chaval -dijo tras emitir un largo suspiro-. No te voy a llevar con la policía porque prefiero darte un voto de confianza, no pareces mala gente. Además, de que tus pintas delatan que no estas pasando tu mejor momento -el corazón de Sean había comenzado a latir con fuerza, aquel hombre sabía que lo buscaban-. Sin embargo, hice un juramento y tengo que hacer la llamada. Tienes veinte minutos para alejarte de aquí, espero que sea suficiente.

-Gracias -murmuró Sean, aunque su voz quedo silenciada por las palabras del hombre del bastón.

-Y deberías ir a que te examinaran el tobillo al hospital -comenzó diciendo con un sorprendente tono agudo más propio de un adolescente que de un hombre-. Es una cura provisional, no debes confiarte, sin atención médica total podría ir a mucho peor -el hombre avanzo hacía el y le tendió una pequeña tarjeta-. Pregunta por el Doctor Blake si tienes algún problema nuevo.

La lamina de plástico tenía impresa la dirección del hospital y, en negrita, Doctor Donald Blake, cirujano. Sean asintió con la cabeza y se la guardo en el maltrecho bolsillo mientras salía del amplio garaje de la estación de bomberos.

Tenía que seguir moviendose, pronto llegaría la noche, y debía encontrar ropa nueva y comida. Posiblemente si no pareciera un andrajoso encontraría alguien dispuesto a darle de comer. En ese punto del día, a apenas dos manzanas de la estación que acababa de abandonar, tuvo su primer golpe de suerte. A unos metros acababan de dar la vuelta a la esquina dos jóvenes que conocía del Instituto. Diría que ellos, o alguno de sus amigos, alguna vez habían comprado mercancía. Podía dirigirse a ellos y tratar de conseguir ropa. Pero, ¿como hacerlo?


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Re: Dogan 019 - Archivo
« Respuesta #21 en: 09 de Mayo de 2011, 02:13 »
-Buenos días señores -dijo Sean imitando una voz de tipo duro de película-. ¿Serían tan amables de prestarme su atención?

La frase surtió efecto  de forma inmediata. Los tres se apartaron con cautela de Sean mientras no apartaban la vista de él. Sus expresiones eran de desconfianza ante aquel asalto aparentemente inofensivo. Disimulando la cojera como buenamente pudo cargó el peso sobre el pie y se acerco a ellos.

-Vuestras caras me son familiares. Diría que he ejercido el libre comercio con alguno de vosotros.

Tardaron unos segundos en reconocer quien estaba detrás de aquellas gastadas prendas. Ahora parecían desconfiar aun más de él. Fue el más bajo el que se dirigió a Sean.

-¿Que coño quieres? -chillo aguadamente aquel joven.

-Tranquilo tío, solo un intercambio de intereses -le respondió mientras sonreía. Había reconocido esa voz, aquel estudiante le había comprado Speed hacia unos meses-. Tu me ayudas a mi, yo no le cuento a tus padres lo que te metes.

Los tres se pusieron a la defensiva. Quizá no había sido la mejor idea extorsionarles. El más alto del grupo fue está vez quien tomó la palabra.

-Vete a la mierda gilipollas. ¿Tu te has visto? No te creería ni un borracho.

Sean no contaba con que el factor mierda le restara puntos a su interpretación pero era evidente que así era. Las cosas estaban a punto de descontrolarse, posiblemente estaban a punto de saltarle encima...



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Re: Dogan 019 - Archivo
« Respuesta #22 en: 09 de Mayo de 2011, 02:14 »
Sean no contaba con que el factor mierda le restara puntos a su interpretación pero era evidente que así era. Las cosas estaban a punto de descontrolarse, posiblemente estaban a punto de saltarle encima...

-Mejor que os quedeis tranquilos -dijo Sean mientras dirijía su mano izquierda a un inexistente bolsillo de su raida chaqueta-. No quiero que nadie salga herido.

La frase surtió efecto inmediatamente. Aunque no como Sean hubiera querido. Los tres chicos se tensionaron. El bajito le dirigió una mirada de temor, y apenas tres segundos despues, sin dar tiempo a Sean a tirarse un farol mayor, salieron huyendo despavoridos. A medida que se alejan no puede hacer otra cosa que no sea lamentarse por no haber tenido tacto al dirigirse a ellos. Quizá no había sido la mejor opción tratar de extorsionarles. La ropa tendría que esperar al día siguiente, debía ir a un refugio y conseguir comida. Durante el día se habían desarrollado muchos eventos que le impulsaban a pensar las cosas dos veces.


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Re: Dogan 019 - Archivo
« Respuesta #23 en: 09 de Mayo de 2011, 02:14 »
El autobús parecía estar en peor estado al atardecer. El sonido del motor se asemajaba al carraspeo de un viejo cansado tras una larga caminata. Le dejó en el mismo lugar donde se había subido por la mañana, junto al edificio cultural dedicado a los nativos de la zona, y siguió su camino hacia el horizonte rojo.

Sean tomó un camino de tierra dando la espalda a las asfaltadas calles de la ciudad de Barrows. Diez minutos después llego a donde había dormido el día anterior. Alguien había estado allí. No podía saber como lo sabía pero estaba seguro de que faltaban hojas donde se había acostado. Aquel refugio ya no era seguro, era necesario buscar un sitio donde pudiera tomarse un respiro con la certeza de que no le encontrarían. Atravesó los arbustos de lo que él consideraba la parte izquierda de su improvisado hogar hacia un claro que recordaba haber visto algo más al Norte. Forzó sus energías para conseguir llegar antes de la noche, la cual estaba a punto de caer sobre él. No logró encontrar el mismo lugar que recordaba, pero si una posición elevada que quedaba a una distancia prudencial de su anterior refugio. Intuyó que estaba en algún punto entre la autopista que iba al Norte y el lago más cercano. Era un buen lugar pensó. Nadie buscaría allí se dijo a si mismo.

Apenas media hora después, cuando la oscuridad ya era casi todo lo que quedaba, el hambre acudió a él. Su estómago comenzó a hacer ruidos extraños, diferentes a los que estaba acostumbrado a escuchar. Trató de ignorarlos con todas sus fuerzas pero aquel sonido resonaba por todo su cuerpo. Tenía que encontrar comida o moriría de dolor estomacal.


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Re: Dogan 019 - Archivo
« Respuesta #24 en: 09 de Mayo de 2011, 02:14 »
Sean descendió con sumo cuidado la pequeña ladera que se orientaba hacia el lago. Las piedras del suelo parecían jugar con él, y en casi cuatro ocasiones estuvo a punto de precipitarte rodando hacia los espinosos matorrales que rodeaban la parte más baja. Milagrosamente consiguió mantener el equilibrio. Iba a costarle subir de nuevo aquella pendientes cuando la oscuridad reinara en el bosque. Atravesó con decisión, y con toda la dignidad que su cojera le permitía, los esqueléticos árboles que proyectaban inquietantes sombras con las últimas luces del día. A la mente del chico acudió la imagen de un bosque fantasmagórico que le había fascinado en su infancia. Una arboleda cuyos árboles albergaban puertas a lugares pintorescos con personajes estrambóticos. Trató de recordar donde había visto aquel bosque por primera vez pero fue incapaz. Él había ido olvidando como llegar a aquel lugar a medida que su inocencia había sido devorada por la realidad.

El sol ya había desaparecido cuando dejó atrás la última linea de arboles. Las lejanas luces de la autopista, situadas a la izquierda de su posición, eran lo único que le ayudaba a orientarse. Aquella zona cercana al agua había sido despoblada hacía unos siete años debido a una ordenanza municipal. A la luz del día el ojo humano podía incluso recrear donde habían estado situadas las cabañas de madera. En la completa oscuridad uno solo podía esperar no tropezar con algún resto.

A Sean le dolía todo el cuerpo. El estomago no paraba de hacer aquellos ruidos horribles, y respirar se había convertido en un esfuerzo que ocupaba la mayor parte de sus energías. Ya no sentía el roce del frío aire, lo cual era una bendición pues no tenía con que abrigarse, y en las articulaciones sentía ligeros pinchazos intermitentes. Le llevo más tiempo del que hubiera querido encontrar un tocón donde sentarse. Pasó sus dedos por los bordes del mismo con cuidado puesto que no quería sentarse sobre un clavo oxidado. Las lineas rectas le indicaron que posiblemente aquello había sido una vieja viga cortada de tajo para mover la cabaña sin destruirla. Al aposentarse se sintió aliviado, como si hubiera descargado un gran peso sobre el suelo. Ya no sentía hambre, los dolores del estómago se habían convertido en un eco molesto pero no doloroso. Desde su posición la superficie helada del lago, a unos cinco metros, parecía un gran espejo opaco. A unos ocho metros un conejo, que hasta entonces había pasado desapercibido, mantenía una lucha para escapar de la superficie resbaladiza. No parecía tener mucho existo en su cometido. Sean no pudo evitar reírse. Le recordaba tanto a él. ¿Cuantas veces había tratado de dejar de traficar? ¿Cuantas veces había caído de nuevo en el dinero fácil? Aquel conejo era él. Moviéndose sobre hielo sin poder controlar su dirección. Con temor a que su mundo se rompiera tal y como, finalmente, había ocurrido.

Un nuevo dolor se instaló en su cabeza. Fue como tener una avispa metida entre los oídos emitiendo un zumbido desagradable y molesto. Sean cerró los ojos con fuerzas y visualizó una imagen fija para tratar de alejar el dolor. Tardó unos minutos en conseguirlo pero afortunadamente aquella sensación pasó a un segundo plano. En aquel momento recordó porque motivo había ido hasta el lago. Su debilidad le había hecho olvidar su cometido. Tres ideas se dibujaron en su mente. Solo tenía que tomar una pequeña decisión y podría volver al refugio.


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Re: Dogan 019 - Archivo
« Respuesta #25 en: 09 de Mayo de 2011, 02:15 »
Sean se levantó de su improvisado asiento con dificultad, y cogió aire con renovadas fuerzas. Moverse suponía un esfuerzo titánico contra el dolor. La misma orilla del helado lago se encontraba cubierta de escarcha, que producía crujidos al presionar sobre ella, y hacia peligrar la estabilidad de los pies del chico. El conejo se había paralizado al notar la presencia de Sean. Tener un ser humano cerca, evidentemente, no le producía confianza. "Tendrás que soportarme un rato si quieres salir de aquí pequeño", pensó para si mismo. El primer paso fue, como él había esperado, el más difícil. El hielo crujió bajo sus pies pero no cedió. El siguiente fue la prueba de fuego. Si se resquebrajaba bajo su peso caería al agua. En su actual situación, era improbable que consiguiera salir de allí vivo si eso sucedía. Estaba demasiado lejos del pueblo. Con suerte llegaría hasta la autopista, pero calculó que era la hora de cenar. Pocos vehículos estarían viajando a esa hora. En ese momento se dio cuenta de que llevaba casi dos minutos parado, tentando su fortuna sobre aquella resbaladiza superficie. Un paso, otro paso, y otro, y otro...

La peripecia duro alrededor de los diez minutos. El conejo no ofreció resistencia. Su débil cuerpo acepto el poco calor que los brazos de Sean podían ofrecerle. Regresar a la orilla supuso un mayor reto. Sin los brazos para mantener el equilibrió tuvo que dar pasos muy cortos para no caerse. Mantuvo la respiración la mayoría del trayecto como si aquello pudiera hacerle más ligero. Finalmente, en el momento en que piso la orilla, le entraron ganas de agacharse para besar el suelo. La idea se desvaneció rapidamente al darse cuenta de que corría grave peligro de caer si lo intentaba. Ahora que el animal estaba a salvo podía volver al refugio. De camino recogería fruta para poder alimentarse. Allí habría tiempo para descansar.

Los primeros intentos de recoger comestibles fueron infructuosos. La mayoría de lo que se podía recoger del suelo estaba podrido desde hace tiempo. Además, soportar el conejo estaba limitando sus movimientos. Decidió soltarle cubierto por su abrigo. Podría pasar unos segundos sin la chaqueta, la combinación de suciedad, barro y bajas temperaturas la convertía en un armazón que ponía trabas a sus movimientos. Como era de esperar sintió un par de escalofríos al hacerlo, pero su búsqueda fue más rápida y pronto encontró dos piezas que eran comestibles. Tendría que ser suficiente cena para aquella noche, si encima conseguía guardar algo para el desayuno, mucho mejor. Tenía la seguridad de que el día siguiente sería igual de duro que el anterior.

Fue al recoger al pequeño animal cuando todo empezó. La chaqueta estaba fría, demasiado fría incluso para una noche en Barrows. Pero aquello provenía del interior de la chaqueta. Sean destapó a la criatura para comprobar que había ocurrido. Lo que hacia unos minutos era un animal de sangre caliente, ahora proyectaba frío por todo su cuerpo. Sean movió su mano derecha con cuidado para tocarlo. El frío atravesó la yema de sus dedos hacia sus nervios produciendo una sensación nunca antes sentida por él. Se quemó con tal intensidad que dejo caer aquel fardo. El conejo se hizo pedazos al caer al suelo. Nada de aquello tenía sentido. El miedo invadió su cuerpo y trató de alejarse torpemente. Su cuerpo se precipitó contra el suelo. El terreno era ahora una resbaladiza trampa mortal que le hizo rodar dirección al tocón. ¿Como podía haber pasado eso de una forma tan rápida? Un dolor se instaló tras sus ojos, como una aguja clavada en su frente a gran profundidad. El zumbido que había conseguido alejar volvió con más fuerza. Se tapó los oídos y cerro los ojos con fuerza. No entendía que estaba sucediendo. Su cuerpo se sacudía involuntariamente con cada ráfaga de dolor. Y de pronto los hueso comenzaron a crujirle como si hubieran perdido su solidez. La piel comenzó a arderle como si estuviera en el centro de un gran horno. El aire se congeló en sus pulmones, pero eso solo fue el principio. A cada segundo que pasaba sentía un poco menos su cuerpo y un poco más el dolor. No tuvo tiempo para pensar en llegar a la autopista, lo cual de todos modos hubiera sido inútil. El asfalto se resquebrajo y las luces que la iluminaban reventaron. Tampoco pudo pensar en la seguridad de sus conocidos, ni en la venganza que sufrirían sus enemigos. De todas formas ellos estaban a punto de vivir un final similar. Quizá peor, pues aquella helada sobrenatural seguramente tendría efectos muy particulares sobre las edificaciones. Un final rápido y definitivo para la vida de todo ser de aquella zona.


Aquello era su final. El final de una vida triste, difícil y llena de errores. ¿Pero acaso no es toda vida complicada? ¿Acaso no hubieran caído otras personas en sus circunstancias en sus mismos errores? Nadie podía culparle por haber aprovechado las oportunidades que había tenido. Había jugado sus cartas como le fue posible. Sean sería olvidado, un cero a la izquierda en la historia de la humanidad. Pero el pueblo de Barrows no correría la misma suerte. Aquel lugar se convertiría en un recordatorio del principio de una nueva era. Un lugar de estudio donde comprobar como desatar las fuerzas de la naturaleza no puede traer nada bueno.

"Frío, hace mucho frío", eso fue el pensamiento que puso final a la historia de Sean el huérfano, ex-traficante de poca monta y bravucón. A partir de ese día ostentaría secretamente un nuevo título honorífico y terrible: Primera víctima de la Señal.


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