Autor Tema: La luz de los dioses.  (Leído 2952 veces)

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Desconectado Khram Cuervo Errante

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La luz de los dioses.
« en: 13 de Septiembre de 2011, 19:31 »
Brilla el acero allí donde la sangre no puede ocultar el reflejo de la luna sobre la hoja. Cuajarones ya coagulados caen poco a poco del estilete. ¿De verdad era tan necesario que lo hiciera? ¿De verdad tenía que hacerlo? Otro fracaso.

- ¡Traidores y asesinos! Ksatriyas, ¡prendedlos!

Ahí se desató todo. Y fue también el final de todo. La voz de su amigo había sembrado duda en los corazones de los shun’karith, pero no consiguió despertar a los de los ksatriyas. Los Altos Paladines de Brishna se quedaron medio congelados, esperando una ayuda que no tenía visos de llegar. Los shun’karith reaccionaron antes. Varios de ellos empalaron a los pobres brishnitas en las bruñidas espadas que portaban. Entonces reaccionó el pueblo.

La alquimista llegó a la carrera. Varias botellitas se estrellaron contra el suelo, allí donde ella las lanzaba. Un fuego surgido de una de ellas se llevó por delante a dos escuderos, antes de que el Martillo de Rugan cayera sobre ella, dejándola sentada en el sitio, con la columna aplastada por el golpe, la baba goteando desde el labio, torcido en una grotesca mueca y los sesos saliéndole lentamente por las orejas.

No corrió mejor suerte el mydonita, el comerciante de maderas. Sin saber cómo, se vio rodeado por dos bortai que, en lugar de asesinarlo, le libraron de una muerte segura. Estos se giraron, rompieron en dos molinetes casi simétricos y abrieron profundísimos tajos en dos shun’karith, dejándoles las entrañas por el suelo. Eso los alejó lo suficiente de Laurent como para que un avispado escudero lo atravesara por detrás. Un agudo silbido y un estertor le indicaron que su corazón y uno de sus pulmones habían acabado trinchados por aquel bastardo. Antes de caer, aún le dio tiempo a contemplar cómo los dos bortai morían. Igual que se habían emparejado para luchar, de forma simétrica, en una parodia de muerte, Druma se los llevó de forma similar. Sus mizash ve sarkul se vieron interrumpidos cuando dos shun’karith hicieron volar sus cabezas de sobre sus hombros.

Los ruganitas se emplearon a fondo. Hicieron prisioneros a todos los habitantes, permanentes o temporales, ocasionales, accidentales o visitantes del pueblo. A dos magos los quemaron sin siquiera hacerles preguntas. Entre sus ropas encontraron un pequeño colgante con forma de espada que pertenecía a un ruganita. Hubo quien, para intentar salvar su asqueroso pellejo, recordó que ambas piezas se habían encontrado sobre el cadáver de Gaavah. Así, determinado que pertenecía a un ruganita, los propios shun’karith se encargaron de darle caza. Los dos hermanos Deschain fueron quemados, como mandaba el Brillante Rugan. Por mucho que los hermanos gritaran y pidieran clemencia mientras sus carnes se ampollaban y se abrían, por mucho que el dolor intentara arrebatarles la consciencia antes de sumirse en la piadosa muerte, ninguno creyó su confesión de inocencia. Y mientras, en el camino que sale de Majapiedra, un mydonita, un gardecorps por su indumentaria, también caía con todo el cuerpo quemado. Una verdadera lluvia de rayos, una furia desatada como jamás se vio, lo calcinó, lo convirtió en cenizas y ni los huesos se encontraron jamás, desperdigados por las alimañas. Justo castigo para el que debió morir en escarnio público.

A colación salió además cierto libro. Un libro que se llamaba “La verdad sobre la Mabut’il Rahat: mentiras de la Curia Kiltasi”. Uno de los dos magos confesó haberlo visto y buscado antes de morir. Pero nadie, ni siquiera él, supo determinar dónde se encontraba. Esto convino a los inquisidores, por lo que no preguntaron más.

Y es que en él se relataba cómo, tras miles de años de exilio, Bradema, diosa de la magia y del conocimiento, volvía al Panteón de los Dioses, de donde la expulsaron sus divinos hermanos y hermanas por conspirar contra ellos. También se cuenta el gran fracaso de Rugan. Tras toda una existencia de lucha, el Dios Caballero consiguió expulsar de este mundo a su enemigo, el dios Korgath. Privado de su poder, la balanza se inclinaba peligrosamente hacia el lado de Rugan, poniendo en serio riesgo la propia existencia. En la Mabut’il Rahat, reunidos los más altos clérigos y siervos de todos los dioses, exiliados y residentes, tomaron la decisión que los dioses no quisieron tomar: devolver su divinidad al Vengativo. Mizash ve Sarkul yani Korgath. Venganza y Sangre para Korgath. Rugan montó en cólera, se volvió loco. Su propia madre había votado en su contra. Y Bradema, siempre dispuesta a sus propias intrigas, susurró palabras al oído de Rugan: no puedes matar a tu madre, pero puedes aislarla. Y así se hizo. Brishna, poco a poco, fue quedando olvidada en todas las tierras del mundo. Y Majapiedra era su último reducto.

Los inquisidores hicieron bien en no querer buscar el libro ni darle importancia. Si lo hubieran hecho, hordas de cazadores de tesoros, ladronzuelos, expoliadores de tumbas y demás calaña habrían partido hacia todos y cada uno de los puntos cardinales para buscar las palabras que Gaavah pusiera en su póstuma obra. Ninguno, ni siquiera los inquisidores, supieron jamás que el libro obraba en manos de uno que estuvo en aquella Mabut’il Rahat.

Uno que a través de los tiempos había ido siempre por detrás de Rugan, hasta que logró alcanzarlo y adelantársele en Majapiedra. En Nauri, un pueblecito al norte de Entrovia, estuvo a punto de lograrlo, pero un despiste tonto, un segundo de guardia baja dio con sus planes al traste. En su ira, desató la de su propio dios, arrasando todo el poblado con la furia divina que le invadía. En Majapiedra se hizo pasar por borracho mientras sus oídos permanecían atentos a todo cuanto se hablaba. Fue él quien le dictó a Gaavah la terrible traición del dios Rugan. Fue él quien salvó a los cautivos, quien se escondía en los bosques bajo la protección de Shan’dru. Fue él quien guiaba a la alquimista, quien, entre las sombras, movía los hilos de unos y otros para que nadie implicara directamente a la diosa en aquella trama que quería devolver el equilibrio a un Panteón que había quedado seriamente dañado durante la Mabut’il Rahat.

Un Panteón que él había dañado seriamente.

Derrin limpió la hoja mientras lloraba. La garganta abierta de su más querido amigo, de aquel que había sobrevivido a su lado tras tantas batallas era el testigo mudo de que había cumplido su promesa. Habían viajado juntos a Umbralis, habían visto hundirse aquella maldita tierra. Habían vuelto a Bort triunfantes, con tierras conquistadas en Entrovia a merced de los propios ruganitas. Habían visto morir el mundo. Y ahora sólo él, Derrin, quien en otro tiempo se llamó Ilmari, chamán serpiente, se despedía del único que había luchado por que no se desmoronara todo lo que habían construido.

- Adiós, Khram Cuervo Errante Corazón de Piedra Ala Rota. A tu leyenda se añadirá ahora el título de Jamás Caído. Porque nadie te mató, sino tu propia mano.

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